Me había citado en el Circolo Canottieri Aniene, un exclusivo club romano del que es socio, a las 11:30 a.m., y llegó puntual. Dino Zoff tiene 72 años y no es alto, al menos no como lo había imaginado y como son hoy la mayoría de porteros, pero tiene la actitud de los tipos altos y eso me lleva a pensar que en determinados momentos de su vida pudo haber sido de verdad alto. Antes de llegar a la entrevista, vi muchos videos suyos, algunos del Mundial del 82 y otros de sus partidos en el fútbol italiano y en Europa jugando con el Nápoles y la Juventus. La impresión que tuve es que como portero nunca se destacó por un talento específico y la mayor parte del tiempo parecía como si alguien lo hubiera llamado y pedido que le cuidara el puesto mientras iba a comprar cigarrillos. Así de relajado y absorto parecía, pero en el momento justo reaccionaba y hacía lo necesario sin exagerar jamás un gesto ni gastar un gramo extra de energía. Con no tener “un talento específico” me refiero a que su capacidad de saltar, estirarse o correr no era algo de otro mundo, tampoco tenía eso que suelen llamar reflejos felinos y, por supuesto, no tenía la estatura ideal de un portero ni siquiera cuando fue alto. A mi entender, la genialidad de Zoff consiste en no haber necesitado un talento específico. Su extrema virtud era una minuciosa y geométrica relación con la portería, él no la percibía fuera de sí, era parte integral de ella. Cuando uno lo ve en acción (quizá inacción sería más exacto), no es difícil intuir que había nacido para estar allí y adoraba ser portero. Muchos sostienen que fue la estrella de España 82 por encima de Paolo Rossi, pero su leyenda, aunque había estado en México 70 y Alemania 74, empezó quizá en Argentina 78.



1. UNA HABITACIÓN PROPIA

Lo despertó el aullido de un animal o algo parecido y, por un instante, creyó tener 9 años y estar en la vieja casa de sus padres en Mariano del Friuli, un pequeño pueblo italiano donde vino al mundo el 28 de febrero de 1942 y quizá el único lugar de su país donde aún sería bien recibido. Se sentó en el borde de la cama y pensó en aquel aullido y en la terrible atmósfera que se respiraba en las otoñales calles de Buenos Aires. Era la madrugada del 22 de junio de 1978, y apenas unas horas atrás había dejado de ser héroe para convertirse en el chivo expiatorio de la derrota que le habían infligido los holandeses a su selección con dos goles de larga distancia, sobre todo el segundo, un obús lanzado por Haan a más de 40 metros que seguía atormentándolo.

“Hablando después con mi padre, le confesé que no había visto partir el balón. Él se puso muy serio y me dijo: ‘¿No lo viste partir? Eres un portero de fútbol, hijo. De fútbol, no de motel. Tu oficio precisamente es ver partir el balón. El balón puede entrar o no, pero tú tienes que verlo partir siempre. No es un asunto de goles, sino de que no te arranquen la cabeza’”.



¿Antes de ser portero intentó jugar en otra posición?

No, jamás. Desde que tuve conciencia del juego, sentí que debía estar allí, fue como una vocación. Y también tiene que ver con mi carácter, fui un niño muy solitario y silencioso. En casa de mis padres siempre tuve mi espacio, sentía que había un puente entre ese espacio y el resto del mundo. Ser portero me permitía hacer parte del juego, pero con una habitación propia. En un equipo de fútbol hay diez de una especie y uno que es diferente, el portero es un elemento raro, una pieza que está fuera y dentro del mecanismo. La soledad del portero es inexpugnable, cuando el balón entra, no importa lo que haya sucedido antes, la responsabilidad es del dueño de esa habitación, y cuando atajas un balón imposible, sucede igual. Los goles marcados se comparten, los encajados no.



¿Cuál fue su ídolo de la infancia, su referente?

No había televisión, era otro tiempo. Jugábamos al fútbol como si acabáramos de inventarlo, y cada cual buscaba su lugar en el campo. Me metí bajo esos tres palos y ya no quise salir.



De niño nadie pensaba que usted crecería más de un 1,70… ¿Cómo es la historia?

