A mí nunca me han echado de una empresa, lo que considero una especie de logro, me siento orgulloso. Siempre he querido salir de cada lugar en el que trabajo con las puertas abiertas. Sin embargo, esa marca estuvo a punto de mancharse durante mi segundo empleo: temí que me despidieran por haber puteado a mi jefe en una borrachera. (Cómo levantar en la oficina)

Yo tenía 22 años y trabajaba en una reconocida multinacional financiera como auxiliar contable. Aunque ya tenía experiencia laboral, era la primera vez que estaba en una compañía importante. Por esos días, era un metalero frustrado; o sea, uno de esos tipos que durante el día andan de corbata, disfrazados de oficinistas, que se la pasan aburridos trabajando en cubículos, y por la noche salen a bolear mecha con otros amigos desgualetados, igual o peor de frustrados.


El jefe se llamaba Jimmy, tenía el cargo de gerente financiero y era el típico viejo verde del mundo de las oficinas: 53 años, descachado, coqueto con las más jovencitas y arrogante con los subalternos. A mí el tipo no me caía mal, aunque yo sabía que era un cero a la izquierda para él. Nada de lo que pasó hubiera pasado de no ser porque entre don Jimmy y yo estaba Elsa, una compañera de oficina, la “Yayita” de contabilidad.

A mí me gustaba Elsa, a pesar de ser diez años mayor que yo, y ella también me coqueteaba. Yo desconocía en ese momento que ella era igual de coqueta con don Jimmy. Y entre gerente financiero y auxiliar contable, era evidente quién llevaba las de perder.

Todo sucedió un sábado, en Villa de Leyva, en una de esas jartísimas integraciones que organizan las empresas para los empleados. Aunque la idea era conocernos y pasar un rato de esparcimiento sano, a las 4:00 de la tarde la mitad de la gente ya estaba borracha. De regreso a Bogotá, los más entusiasmados hicieron plan para continuar la fiesta en alguna discoteca y entre esos estaba Elsa. Ahí, mi oportunidad de caerle, entonces me uní al plan. Pero también vino con nosotros don Jimmy. (No muestre el hambre a la hora de levantar)

Terminamos metidos en un antro de Galerías al que nunca hubiera entrado en otra circunstancia. Pero lo peor fue que mi conquista se vio aplastada porque don Jimmy se las dio de galán: bailaba como el más e invitó a trago a todo el mundo, porque él era “el patrón”. Fue entonces cuando me di cuenta de sus intenciones con Elsa, que ya le paraba más bolas, aunque se había hecho la rogada todo el día. Por eso, no se me hizo raro que don Jimmy se ofreciera, al final, a llevarnos a la casa a cinco de nosotros en su carro.



Eso fue lo más irresponsable de todo: terminé borracho, en un carro manejado por otro más borracho, pude haberme matado por una vieja. Después de dejar a los demás, solo quedábamos don Jimmy, Elsa y yo. Por supuesto, la última en bajarse era ella. Nos dirigíamos a mi casa cuando nos detuvo la policía. Y mi jefe, mientras veía cómo subían su carro a la grúa, me dijo: “Sí ve, todo por traerlo a usted, chino”. (Descubra si su jefe se la tiene montada)

Entonces no me contuve. La ira y los tragos fueron más fuertes que yo y le grité: “Usted fue el sapo que se ofreció a traernos, viejo triplehijueputa. A mí me importa un culo su carro. ¡Ábrase, viejo malparido! Yo me voy”, y lo empujé. El tipo casi se cae y Elsa trataba de tranquilizarme. Pero yo no le hice caso, cogí un taxi y me largué para mi casa.



El resto del fin de semana me la pasé preocupado. Juraba que el lunes iba a llegar a la oficina e iba a encontrar en el escritorio una carta de despedida. Sin embargo, don Jimmy prefirió no hablar, tal vez porque él también salía mal librado del asunto. En la oficina empezaron los rumores porque yo era el que había puteado al gerente financiero. Incluso era como un minihéroe, porque había hecho algo que muchos hubieran querido hacer pero no se atrevían. (Manual para tener una aventura en el trabajo)

Sin embargo, solo duré cuatro meses más. Renuncié porque estaba aburrido y sabía que nunca iba a escalar dentro de la compañía. Lo último que supe de Elsa es que la ascendieron a coordinadora del área. Y a don Jimmy me lo encontré hace un año en un centro comercial. Cuando me vio no pudo disimular la ira. Seguro, como yo, todavía se acuerda del día que un subalterno borracho le gritó “¡triplehijueputa!”.

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