No aventuro respuesta. Se lo dejo a las mujeres. Que ellas lo digan. Yo, sin embargo, aprovecharía el desorden para calibrar el nivel de contrición de Andrés y exigiría, así, al rompe, que demuestre su buena voluntad bajándoles el precio a las papitas criollas, a los chicharrones y a las arepas de choclo en el restaurante. Y ni qué decir de los ceviches, el lomo al trapo y los chinchulines. Eso sería un gesto de arrepentimiento, de cese de hostilidades.

Muchos estarán encolerizados con Andrés. Otros, alicorados en Andrés. Yo soy de los primeros, aunque, reconozco, envidio a los segundos. Pero no me dejaré llevar por la ira para mantener la neutralidad de la opinión. Por lo pronto, confieso que yo mismo acompañé a varias mujeres a la manifestación. Yo mismo rasgué vestiduras por lo ocurrido. Vitoreé, arengué y manoteé. Eso me produjo una sed de náufrago. Pensé en un mandarino o en una naranjada, pero me mantuve fiel a la protesta. Participé de la revuelta hasta, claro, que fue mediodía. Y me atacó un apetito desbordado. No me pude contener, dejé mis panfletos a un lado y entré al restaurante, pedí un tostón con fríjoles, carne molida, hogao, aguacate y quesito. Qué dicha.

En el decir de Ricardo Arjona: Andrés no es verbo, es sustantivo. Ese es su error. Andrés, el de Andrés, es un hombre distinto, sui géneris, único. Y, a la hora de juzgarlo, debemos reconocer que es un hippie a lo colombiano de los que sobrevivieron a Woodstock y terminaron en el altiplano cundiboyacense. Un hippie que, solitario, a su manera, creó un new age del hippismo. Un hippismo que, lejos de pregonar la paz y la libertad, de oponerse al capitalismo, promueve el consumismo, la competencia, las patentes, la marca comercial. Revolución sexual y amor libre: eso es todo lo que el neohippismo de Andrés no pregona. Bueno, el amor libre sí, si es en su parqueadero.

Dolieron sus declaraciones. Quedé iracundo. Y a mí, como a él, me salió un ser oscuro: “Un hippie mechudo enfundado en un overol de jean y debajo dice que su negocio es ‘bueno, bonito y carito’, ¡¿a qué está jugando?! Un hippie un poquito neoliberal y debajo poquito bohemio, ¡¿a qué está jugando?! Un hippie un tilín auténtico y debajo, un tilín neurótico, ¡¿a qué está jugando?! Un hippie un tanto genial y debajo un tanto básico, ¡¿a qué está jugando?! ¡Un hippie una pizca original y debajo una pizca retardatario, ¡¿a qué está jugando?!”. Fue lo que pensé con la misma calentura con la que Andrés dio la entrevista.

Dije que la ira no sería la guía de esta opinión. Así que debo reconocer que en la fiesta de la universidad de hace tres lustros, y la fiesta empresarial de hace un año, me excedí en Andrés (sustantivo). Que el resultado de mis excesos lo limpiaron rápido. Que una silla de ruedas me trasladó a la puerta y que un conductor que no supe de dónde salió me llevó a mi casa. Hay que ser agradecidos. Y hay que aceptar que, gracias al lugar, se puede uno topar con pelirrojas australianas y, por qué no, con suerte, llevarlas al parqueadero sin su sobretodo. Qué dicha.

Andrés, el sustantivo, tiene exceso de Andrés, el verbo. Él dice: “Andrés está hecho a la medida de mis sueños”. Y sí. Pero otra cosa es ese Andrés (verbo) con un micrófono a medianoche diciendo a su albedrío qué hacer y qué no hacer; qué pensar y qué no pensar; qué admirar y qué no admirar. Esa forma nada sutil de decirnos quién manda, quién es dueño, no importa si estamos en el purgatorio o en el cielo, en realidad, nos hace sentir en el infierno. Y sí, eso enfurece a cualquiera. Y genera rechazo. Claro, hasta que llega la posta cubierta de tocineta humeante sobre el plato caliente, acompañada del tomate relleno de puré, y la mazorca, y las cuatro arepas mixtas. Qué dicha. Y a uno se le pasa el mal genio. Y emerge el perdón. Te perdonamos, Andrés. Aunque, si hubiera sido sustantivo y no verbo, hoy estaría conociendo el archivo de la investigación de la Fiscalía. Calladito se habría visto más bonito.

Voy a intentar ser propositivo. La solución, sugiero, es el coaching. A Carlos Vives le vino muy bien. Después de casi diez años logró llenarse de Grammys gracias al coaching de Claudia Helena Vásquez, su esposa. A Andrés le hace falta un poco de eso. Y necesita sueño. Dormir, dormir y dormir. Para que no pierda perspectiva. Para que sea sustantivo. Para que endulce su vida. Y hablando de eso, de endulzar, se me viene a la cabeza una cuajada con melado de las que ponen en el horno, o la torta de chocolate o un tres leches regado con una copa de Amareto. Qué dicha plena.

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