Tenía 14 años, estudiaba mecánica, era el portero titular del equipo del pueblo y no alcanzaba aún 1,70. Cada fin de semana, los vecinos se reunían en una carpintería para medirme y la preocupación era creciente. Entonces, mi abuela les pidió dejarme en paz y empezó a hacerme comer ocho huevos diarios de gallina. Cinco años después, en 1961, cuando hice mi primer contrato profesional con el Udinese, medía 1,82. Todavía hoy el olor del huevo me produce escalofríos, pero valió la pena.



2. EL ARTISTA COMO ENEMIGO

Su primer partido como profesional lo juega contra la Fiorentina y recibe cinco goles. Bonizzoni, el entrenador del Udinese lo culpa relegándolo a la banca y Zoff se siente deprimido. En dos años juega solo tres partidos y en 1963 pasa al Mantova, donde juega cuatro años con buenos resultados, al punto de ilusionarse en vano con ser convocado para el Mundial del 66 en Inglaterra. En 1967, después de ser rechazado por el Milán, llega al Nápoles y un año después, el 20 de abril de 1968, debuta con la selección nacional con la cual sería, dos meses después en Roma, campeón de Europa. Sin embargo, al Mundial del 70 en México llega como suplente de Albertosi.

“Encajar esos cinco goles la primera vez fue terrible y los recuerdo bien, al menos tres debí pararlos. Lo curioso es que durante el Mundial del 70, sentado en la banca de suplentes, volví a pensar en eso y me di cuenta de que existía una conexión: tenía 27 años y era un buen portero, pero no era excepcional. ¿Te imaginas? Había sido campeón de Europa, llevaba ya nueve años de profesional y aún tenía en la cabeza esos cinco goles. Pude parar tres. Lo sé. Y en ese momento entendí que son los goles encajados y no los atajados los que hacen la diferencia. Un portero excepcional es aquel que decide no encajar cierto tipo de goles, te pueden hacer mil, pero ninguno de ese tipo. ¿Entiendes?”.



¿Un portero excepcional puede recibir mil goles y no ir a la banca?

¡Exacto! Bueno, no mil, pero ese es el sentido. En la banca no estás solo, la soledad perfecta es bajo los palos.



A propósito de excepciones, usted estuvo en la Juventus durante once años seguidos de titular sin faltar jamás a un partido, 330 partidos seguidos… Imagino cuántas veces habrán ido sus suplentes al psicoanalista o le habrán deseado un incidente doméstico.

Fueron años increíbles, vivía en un permanente estado de vigilia. No podía parar, jugué hasta con 40 grados de fiebre.



También en la Azzurra se hizo inamovible. En 1974, Newsweek lo eligió el mejor del mundo por su récord con la Selección. ¿Cómo es posible estar 1143 minutos sin recibir gol? Si consideramos que se enfrentaba a los mejores delanteros del mundo es una eternidad.

Teníamos una defensa que funcionaba como un reloj suizo, pero también se necesita entrenamiento y fortuna para lograr algo así. Y mientras más se extendía el récord, más ansiedad tenían los atacantes de romperlo. El gol es el arte del fútbol, los hay de todas las especies y colores. El público va al estadio a deleitarse con goles. Un partido a ceros jamás llevará a nadie al éxtasis. Los atacantes son los artistas del fútbol y mi oficio es destruir el arte. Mi objetivo es el cero.



¿Cuál es el tipo de goles que aceptaba recibir?

Ninguno, por bien ejecutado e inevitable que haya sido un gol siempre me hacía sentir estúpido. Un segundo después, mientras iba a recoger el balón, repasaba la jugada en mi mente y encontraba el error.



3. DIMENSIONES ALTERNAS

En 1974, Dino Zoff, que ya había cumplido 32 años, jugaba en el Juventus de Turín. Durante su primer año con “la Vecchia Signora” logró mantenerse invicto por 903 minutos, y todos lo consideraban una garantía para la selección, pero la aventura en Alemania (Occidental por aquellos días) terminó mal. Italia no logró superar la primera fase, y la portería invicta de Zoff, que pocos meses antes había resistido los cañonazos ingleses y brasileños, fue violada por un anónimo jugador haitiano apellidado Sanon. Al regresar a Italia, las críticas para la mayoría del equipo son feroces, Dino Zoff es uno de los pocos que se salvan, y en 1975, Enzo Bearzot, el nuevo director técnico de la selección, lo confirma como capitán y punto de partida de los italianos hacia el Mundial de Argentina 78.



Se ha escrito mucho sobre su frialdad y su propensión al silencio, incluso han dicho que con un poco más de expresividad habría hecho carrera en la televisión. ¿Qué sentía realmente en el campo?

