El negro Charli no es afro. ¡Es negro! Como el ébano. Así lo pregona un cartel instalado sobre la fachada de su negocio: La Barra del Negro Charli. Adentro, retumban las congas y trompetas y la voz de Dámaso Pérez Prado, el rey del mambo.

El que atiende es Charli Mauricio Rivas, un chocoano grande, de carcajada blanca y un arete dorado que le cuelga de la oreja derecha, con la figura de una nota musical. El arete bailotea al ritmo que Charli le imprime a un güiro con el que acompaña a un cliente que le echó mano a las maracas. Otro, en un rincón, golpea la mesa con la palma de las manos, como si fuera Ray Barreto, y uno más, tan negro y feliz como Charli, baila, solitario, en la mitad del local.

El negocio del negro Charli está repleto en esta madrugada de viernes. Aunque repleto es un decir, porque el local se llena con 20 personas. Para Charli eso es suficiente. Vive rodeado de clientes de hace muchos años, y de una buena cantidad de sus ‘panitas’ chocoanos que vienen a espantar el frío a punta de salsa y ron.

Así ha funcionado La Barra del Negro Charli desde hace 15 años en la zona rumbera del barrio Restrepo, en las primeras calles del sur de Bogotá. Allí tiene fama de hacer sonar los mejores boleros, danzones y montunos del barrio.

Conocer La Barra del Negro Charli forma parte de una manía que me acompaña desde hace muchos años. Cuando me queda algo de tiempo en mi trabajo de reportero ambulante, me voy a buscar bares de guateque y de salsa vieja guardia.

Prefiero los sitios donde usan acetatos, por ese sonido algo áspero que le imprime la aguja y que, untado de salsa, rasguña las entrañas hasta lo más profundo. Sin embargo, no es fácil hallar estos lugares, así que con tal de que sea salsa de los años ochenta para atrás —cuanto más atrás, mejor—, casi todos funcionan muy bien para una noche o un rato de salsa dura.

Los sitios que busco no aparecen en las guías turísticas, aunque allí se consiguen excelentes; ni son los que frecuentan los universitarios, que también hay algunos muy buenos.

Vea aquí tres pintas ideales de tres salseros colombianos para azotar baldosa 

Los lugares que busco son aquellos donde se respira salsa en su estado más puro y que, por lo general, están en los barrios y en zonas que no gozan de la mejor reputación. Pero para eso existe el taxi, que te deja y te recoge en la puerta del negocio. “Y yo pasaría de tonto si no supiera que uno tiene que estar mosca por donde quiera”.

En ese rastreo conocí hace unos diez años El Podium, de Óscar Castro, en la calle 80, frente a la estación Avenida 68 de TransMilenio. Allí vi bailar a los caleños de Swing Latino, mucho antes de que fueran campeones mundiales, y escuché el piano de Alfredito Linares.

Aunque Óscar ‘el Podium’ Castro mezcla todos los géneros, su fuerte es la pachanga. Aquí, Joe Quijano es rey. Hasta le mandó a hacer un mural. En la última visita, a finales de marzo, me contó que, además, en las próximas semanas comenzará a presentar cada 15 días a los mejores bailarines bogotanos de salsa.

A pocas cuadras de El Podium, en la calle 72, está Barú Salsa Bar, de Pablo Rojas. Es nuevo. Nació crossover, pero hace un año se dedicó a la vieja guardia, influenciado por Ciro Ibáñez, un empresario de eventos salseros, y por el Beto de la Salsa, un presentador de este género. Barú es el más amplio de todos. Tiene dos salas, buena música y un sonido para levantar techos.

Los otros bares están en el sur. Síguelo, en la avenida Primero de Mayo, mantiene la tradición del Abuelo Pachanguero y el Panteón de la Salsa, mis favoritos del sector, pero cerrados desde hace unos dos años. Hoy, a las 11:00 de la noche están ocupadas las 24 mesas de Síguelo. La pista está repleta. Una morena de botas negras gira como un ringlete. Un treintañero de camisa negra hace ‘pico de garza’. Suena Ray Pérez. Reconozco los mocasines blancos de un mulato sesentón, antiguo cliente del Panteón de la Salsa. El éxito de Síguelo parece provenir del DJ, Darío Chaparro. Su música levanta a cualquiera.

