Lo que vuelve una y otra vez es esa tarde en esa playa, junto a esa carretera, el sol, la belleza, el asco más extremo: eso es lo que vuelve. Me han preguntado tantas veces —los periodistas no solemos ser originales— cuál fue mi peor nota. En general no lo dicen agresivos; el lenguaje traiciona, pero quieren preguntarme cuál es la nota que más me costó, dolió, perturbó hacer. Y yo, aunque intento variar las respuestas, no soy original y vuelvo siempre a la misma, a algo que se parece a la verdad: aquella vez que fui a Ceylán, que algunos llaman Sri Lanka, para escribir sobre los turistas pedófilos o, dicho de otro modo, los hijos de mil putas que van allí para cogerse chicos de 5, 6, 10 años.

Fue difícil por muchas razones. Fue, primero, porque llegué a Colombo, la capital, un domingo a la tarde sin el menor contacto y empecé a preguntarme, como siempre, qué coño estaba haciendo allí. Pero di unas vueltas, vi muchachos muy oscuros con camisas muy blancas jugando al críquet, vi una señora muy viejita —el cadáver de una señora muy viejita—ardiendo en una pira, vi cientos, miles de cuervos estridentes y, al final, encontré la manera de empezar a tirar de esa cuerda. Así que al otro día ya estaba en una playa del sur de la isla, alojado en un hotel donde casi todos los huéspedes eran pedófilos en busca de chiquitos, y entonces las cosas empezaron a ser realmente difíciles. Fue difícil, y muchas noches estuve a punto de salir corriendo. Supongo que no lo hice por esa mezcla de orgullo y resignación que suele ser lo propio del cronista.

—¿Así que todavía no conoces a Yohan? Ah, pero es maravilloso. Maravilloso. Tal vez, si me da un ataque de bondad, mañana te lo paso, y vas a ver.



Me dijo aquella vez un señor que se llamaba Bert, ciudadano modelo, alemán, optómetra, un padre de familia que solo una o dos veces por año venía a fornicarse algún niño cingalés. Para que aquel escombro me hablara y me contara yo había tenido que pasarme varios días con ellos, compartir sus charlas y sus risas, sus referencias pegajosas, sus fantasmas. Había tenido incluso que buscar un gigoló de chicos, decirle que quería sus servicios, seguirlo hasta su casa entre bananos. Y había pasado, después, por una de las escenas más desoladoras, cuando un chico de 8 en una playa me invitó a conocer a su mamá en una choza de palma allí nomás y la madre, muy educada, muy amable, después de un té y un rato de charla, me dijo que por qué no me iba con su hijito a la otra pieza.

—Una o dos horas, o más, lo que usted quiera. Usted le gusta, y si queda contento, después puede regalarnos algo para la Navidad.

Pero lo peor fue algo tan peor que ni siquiera lo conté, entonces, en mi crónica. Aquella tarde no aguantaba más, así que alquilé una moto y me fui a dar vueltas, tomar aire. Manejaba por una carretera espléndida: de un lado, los campos de arroz que me gustan como nada; del otro, playas largas y blancas y desiertas.

La belleza atronaba, y los vi casi sin registrarlos: tres chicos de 8 o 10 que jugaban con las olas; seguí andando. Yo tenía mi cámara y un problema: era muy difícil hacer fotos para acompañar esta historia. Así que paré, volví atrás, me arrodillé al costado de la ruta y, sin que me vieran, empecé a registrarlos.

Los chicos, desnudos, jugaban, saltaban, cabriolaban; se reían, se tiraban agua, perreaban en la arena. Las fotos eran lánguidas, bonitas. No me di cuenta cuándo empezaron a abrazarse, a intentar poses raras que, supongo, podían sonarles sexis; durante un minuto más, o dos, seguí haciendo esas fotos: de pronto, parecían la ilustración perfecta para el tema. Hasta que entendí que los chicos me habían visto y lo hacían para mí: que estaban poniendo en escena un show para mí, su sexualidad chiquita para mí, pornografía para mí. Yo era, en ese momento, de verdad, un consumidor de su sexo, pornógrafo de ellos, y, en ese momento, tuve un asco como creo que nunca había tenido. Es duro tener asco de uno mismo. Me subí a la moto, manejé un rato largo, no se iba.

Todavía.

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