Si usted es hincha del América de Cali seguramente ya lo tiene claro: descender de categoría es un sentimiento difícil de explicar y mucho más de digerir. Es un puñetazo al estómago del que cuesta recuperarse y que invade la mente siempre con la misma pregunta: ¿cómo carajos pasó esto? (El inglés que prefirió el fútbol colombiano al europeo)

También sabrá que este trágico acontecimiento es apenas el comienzo y que, a fin de cuentas, el tema no fue irse a la B —ya pasó no hay nada qué hacer— sino más bien el tema es volver a primera división. Sí, seguramente tiene clarísimo donde estaba y hasta con quién estaba cuando su equipo bajó a segunda, pero también me imagino que recuerda perfectamente qué hizo y dónde vio el regreso a primera. Ese día, además de felicidad, probablemente sintió un enorme alivio. Se acabó el sufrimiento, se acabó la espera.

Desafortunadamente hoy América tiene el fantasma de la B rondando sus pasillos y ya la calculadora está desempolvada. Estas semanas el equipo escarlata se estará jugando la vida y, si no levanta nivel y no recibe alguna ayudita de otros equipos, puede nuevamente regresar al hoyo que es el estar en segunda división pero, sobre todas las cosas, regresar  a vivir días y noches interminables buscando el anhelado regreso a primera.

Es verdad que una cosa depende de la otra: si me voy a la B, ahora tengo que volver a la A. El tema es que irse a veces resulta fácil o era algo que pocos querían aceptar, volver es una realidad y una necesidad que, quiéralo o no, afecta a todos. Ya no es esperar a tocar fondo mientras que soñamos por un milagro, es tocar ese fondo y buscar cómo carajos salimos de ahí.

Y la B, querido lector, es muchísimo más complicado de lo que usted piensa. Es más: para muchos es un torneo más competitivo que la A, porque acá todos tienen más chances, acá todos corren y sudan más, acá pocos ganan sueldos millonarios así que juegan porque quieren y, sobre todo, porque les apasiona, acá todos quieren dejar su huella.

Pregúntele a un hincha americano, que pasó horas y horas viendo partidos en estadios precarios en donde uno no entiende cómo se juega futbol, o que viajo días en bus persiguiendo a su equipo y soñando que ese infierno acabara. Varias veces estuvo cerca, pero América pasó cinco años en la B que parecían nunca acabar. Ahí también estuvo siete años el Bucaramanga y el Cúcuta ya va para dos. Muchos pensaban que, por ser equipos de historia, volverían a primera rápido, pero la cosa es jodida y es sufrida. (Los escándalos de futbolistas colombianos con el trago)

Otro grande que descendió fue River Plate en Argentina pero tuvo la capacidad de regresar en la primera oportunidad que tuvo. Ese es el escenario ideal porque si no sucede, uno empieza a contar años en lugar de meses y subir es cada vez más complicado. Hoy River tiene un equipazo y, desde que subió tuvo una inyección anímica envidiable logrando ganar siete trofeos hasta la fecha, entre ellos una Copa Libertadores. La amargura de descender —pese a que esa marca no se borrará nunca— parece lejana. No todo está perdido. El fútbol, como la vida, siempre da revancha pero entre antes, mejor y por eso, siempre  téngalo claro: el tema no es irse, es volver.

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