Entre la Primero de Mayo y el Restrepo está Salsón, en el corazón comercial del barrio Galán. Es un local mediano, en un segundo piso, adornado con imágenes de Ismael Rivera, Pete ‘el Conde’ Rodríguez y Tito Puente, entre otros. En el centro hay unas congas para los clientes. Su dueña y DJ, Gisella Moreno, lo fundó hace seis años. Pura salsa clásica. Prefiere cerrarlo antes que cambiar esa línea. Por aquí casi no vienen bailarines. En Salsón se tira paso, pero cada quien se defiende como puede.

Del Galán al barrio Restrepo hay unos 15 minutos en taxi. La zona de rumba la conforman unas ocho cuadras de puro neón y una mezcolanza que va del vallenato al rock. Las aceras, una cuadra abajo de la avenida Caracas, hormiguean a la medianoche. Incrustado en este caos está Rumbón Melón, el más antiguo salseadero del sector. Cumplió 30 años. Su propietario, Hernando Zabaleta, de Pacho (Cundinamarca), mezcla vieja guardia (del 68 para atrás) con algo de guateque (70 y 80) y salsa con sonido antiguo pero producida por orquestas europeas contemporáneas, como Salsa Céltica, Máxima 79, La Sucursal y Ocho y Media, aunque esta última ya está pasando de moda.

Una cuadra al norte, por la calle 17 sur, funciona El Palladium. La especialidad: música cubana de los años cuarenta y cincuenta: Benny Moré, Conjunto Casino, Sonora Matancera y Gloria Matancera. Hoy no le cabe un alma. El dueño y DJ, Orlando Vargas, agarra el micrófono y enarbola la carátula del acetato que va a sonar: homenaje del Jefe, Daniel Santos, a Gabo. Luego resume la historia del disco y enseguida le mete la aguja al primer tema, Toma Jabón pa’ que laves: “Ya no hay amor, no hay amistad, el hombre es un animal que no quiere a nadie…”.

Vea aquí el video del testimonio y pinta salsera de Édgar Espinoza   

Como ya visitamos La Barra del Negro Charli, seguimos derecho para La Hamburguesa Rumbera, ubicada a unas tres cuadras de la zona de bares. El negocio de Ómar Cuestas y Marillín Martínez lleva 20 años en distintos sitios del Restrepo. Es un local pequeño. Cinco mesas más las sillas de la barra. Lleno total. La especialidad: mambo y latin jazz. Música para conocedores. Hoy, un poco antes de las 2:00 de la mañana, suena Mambo sato, de Calixto Oviedo. Casi toda la clientela es de hace unos 12 años.

Como estos, seguramente existen en Bogotá otros lugares de salsa vieja guardia que siguen anónimos. Y hay otros que funcionan de forma intermitente, como Amalia Bembé, en el Tabora. Excelente música.

Mi obsesión por estos lugares me ha llevado a descubrir salseaderos duros, incluso, en ciudades tan apegadas al vallenato como Valledupar, Sincelejo y Montería. En Popayán, de donde me fui cuando tenía 19 años, descubrí hace unos cinco años uno de los bares de salsa más viejos del país: New York. Allí, el ‘compay’ Ovidio Ordóñez presta zapatos caleños y camisas y sombreros neoyorquinos para disfrazarse de salsero. Funciona en la vereda Pueblillo y tiene otra particularidad: he visto bailar codo a codo al profesor universitario y al albañil del barrio.

