Quisiera dejar de ver noticias. Que no me importara en absoluto quién es presidente y qué hace, ni cuáles son las novedades que trae el periódico. Vivir completamente desinformado y dedicarme apenas a leer libros, o acaso revistas que no sean de actualidad. De pronto sería más feliz así, pues cada vez que miro lo que está pasando en este país o afuera, me angustio. Quisiera dejar de hacerlo, pero es una costumbre, acaso una adicción que me cuesta mucho. Si me desconectara del todo, podría vivir como si este fuera otro país, cualquier país, una nación genérica en la que no pasara nada salvo lo que yo vea con mis propios ojos. ¿Se suicidó perencejo, se enfermó fulano, se accidentó nosequiencito? Mientras ninguno sea amigo mío, yo seguiría impávido por el mundo. ¿Se robaron una plata del Estado, mataron a unos inocentes, otro político salió corrupto? Yo estaría pendiente de terminar las obras de Shakespeare que me hacen falta, aprendiendo a tocar algún instrumento o tratando de dominar el arte de hacer buen sushi. No viviría en Colombia, viviría en mi barrio, en mi casa, mientras hay derrames de petróleo en el mar o Chávez planea invadirnos sin que a mí se me mueva un pelo. Hay tratamientos para dejar de fumar, de beber, de consumir drogas, incluso hay lugares donde curan la adicción al sexo, pero no existe ningún sitio donde a uno lo ayuden a abandonar las noticias. Yo necesitaría una tonelada de fuerza de voluntad, mucha más de la que tengo, más de la que tendría para dejar, por ejemplo, las carnes rojas o las chocolatinas Jet de almendras.

Pensé que si lograba vivir en una especie de burbuja desinformada podría empezar a notar las cosas que suceden a mi alrededor, pues en muchas ocasiones siento que lo que sucede me lo dictan los titulares. ¿El vecino se está dejando crecer la barba? ¿Subió el pan en la tienda? ¿Oscureció más temprano ayer? Entusiasmado, puse en marcha mi abstinencia noticiosa. Fueron cuatro larguísimos días de zozobra, mirando los links de mi navegador y acariciándolos con el puntero del mouse, pero sin atreverme a entrar allí. Por la televisión no debía preocuparme, pues no suelo ver noticieros, pero abandonar la radio fue, quizá, lo más difícil. Al cuarto día no pude más y abrí todos los periódicos y portales, me conecté a las emisoras, compré la prensa del día, leí a todos los columnistas que no había leído en mis agónicas 96 horas. Al final estaba empachado, me había comido una bandeja paisa de actualidad y tenía la sensación de que en esos cuatro días no había pasado nada importante. Decidí volver de nuevo al silencio informativo cuando ¡oh, sorpresa!, dieron de baja al Mono Jojoy. Ahí estaba yo como un vampiro chupadatos, minuto a minuto pegado a los discursos y los detalles, compartiendo el inmenso alivio que sentía la mayoría de los colombianos pero, sobre todo, muy feliz porque tenía la excusa perfecta para no despegarme del computador.

Al final caí en la cuenta de que estaba completamente paralizado, no hacía nada más que visitar cuanto sitio web existía en busca del más mínimo dato. Y recordé tantas veces en las que he caído en ese trance maníaco, ese asedio obsesivo a un hecho: el atentado a las Torre Gemelas, la caída del referendo reeleccionista, los falsos positivos, el triunfo de Obama… Tardes enteras completamente absorto que ahora me parecen una inmensa pérdida de tiempo, pues ya olvidé todos los detalles y nada productivo, ni un libro, ni un artículo, nada salió de mi inmersión noticiosa. Cuando pienso en todo esto, agradezco haberme salido de Facebook y no estar enganchado a Twitter (aunque abrí una cuenta). Hace poco Andrés Calamaro se retiró de esta red social diciendo, palabras más, palabras menos, que era una inmensa pérdida de tiempo. En más de una ocasión la escritora Zadie Smith ha culpado a Google ("la respuesta a un problema que no teníamos", según otro escritor, Malcolm Gladwell) y Facebook de la falta de productividad, de la incapacidad para concentrarse. "Trabajen en un computador sin conexión a internet", recomienda ella. He decidido seguir su consejo y, además, desactivar el solitario y el buscaminas. Ya casi saboreo el tiempo libre por venir. Ojalá pueda.

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