Recuerdo una larga entrevista de radio que me hicieron cuando jugaba en el Nápoles, la habían grabado un martes o miércoles y la pasaban el sábado. Como ese sábado cenaba en casa de mis padres, invité a toda la familia a escuchar conmigo la entrevista. Para no alargar la historia, le diré que me despertaron los ronquidos de mi padre. Nunca fui bueno con las palabras y no las necesitaba para cumplir mis obligaciones en el campo; para mí el fútbol era un oficio e intentaba hacerlo lo mejor posible. Nunca sentí que debía besar la camiseta o incitar al público, para mí lo que pasaba más allá del campo era otra dimensión. Los italianos, y creo que sucede también en América Latina, tienden a exagerar. Exageran lo bueno y lo malo, es una característica cultural y en ese sentido no soy muy italiano. Me criaron con la idea de que en la vida cuentan los hechos, y eso sigo creyendo.



Con el Nápoles y la Juventus afrontó muchas veces a compañeros de selección. ¿Cómo era su relación con ellos?

En el fútbol, sobre todo en el fútbol de hoy, la rivalidad es algo ambiguo que el público vive de un modo y los jugadores de otro. Lo que un jugador pretende es hacer su trabajo, y ganar es parte de esto; también perder. Para un jugador no es difícil entender sus límites y los de su equipo, en cambio el público siempre aspira a la victoria aunque siga a un equipo débil. Y los medios hacen su parte creando expectativas y, muchas veces, exagerando. La verdad es que la mayoría de jugadores en el mundo saben que hacen parte de un mismo negocio y no de una guerra. Hoy se enfrentan defendiendo los colores de sus países y mañana estarán entrenando juntos en el Milán o el Barcelona, son profesionales no soldados enemigos.



Sin embargo, la violencia en el fútbol sigue creciendo. ¿A qué la atribuye?

La violencia en el fútbol es un derivado de la violencia en general y de problemas sociales que todos sabemos. El fútbol es la válvula de escape a muchas frustraciones, siempre lo ha sido. Cuando era niño, los medios de comunicación no tenían el poder de ahora, es algo increíble la forma como influencian la vida y el comportamiento de las personas. Es como si la vida pasara dentro de la televisión y el computador, como si afuera no quedara nada. El fútbol debería ser una sana diversión, hay que estar muy vacíos o desesperados para hacer de una camiseta una razón de vida o muerte. Es algo absurdo, por eso no volví al estadio.



4. EL MIEDO QUE NO SIENTE EL PORTERO ANTE EL PENALTI

Berlusconi, ese pequeño y oscuro personaje que ha dominado a Italia por más de 20 años, atacó duramente a Zoff en el 2000 después de que la selección italiana (dirigida por Zoff) perdió la final de la Eurocopa contra Francia en el tiempo suplementario. Los medios (la mayoría, propiedad de Berlusconi) dieron gran espacio a la noticia, pero ningún periodista alzó la voz para defenderlo. Tampoco la opinión pública italiana pareció estar del lado de Zoff, cuya respuesta a Berlusconi fue renunciar al cargo. Dieciocho años atrás, esa misma opinión pública se desgañitaba coreando su nombre y lo había erigido mito y símbolo del Mundial 82 en España junto a Paolo Rossi.



¿Qué sintió cuando Berlusconi dijo que usted no era digno de estar al frente de la selección?

Era como si los pájaros les dispararan a las escopetas… Si hay alguien en este país menos apto para hablar de dignidad es él.



En un país como el suyo, donde nadie, ni siquiera los que han sido juzgados y condenados, renuncian, usted lo hizo. ¿Por qué?

Puede buscar en cualquier parte, incluso bajo las piedras, y no encontrará ninguna mancha en mi carrera o vida privada. Quedarme a discutir con Berlusconi era entrar en su juego y el tiempo me ha demostrado que hice lo correcto.



El 5 de julio de 1982, en los instantes finales del partido contra Brasil, usted paró un balón que Óscar había cabeceado de manera perfecta y debió ser gol. Con ese gol, Brasil los hubiera eliminado a pesar de la gesta de Rossi. ¿Qué sintió en aquel momento?

La parada no fue muy emocionante, más bien fácil. Al terminar el partido, entendí que por el momento en que la hice se iba a convertir en la más importante de mi carrera.



Peter Handke, el escritor austriaco, escribió un libro titulado El miedo del portero al penalti. ¿Qué le produce miedo?