Eso me recuerda que uno de mis primeros hallazgos ocurrió en Medellín, hace unos 19 años. Un colega del periódico El Colombiano, reportero de laberintos, nos llevó al escritor Arturo Alape (el del Bogotazo) y a mí, al bar La Fuerza. Nombre certero. Salsa pesada a unas dos cuadras de la Plaza de Bolívar, junto a la línea del Metro. Territorio de bravos y de travestis en aquella época. Me dicen que ahora funciona en otro sector. Música para azotar baldosa y buenos bailarines. Apenas llegamos, nuestro guía-reportero reconoció a un par de sicarios en una mesa vecina. Muy jóvenes. De gorra, bluyín y tenis. Los había visto en uno de sus cubrimientos periodísticos. Ellos bailaron con sus nenas, y nosotros pedimos algunas tandas de cerveza, pero atendiendo el consejo de Bobby Cruz: “¡Agúzate, que te están velando!”. Nos fuimos poco después de la medianoche.
Sitios de salsa vieja guardia 
Salsón
Carrera 56 n.° 2B-27, piso 2, barrio Galán
Tel.: 310 2284679
Cerveza: $3000
Botella de Aguardiente: $65.000
Horario: Viernes y sábado, de 6:00 p.m. a 3:00 a.m.


Síguelo
Av. Primero de Mayo n.° 69C-44, piso 2
Tel.: 314 4401433
Cerveza: $3000
Botella de Aguardiente: $58.000
Horario: Viernes y sábado, de 9:00 p.m. a 5:00 a.m.


La Hamburguesa Rumbera
Cra. 17 n.° 14-31 sur, barrio Restrepo
Tel.: 320 4600408
Cerveza: $3000
Botella de Aguardiente: $60.000
Horario: Jueves, viernes y sábado, de 6:00 p.m. a 3:00 a.m.


Rumbón Melón 
Cl. 17A sur n.° 16-12, barrio Restrepo
Tel.: 317 6996517
Cerveza: $3000
Botella de Aguardiente: $65.000
Horario: De martes a sábado, de 5:00 p.m. a 3:00 a.m. Abierto también los domingos víspera de festivo.


Barú
Cl. 72 69M-32, piso 3, barrio Las Ferias
Tel.: 311 8161357
Cover: solo en eventos
Cerveza: $3000
Botella de Aguardiente: $65.000
Horario: Viernes y sábado, de 7:00 p.m. a 3:00 a.m.



El Podium
Av. Cl. 80 n.° 68C-11, piso 2
Tel.: 313 2192742
Cerveza: $3000
Botella de Aguardiente: $60.000
Horario: Jueves, viernes y sábado, de 5:00 p.m. a 3:00 a.m.



The Palladium 
Cl. 17 sur n.° 16-51, barrio Restrepo 
Tel.: 312 3472573
Cerveza: $5000
Botella de Aguardiente: $80.000
Horario: De martes a domingo, de 3:00 p.m. a 5:00 a.m.



La Barra del Negro Charli 
Cra. 17 sur n.° 18-36, barrio Restrepo
Tel.: 313 4179477
Cerveza: $3000
Botella de Aguardiente: $70.000
Horario: De martes a sábado, de 5:00 p.m. a 3:00 a.m.



El libro de la salsa
Crónica de la música del Caribe urbano
César Miguel Rondón
Ediciones B

Esta es la obra que todo salsero que se precie de serlo debería tener. Un libro mítico, como lo califica el escritor cubano Leonardo Padura en el prólogo de la segunda edición, publicada en 2004, 26 años después de la primera. La verdadera biblia salsera. Su autor es el periodista y locutor venezolano César Miguel Rondón, quien a los 23 años investigó la prehistoria de la salsa y fue testigo de su eclosión en el crisol neoyorquino en el que se mezclaron todos los ritmos del Caribe. La edición de lujo es una verdadera joya: más de 400 páginas de crónica guarachosa, fotos de los artistas y los grupos que hicieron época, las carátulas y los afiches, y una discografía básica con más de 70 títulos imprescindibles. Un libro que invita a tirar paso.
 
Fotografías: David Felipe Rincón

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