El marrano del grupo
Por Adolfo Zableh

Hubo una época en la que mis amigos me invitaban a todo. Estudiaba en la universidad y no tenía un peso. Tenía dos trabajos para mantenerme pero siempre vivía a ras; todo se me iba en buses, fotocopias y pagar el arriendo.

Dos trabajos suena a mucho, pero quienes han trabajado y estudiado al tiempo saben que no lo es.
¿Cuánto le pueden pagar a un universitario en este país? De todas formas logré sobrevivir y debo decir que no la pasé nada mal; de hecho, la época de universidad fue una de las mejores de mi vida: paseé viajé, rumbeé, salí con varias.

Eso sí, no me pregunten cómo lo hice, porque aunque sí lo tengo claro, no sé cómo logré aguantar cinco años de mi vida así. El truco estaba en que me invitaran a (casi) todo.

Mis amigos pagaban las cuentas, me invitaban a almorzar, a fincas en fin de semana. Y no solo ellos: sus mamás, mis novias, mis suegros, todo el que tuviera a la mano ayudó a que vivir sin plata no fuera un problema para mí.

Pero hay una cosa que se llama karma y ahora soy yo el marrano del paseo. No es que mis amigos sean unos muertos de hambre, pero como siento que tengo que devolver lo que alguna vez recibí, me siento mal si llega la cuenta y no soy yo el que paga. 

Así, esas rémoras que tengo por amigos se han acostumbrado, y no digo que no ayuden con la cuenta, pero suelo ser yo el tumbado del grupo. A la hora de pagar varios se van al baño, otros no hacen ni el amague de llevarse la mano al bolsillo y los más descarados dicen que la billetera se les quedó en el carro. 

Ahora vivo descuadrado. Muchas veces llego a ras a fin de mes y eso que soy soltero. Volví a tener dos empleos, como en tiempos de la universidad. Y lo pero es que sé que es culpa mía por haberlos malacostumbrado y por haber escogido a esos manes, a quienes quiero pese a que no tienen plata, o precisamente por eso.

Con un amigo tacaño, ni a la esquina
Por Andrés Rios


La tacañería es como el mal aliento: ahuyenta a cualquiera. Bien lo decía mi abuela Cecilia: “Uno en la vida puede ser lo que sea, menos tacaño. Es el peor de los defectos.” Y si de refranes me acuerdo, nunca olvido el de: “Es tan tacaño que se saca los mocos al escondido para que nadie le pida.”

A la hora de elegir amigos, de esos de verdad, creo que depure la lista y hoy solo tengo uno que tiene entre sus cualidades ser amplio, a los tacaños los desterré. Al igual que Adolfo, he sido víctima de los tacaños y muchas veces termino invitando a esa recua de sanguijuelas.

Pero la vida, a fuerza de golpes, me ha enseñado a lidiarlos, mejor aún, a identificarlos. Es una ‘raza‘ peculiar  la de los tacaños, lo que más impresiona en ellos son dos características: son personajes sin pena, nada los sonroja a la hora de comprar una cerveza cuando están en una mesa de amigos y se la toman solos mientras los otros miran atónitos.

O, sin un ápice de rubor dicen: “Yo me compro lo mío, ustedes entenderán que ando corto de plata.” Todo lo anterior con una cara de “ternuritas”…

De igual forma la tacañería va de la mano de una extraña capacidad de volverse invisible a la hora de pagar la cuenta, de hacer ‘vaca‘, de hablar de precios, de decir quién pone billete. Punto aparte merece ese tacaño que no gasta a pesar de tener la billetera como directorio de páginas amarillas de la cantidad de plata que hay en ella.

Pero no, el tipo o la vieja (la tacañería no respeta género) son unos genios para hacer que nada de eso se vea y todo se queda en un lacónico: “Yo pongo esto, no hay para más”. Pero el que más odio es ese tacaño que solo paga lo que consume. Tiene una capacidad de medición que asombra.

Si se toma media pola, la divide, si se come dos camarones de un ceviche, eso es lo que paga. Es una cosa de locos. Mi posición es casi ‘nazi‘ con la tacañería. Por mí que los exterminen, eso sí, que no sea con gas, mal que bien eso anda como escaso y hay que ahorrar.

                                                          

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.