No sé por dónde empezar. Hace muchos meses que no escribía con el ánimo de que todos ustedes me volvieran a leer. Pensé que no querían saber de mí o que ya lo que les había contado sobre mi vida era suficiente. Pero veo por los comentarios en Facebook, en Twitter y en esta misma página, que quieren volver a leer mis escritos, a saber todo lo que hay detrás de una mujer que vive de ser una acompañante, de hablar con hombres, de tener sexo con ellos, de ser la cómplice ideal en la cama. Yo estoy feliz de volver porque, como siempre les dije, me sentía acompañada con todos sus comentarios, sus opiniones, sus preguntas. Todos ustedes me hacían sentir importante de alguna manera. Siempre fue muy rico llegar a mi apartamento, sola, y sentarme frente al computador para contarles mi vida. Ser prepago es saber, de alguna manera, que la soledad es permanente. Que, a pesar de estar rodeada de hombres, no hay nada más real que la soledad disimulada por la ambición del dinero, de acumular más y más. Por eso sus comentarios, sus consejos, hicieron siempre mis días mucho mejores. Es como si tuviera cientos de amigos “invisibles”. Y desde que salí acá en la revista SoHo, desnuda, para luego dar paso a un libro sobre mi vida, no he dejado de pensar en la posibilidad de volver. Escribir se volvió como tirar por dinero: una necesidad completa. Primero, porque extraño estar en contacto con ustedes, pero también porque sin duda mi vida tiene siempre historias increíbles que sé que merecen ser contadas.

Un polvo que no me esperaba
Hoy, por ejemplo, quiero contarles una experiencia que me ocurrió recientemente. Un tipo pidió mi servicio –quería una mujer con un culo “precioso”, según sus palabras- y me citó en un apartamento al norte de Bogotá. Me puse una minifalda negra muy ajustada precisamente para que el culo se forrara como sé que les gusta a los hombres. Una chaqueta negra de cuero, unas botas también negras hasta la rodilla, y ropa interior negra que siempre me ha encantado. Últimamente uso hilos dentales que se pierden entre mis nalgas porque me hacen ver muy sexi y arrechante para los hombres. Tanto es así que más de uno me ha pedido que me acueste boca abajo simplemente para hundir sus cabezas en mi culo, mientras me lo mordisquean y juegan con él. Me han tocado hombres que se excitan frotando su verga sobre mi culo sin que todavía se hayan quitado los calzoncillos. Les gusta rozarme mientras logran la erección plena.

Pero vuelvo a la historia que les quiero contar. El tipo que llamó tenía unos 40 años, de cuerpo atlético, no se veía nada mal –cosa que agradezco en el alma y que sé que muchas prepagos agradecemos-. Fue muy cortés, me invitó a seguir a la sala, me ofreció algo de tomar pero preferí no hacerlo. Hablamos un poco, me dijo que me pusiera de pie y que me diera la vuelta para verme el culo. Eso hice y sentí cuando puso sus dos manos sobre mis nalgas. Las apretó con fuerza y dijo “eso era lo que yo quería”. Me hizo separar las piernas y, yo aún de espaldas a él, me comenzó a tocar por debajo de la minifalda, buscando mi clítoris. Me volteé, le pedí que primero me pagara y que luego sí hiciéramos todo lo que quisiera. Me pagó y me dijo que fuéramos a su cuarto. Me dijo que me desvistiera totalmente y luego él hizo lo mismo. Tenía una verga grande y ya la tenía parada. Los dos estábamos de pie y él me chupaba el cuello y me tocaba las tetas mientras que yo le masajeaba la verga y las huevas. Luego me tumbó sobre la cama, se puso un condón y se puso sobre mí. Hasta ahí todo parecía un polvo más de los tantos que tengo en mi trabajo. Pero, de pronto, una mujer abrió la puerta del cuarto y en cuestión de segundos estaba maldiciendo al tipo: era su esposa, furiosa, gritando como loca por descubrirnos tirando. Lo increíble fue que su esposo se paró, se fue hasta donde estaba ella, la cogió fuerte y le dijo que se calmara, le gritó y le dijo que yo era una prepago, que me había contratado porque él quería que pasara lo que los dos (ellos dos) habían hablado alguna vez. Yo no entendía nada, solo atiné a cubrirme con unas sabanas y cuando quise vestirme para salir de ahí, él me gritó que no lo hiciera. La señora, que también tenía unos 40 años y tenía como pinta de ejecutiva con el pelo recogido atrás y unas gafas, seguía muy alterada, tratando de zafarse de su marido.

Sin embargo, no sé cómo, de repente él logró calmarla y decirle que eso era lo que siempre habían querido: “¡tú me has dicho que sueñas verme con otra mujer y por eso cuadré todo para que nos descubrieras, para que me vieras culiando con otra!”, decía el tipo. Ella fue se fue calmando y, de repente, su semblante cambió por completo, comenzaron a besarse, ahí parados, en la puerta del cuarto, mientras que yo no sabía muy qué hacer. Él le seguía diciendo que era la hora de cumplir la fantasía, que sabía que ella se iba a excitar mientras me comía a mí y, en efecto, ella comenzó a relajarse a dejarse manosear de su marido mientras me miraba con una mezcla de celos y arrechera. Ella se agachó y se puso a mamársela al marido hasta que se le puso dura de nuevo. La vieja me dijo que me acercara a ellos. Eso hice, me arrodillé junto a ella, a ver en primer plano cómo le mamaba la verga a su esposo. Después le dijo a él, mientras me miraba a mí, “cométela por detrás”. No quería sexo anal sino que me pusiera en cuatro. Me paré y me puse en cuatro sobre la cama, ofreciéndoles la mejor panorámica a esa pareja que soñaba con eso. El tipo buscó otro condón mientras que ella se acercó y me frotó el clítoris con sus dedos. Debo admitir que me mojé de una. El tipo se puso detrás de mí y comenzó a embestirme. Ella se acostó al lado mío, se quitó la ropa muy rápido y comenzó a masturbarse con desespero mientras me cogía el culo de vez cuando con la mano que le quedaba libre.

No sé cuánto tiempo pasó, tal vez unos 8 minutos, cuando sentí que el tipo comenzó a gritar como loco, anunciando su orgasmo. Yo no pude evitar el mío. También grité de placer mientras que la mujer parecía ida, con los ojos en otra parte, nublada ya de dos o tres orgasmos que había tenido. El tipo se tiró sobre ella, y se abrazaron apasionadamente. “¿Te gustó?”, le preguntaba él a ella, y la mujer con la respiración entrecortada decía que sí, que mucho, que le encantó la escena. Me vestí y salí de ese apartamento con la certeza de que era una pareja feliz. Y más feliz ahora. Sé que me llamarán otra vez. Ya me ha ocurrido antes.

Espero contarles todo lo que me pase de nuevo en este blog, no dejen de hacerme todas las preguntas que quieran, y ojalá rieguen el chisme que volví. Los extrañaba mucho y aquí estoy de vuelta.
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