Pero no todos los símbolos que nos representan son tan bonitos como la mochila arhuaca o la palma de cera. A los colombianos, ante todo, nos reconocen en el mundo por la droga y la violencia que esta genera. Y los colombianos también manejamos nuestro propio sistema de antisímbolos.

La droga

Quienes hacia 1975 éramos adolescentes seguidores del rock y del pop celebramos con júbilo el éxito No no song, del ex Beatle Ringo Starr, que en uno de sus versos mencionaba a un personaje que le ofrecía marihuana colombiana. Y la celebramos porque Ringo nos hacía el grandísimo favor de poner el nombre de Colombia en los listados de éxitos del momento.

Han pasado 34 años y el ingenuo júbilo juvenil de aquel entonces se ha transformado en una triste resignación. Desde hace marras nos hemos acostumbrado a que el nombre de Colombia sea, por encima de todo, sinónimo de droga. Y no solo de droga. También nos conocen en el mundo por violentos, por traquetos, por las masacres, por el desplazamiento…

La cocaína es el antisímbolo por excelencia de Colombia porque ha sido el motor de buena parte de sus males. Antes de la cocaína Colombia estaba lejos de ser un paraíso. Era un país violento, desigual, marcado por toda suerte de intolerancias.

Pero, como consecuencia del tráfico de cocaína y su poder ilimitado de corrupción, la guerrilla y los paramilitares no solo consiguieron un medio de financiación sino que se convirtió casi en la finalidad de su existencia. El poder corruptor de la cocaína ha permeado todos los estamentos de los poderes públicos y privados. Gracias a la cocaína y a los paraísos artificiales que esta generó (entre ellos bonanzas que disimularon crisis económicas que habrían sido más severas) la sociedad colombiana se volvió proclive a celebrar los éxitos de quienes coronan. Aprendió a voltear la mirada ante horrores como el desplazamiento o los falsos positivos porque el fin justifica los medios. 

La guerrilla

Gracias a la guerrilla, Colombia aparece en las listas rojas que manejan las embajadas de gran parte de los países del mundo. Además, a partir de sus vínculos cada vez más estrechos con la delincuencia común se convirtió en el antisímbolo nacional por excelencia. No solo la vemos como la principal causa (y en ciertos casos única causa) de todos los males que padece Colombia, sino que su eventual exterminio justifica o al menos relativiza atrocidades como el desplazamiento, las masacres de los paramilitares y los falsos positivos. La arrogancia y los repetidos gestos criminales del Secretariado de las Farc han sido de gran ayuda para que se mantengan como el antisímbolo supremo en el imaginario de los colombianos.

El traqueto

El traqueto ha logrado, sobre todo a partir de los años ochenta, exportar sus hábitos, gustos y valores cívicos y morales a amplios sectores de la población que no tienen ningún vínculo directo con el tráfico de cocaína. Se han vuelto comunes desde cortes de pelo y maneras de hablar propios de ellos hasta comportamientos escandalosos tales como poner música a todo volumen sin respetar el derecho al reposo de los vecinos, engallar vehículos con vidrios ahumados y toda clase de adornos y sistemas de sonido de alto vatiaje, exhibir en lugares públicos mujeres voluptuosas, hacerse notar, hablar duro, ostentar. Es tal el poder de fascinación que el traqueto ejerce, aún entre quienes detestan sus hábitos, que los principales éxitos de la televisión colombiana han sido Sin tetas no hay paraíso, El cartel, El capo y Las muñecas de la mafia.

Los paras

Más allá de su maldad evidente, aún hoy en día los paramilitares mantienen el aura de haber sido el mal necesario al que acudió un país llevado por las atrocidades de la guerrilla. Su vinculación estrecha con el narcotráfico y sus prácticas para apoderarse de las mejores tierras de Colombia no parecen haber calado demasiado hondo en la conciencia de los colombianos comunes, mucho más propensos a rechazar los crímenes y atrocidades de la guerrilla. Como secuela de este antisímbolo están los cuatro millones de desplazados, varios de los cuales viven en andenes y semáforos, ante la mirada indiferente de millones de colombianos que se autoproclaman gente de bien.

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