Termino este comentario recomendando otro libro que no debe faltar en las bibliotecas de todos los colombianos: La muerte de Madame Taconcitos, novela escrita por el ex director de la Policía, Luis Ernesto Gilibert. Pero advierto: si lo buscan por este nombre quizá no den con el título, pues el general ha adoptado el enigmático seudónimo de L. E. Gilibert para su debut literario. Una historia ambientada en la Bogotá de principios del siglo XX cuyo protagonista es el fundador de la Policía, Juan Marcelino... Gilibert, abuelo del autor. Este sagaz investigador ocupa un papel central en la investigación de la muerte de una famosa confeccionista de muebles de esa Bogotá: presta su casa para que se esconda el investigador principal y oye con paciencia los pormenores del caso durante algunos días. De esta manera, Sherlock Holmes, Poirot, Sam Spade, Marlow y todos los investigadores clásicos del género negro quedan opacados por este sabueso cachaco.

Pero no deberíamos considerar del todo esta novela como dentro del género negro; se trata también de una novela de costumbres que retrata con precisión la idiosincrasia bogotana y, por extensión, colombiana de la época: las comisiones en busca de favores, los viajes constantes a París, el permanente interés por la comida, la segunda intención siempre escondida, el francés cada tres frases: "un nouveau riche detestable, aunque viéndolo bien, hijito, los ricos nunca son detestables aunque sean nuevos", señala un personaje. Ahí estamos pintados, con diminutivo y todo.

Para algunos la expresión "inteligencia militar" plantea una contradicción en los términos, pero esta novela de L. E. Gilibert viene a contradecirlos a ellos.

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Acá termina este repaso somero por la literatura creada por algunos personajes de nuestra farándula local. Su valor no radica en que están firmados por luminarias: todos acusan valores literarios intrínsecos que los convierten en piezas literarias comparables con los clásicos de la literatura colombiana y aun universal. Groucho Marx dijo una vez: "La televisión ha hecho maravillas por mi cultura. En cuanto alguien enciende la televisión, voy a la biblioteca y me leo un buen libro". ¿Qué mayor satisfacción puede encontrar un televidente con inquietudes literarias, que ver en su biblioteca los libros de quienes lo acompañan cada noche en las telenovelas, en los noticieros? Quizá ambientar la lectura con las melodías inmortales del disco de Amparo Grisales o con uno de épicas llaneras en la voz inmortal de Juan Harvey Caicedo.

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