Les cuento que me he sentido muy bien escribiendo de nuevo este blog. Es curioso porque siempre me ha gustado escribir –en la universidad lo hacía mucho- pero cuando me siento frente en el computador a pensar en todos ustedes me siento más libre, más relajada, más cómoda. En Twitter (el mío es @andrealadesoho) muchos de ustedes me preguntan qué ha pasado con mi vida desde que dejé de escribir acá y salí desnuda en la revista. Pues bien, me han pasado muchas cosas y las iré contando poco a poco pero sigo en lo mío a pesar de las dudas que siempre me asaltan de si debo o no seguir con este trabajo tan racional, tan frío, de acostarme con gente desconocida a cambio de plata. Como alguna vez les dije, la que se mete en esto le cuesta mucho salirse. Conozco casos, y muchos, de niñas que lo hacen solo para pagar una deuda o un semestre de la universidad pero después les queda gustando eso de ganar bien a cambio del sexo. Es crudo, yo soy la misma en admitirlo, pero es la verdad. ¿A quién no le gusta la plata? Yo, además, tengo una debilidad permanente por el sexo. Me gusta y si en muchos de mis servicios la paso bien, pues mejor. Claro, no siempre es así y me toca aguantarme clientes que son groseros, sucios, que se pasan con los tragos y la agresividad pero lo que hago es pensar en que eso pasará rápido.

Hoy sigo viviendo en Chapinero Alto pero en un apartamento mucho más grande del que tenía y con una vista muy bonita, da a una calle, tiene un pequeño balcón y si miro a la izquierda veo parte de los cerros orientales (bueno, lo que algunos edificios dejan ver) y a la derecha veo la carrera quinta y, más abajo, la séptima. Me he dado uno que otro lujo en este último tiempo: me compré un iPad 2 y no paro de jugar con él. También tengo un BlackBerry y un iPhone. El primero es para recibir llamadas de mis clientes, el segundo es para mí. También me fui hace 3 meses a Miami y compré mucha ropa linda. Me fui sola, con mis ahorros, y compré de todo y ropa interior espectacular que me gusta medirme en un espejo que deja ver mi cuerpo completo y que tengo en mi cuarto. Cuando hablo de ropa no piensen que es ropa burda o llamativa. Les insisto en que jamás me verán por la calle como “una boleta”, siempre me visto como una mujer común y corriente, como la universitaria que soy. No crean que me pongo culifaldas y escotes por ahí. No. Eso le toca solo a mis clientes. Pero en la calle siempre me verán como una mujer más. Hay una ropa interior que me enloquece, que es muy fina, y se llama “La Perla”. Soy adicta a esa ropa interior. Siento que se amolda muy bien a mi cuerpo y siempre me fijo en que resalte mi culo, por vanidad, y porque a los hombres les enloquece un culo firme con ropa interior bonita. Yo sé que muchas mujeres que me leen saben de lo que les hablo. No siempre es fácil encontrar una ropa interior que se ajuste bien al cuerpo de uno.

De la universidad, les cuento que no he terminado mi tesis. Ya a la universidad no voy, o muy poco, porque solo es eso lo que me falta. La estoy trabajando muy bien, va a quedar muy completa, pero quita tiempo y a mí más que investigar, me gusta es la parte de escribir. Debería desenmascararme y entregarle mi libro a mi director de tesis a ver si eso me lo acepta. Es un chiste. Me mataría. A propósito, mi director de tesis está como quiere. Es joven, de buen cuerpo, ojalá muchos de mis clientes fueran así. Yo sé que él me ha morboseado más de una vez porque se le nota en la mirada. Siempre lo cojo mirándome las tetas y una vez a amiga fue la que me hizo caer en cuenta que el tipo me miraba de arriba abajo mientras yo le mostraba lo que llevaba escrito de la tesis. Pero bueno, es “respetuoso”, no me la ha pedido y espero que no me lo pida porque esa mujer que él ve no es una prepago: es una estudiante más, inteligente, que debe respetar. Yo soy dos mujeres finalmente.

Del amor, del corazón, ¿quieren que les hable de eso? Me gustaría saber qué quieren que les cuente de mi vida. Un cliente, por ejemplo, me propuso matrimonio pero le dije que no. No quiero perder mi libertad, no quiero sentirme atada a un hombre que solo quiere tenerme encerrada en una casa, solo para él. De eso también les voy a contar más adelante. Han pasado muchas cosas en estos meses que no saben de mí. Como un servicio muy rico que me salió hace poco. Llegué a un apartamento en Las torres del parque, en el barrio La Macarena, y me recibió un tipo de unos 27 años, muy flaco, con los pantalones escurridos casi. Me pagó de una y me dijo que me quería embadurnar de aceite. Me explicó que le encanta ver el cuerpo de una mujer llena de aceite y tocarlo y sentir que se resbalan sus manos y ver el culo y las tetas mucho más provocativas. Yo acepté, no le vi ningún problema y sentí que la idea sonaba bien. El tipo destapó un tarro de aceite Johnson´s y me comenzó a untar por todas partes mientras notaba que su erección se aumentaba. Uno siempre está pendiente de la erección del tipo porque no siempre todos los clientes quieren penetración, solo ver, tocar y ya. Pero este parecía querer una buena faena. Me acostó sobre la cama, boca abajo, y me masajeó la espalda, los hombros, las piernas y luego se concentró en mi culo. Me lo apretaba y me decía que estaba muy buena, duró un buen rato masajeando mi culo, untada de aceite por todas partes. Luego me di la vuelta y me masajeó el cuerpo, las tetas, y me las comenzó a chupar lentamente. Yo estaba excitada porque el tipo era delicado pero rudo a la vez. Me estaba masajeando muy rico y fue ahí cuando se quitó los calzoncillos, se puso el condón y se puso sobre mí. Lo tenía grande. Sentí que me estaba clavando muy adentro y fue delicioso. El también se comenzó a echar aceite sobre su pecho, su abdomen y me decía que se lo esparciera y cuando me di cuenta estábamos llenos de aceite por todas partes. Luego me senté sobre él y, en efecto, sus manos se deslizaban sobre mis tetas cuando me quería coger duro. Luego ponía las manos sobre mi culo y me apretaba fuerte pero el exceso de aceite hacía que se le salieran mis nalgas de sus manos. El tipo estaba muy excitado, me comenzó a gritar cada vez más fuerte “¡estás deliciosa mamasita!”, y aunque quería venirse me dijo que lo haría cuando yo me pusiera en cuatro. Ahí sí no se aguantó. Moví mi culo rápidamente a manera de círculos y se vino de una con un grito que debió despertar a más de un vecino. Estuvo rico, el tipo no era de mi gusto, pero estaba bien dotado y el aceite logró arrecharme lo suficiente. Yo terminé viniéndome mientras el tipo me clavaba por detrás y yo me frotaba con mis dedos sobre el clítoris. Cuando siento que me voy a venir me gusta frotarme ahí, yo misma, porque me asegura un orgasmo pleno.

Lo jarto fue vestirme ahí mismo, me sentía melcochuda. Llegué a mi apartamento y aunque me bañé casi media hora, ese aceite no se iba. Gajes del oficio, como dirían mucho. Pero valió la pena. No dejen de preguntarme todo lo que quieran saber. Yo voy a escribir dos veces a la semana y les iré contando todo lo que quieran. Les mando un beso. 
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