Podría decir cualquier cosa menos un penalti; si hay una jugada de gol en la que el portero puede sentirse más a gusto es esa: si lo convierten, el delantero ha cumplido su deber. Si lo ataja, el portero es un héroe. Nadie ha culpado jamás a un portero por no parar un penalti, la presión recae en quien cobra el penalti; si lo bota van a crucificarlo. Nunca he sentido miedo en un campo de fútbol, pero el Mundial de Argentina fue extraño.



Leí que alguna vez le propusieron entrar en política, ¿por qué no aceptó?

Por miedo (ríe). A quien me hizo la propuesta le dije que a esas alturas de mi vida no iba a hacerme un autogol.



5. TOCAR EL CIELO A LOS 40 AÑOS

Antes de llegar a España para disputar el Mundial del 82, la Selección Italia se vio envuelta en un serie de polémicas. Las críticas más encarnizadas estaban dirigidas a Paolo Rossi y Dino Zoff; los italianos no querían que el técnico Bearzot llevara a Rossi, quien acababa de regresar de una sanción de dos años por haberse involucrado en apuestas ilegales, y tampoco a Zoff, pues lo consideraban viejo y acabado, y decían que en vez de ir al Mundial debía pensar en jubilarse. Finalmente, Bearzot los confirmó, y los tifosi le dieron la espalda a una selección que, según ellos, estaba destinada al fracaso.



Entre sus muchos récords está el de ser el jugador más veterano que ha ganado el Mundial de Fútbol. ¿Qué recuerda en particular de ese día?

En el 78, después del partido contra Holanda, ya los medios italianos me habían desahuciado por vejez y ceguera, imagina lo que dijeron en el 82. Sé que durante la primera fase no hubo mucha emoción en Italia, creo que estaban esperando solo el momento en que caeríamos. Es extraño, pero esa desconfianza y la despiadada crítica de que fuimos objeto nos hicieron más fuertes. Y eso recuerdo, la fuerza que nos unió en aquellos días. También pensé mucho en Bearzot y me alegré por él. No sé si les pasa a otros, pero para mí la felicidad es como el reflejo de lo que sienten las personas que me importan y no algo directo.



¿Cuál es el balón más difícil de parar?

Los goles más espectaculares en el fútbol suelen darse cuando quien patea lo hace mal y diseña una trayectoria inesperada, también cuando el balón es desviado involuntariamente por un tercero. Detener ese tipo de tiros es muy complicado.

¿Cómo decide un portero qué balón atrapar y cuál rechazar?

Las jugadas de gol normalmente son muy veloces y no dan tiempo a pensar. En realidad, los goles se atajan antes, durante el entrenamiento, y luego, en el partido, se actúa por instinto. Mi voluntad siempre era atrapar el balón para que todo terminara allí, pero en ocasiones el instinto me llevaba a rechazarlo.



¿Cuál es la mayor cualidad de un portero?

Un portero no tiene que hacer otra cosa que esperar.



¿Su momento más doloroso en el fútbol?

El fútbol es un juego, y lo sensato es que las alegrías como las tristezas que produce estén a ese nivel casi infantil. Convertirlo en un drama no tiene sentido porque la vida es mucho más que fútbol. Ninguna derrota deportiva que haya tenido puede compararse remotamente con el dolor que me causó la muerte de Gaetano Scirea. Fue el mejor amigo que tuve en el fútbol y en la vida, era igual a mí de silencioso y extraño eso, poder estar con alguien sin tener que pronunciar palabra.



Después del Mundial de España, su fama llegó a todos los rincones del mundo. Su figura en el álbum Panini era de las más difíciles de conseguir y hace poco leí que el creador de Supercampeones, la historieta japonesa que después fue serie animada de televisión, se había inspirado en usted. ¿No siente que los italianos lo han ido olvidando?

Para un portero, el olvido es parte de la cotidianidad, es un lugar del campo aislado del resto. Lo que menos desea un portero es acción o reflectores en sus predios, los mejores partidos eran aquellos en los que podía ser un espectador más. Sabía bien que, aunque hiciera mil atajadas imposibles, si perdíamos 1 a 0, la gente recordaría solo ese gol. No sé si otros porteros saldrán al campo a lucirse o buscan la gloria personal, pero mi objetivo siempre fue el cero, y el olvido se aproxima mucho al cero, ¿no crees?

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