El pasado sábado 8 de marzo dos hechos -uno lamentable y el otro apenas consecuente con el fragor del momento- hicieron que el clásico regional más importante del país (por antigüedad y por la cantidad de títulos que suman sus dos protagonistas) terminara como no debe terminar un partido de esta categoría, pero que, en todo caso, sirve para devolverle la mística al espectáculo del fútbol: la suspensión del mismo. Pero vamos por partes.

No tiene ninguna justificación que los hinchas armen semejante guerra en las tribunas, afectando no solo los intereses del equipo que dicen apoyar (entre otras sanciones, el América no podrá jugar de local en el estadio Pascual Guerrero durante tres fechas y aún no se conoce cuanto tendrá que pagar por concepto de multas), sino también poniendo en riesgo la vida de otras personas (según cifras oficiales, hubo 80 heridos ese día). Pero todos estos son detalles menores al lado de lo realmente importante y susceptible de ser destacado: el regreso de la pasión como ingrediente fundamental para combatir la insipidez que se había apoderado del fútbol colombiano.

Desde hace ya varias temporadas los torneos semestrales se han convertido en aburridos campeonatos donde cualquiera puede quedar campeón, al punto que varios equipos chicos como el Medellín, el Pasto, el Tolima y el Cúcuta lo han logrado, y otros como Real Cartagena, Huila y La Equidad estuvieron a punto de alcanzar la gloria. Pero eso es harina de otro costal. Lo realmente impresionante es ver como los tradicionales clásicos del fútbol colombiano van perdiendo, a medida que pasa el tiempo, emoción e interés, en comparación a lo que pasaba hace muchos años y lo que sucede en otros países.

En los años ochenta y noventa, un partido de América contra Nacional era sinónimo de voltaje y espectáculo garantizado, no solo por la tensa rivalidad entre los dos equipos, sino también por ingredientes extra futbolísticos que la añadían color al marco general: los duelos entre René Higuita y Anthony de Ávila, las propuestas tácticas tan disímiles entre sí como las de Gabriel Ochoa Uribe y Francisco Maturana y las rencillas adicionales dentro del campo de juego, por solo nombrar tres ejemplos, despertaban el morbo y la añadían ese ingrediente especial que hace de los grandes clásicos partidos fuera de serie.

Y es justamente ese mismo morbo el que despiertan otros históricos enfrentamientos como sucede con el clásico del fútbol argentino. Un partido entre Boca Juniors y River Plate es un partido aparte, al punto que para los hinchas de cada equipo es más importante ganarle el superclásico a su eterno rival que salir campeón en el campeonato de turno. Y vaya si cada institución no ambienta y mercadea cada partido antes de jugarlo. Es normal que se empiecen a dar declaraciones provocadoras de parte y parte por lo que, generalmente, los ánimos llegan bien caldeados para cuando el árbitro está por dar el pitazo inicial.
Sin ir más lejos, los dos mejores partidos que se recuerden entre Boca y River de los últimos tiempos se dieron en plena semifinal de la Copa Libertadores del 2004. El partido de ida jugado en La Bombonera se destacó por un célebre arañazo que Marcelo Gallardo le dio en la cara a Roberto Abbondanzieri, sacándole sangre. Esa noche tuvo dos expulsados y Boca ganó 1 a 0. Para el partido de vuelta, en el Monumental, la expectativa era mucho mayor que de costumbre, gracias a ese incidente. River ganó 2 a 1 en el último minuto de otro intenso partido en el que expulsaron a Carlos Tévez por provocación al celebrar un gol haciendo gestos de gallina. Hubo penalties y pasó Boca Juniors a la final que luego perdería con el Once Caldas, pero al menos los hinchas xeneizes se dieron el gusto de empapelar todo Buenos Aires con carteles dedicados a los hinchas millonarios que decían, textualmente, “Casi, casi, casi pasan… ¡arañando!”. Pero de ahí en adelante, cada partido que volvió a enfrentar en Argentina a Gallardo y a Abbondanzieri tuvo la expectativa general de qué pasaría cuando se reencontraran en la cancha. Nunca hicieron las paces, tampoco se volvieron a agredir, pero es indudable que solo por ese hecho los partidos siguientes fueron distintos. Y mucho más interesantes.

Por esa razón no se debe condenar a Diego Umaña por el golpe que le dio en la cara al técnico del Deportivo Cali, Daniel Carreño, en el último clásico. Lejos de haber sido un hecho generador de violencia como algunos periodistas irresponsablemente quisieron presentar la agresión (el incidente en el segundo piso de la tribuna sur ya había ocurrido y en el resto del estadio no se generaron disturbios por ello), aquel manotazo lleva implícita otra lectura: la de un ser humano que comete errores y que defiende a muerte los intereses de su equipo, lo cual implica profesionalismo; el hecho de perder momentáneamente la razón y actuar con fanatismo y apasionamiento, lo que garantiza el espectáculo; y lo más importante, ya se instauró un elemento adicional de morbo –en Argentina lo llaman “ponerle color”– que, de ahora en adelante, volverá a situar al clásico Cali – América como partido de alto riesgo, por cuenta de la declarada rivalidad de Umaña y Carreño a raíz del altercado. Y eso, en otras palabras, se llama mercadeo de imagen, que fue lo mismo que hizo José Luís Chilavert en su carrera deportiva y que generaba un clima distinto cuando se robaba el protagonismo, para bien y para mal, en cada estadio que pisaba.

Dejémonos de moralismos ridículos y de deseos de paz dentro de las canchas. El fútbol no es un asunto de relaciones bilaterales ni de geopolítica continental. El fútbol es un deporte donde el roce físico es inherente a el y donde cada ingrediente adicional, como un puño o un insulto público, es garantía de que el siguiente partido será mucho mejor y se esperará con singular expectativa. Y para el bien del fútbol colombiano, ojalá se sigan presentando situaciones similares dentro de la cancha en uno que otro partido o en aquellos que se consideran clásicos. Solo así tanta mediocridad futbolística será reemplazada por efusividad y vértigo, y tantos partidos desteñidos recuperarán el color que se merecen, a favor del entretenimiento. Por todas estas razones, brindo un respaldo total y público a Umaña, pues aquel vistoso puñetazo se debe entender como un acto de compromiso con el espectáculo y no como un acto irresponsable generador de violencia.





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