Entre mis placeres más culposos se encuentra uno absolutamente inconfesable. No hablo del consumo de sustancias alucinógenas ni de prácticas sexuales reñidas con la moral occidental y cristiana. No. El mío es más delicado todavía.

No sé si se espera, de los cirujanos cardiovasculares, que se pasen el día practicando incisiones exquisitas sobre naranjas o lonjas de carne de vaca, como para no perder la exactitud. O si el gran público imagina a los cantantes líricos haciendo gárgaras diarias de jalea real o dinamita para fortalecer sus cuerdas vocales. Pero de algo estoy seguro: de los escritores se espera que estén leyendo, siempre, buenos libros. Y cuando digo buenos digo… buenos. Preferentemente clásicos, preferentemente arduos, preferentemente en su lengua original.

Imaginemos un festival literario en Mozambique. Uno baja a desayunar, en el hotel, y se topa con algunos colegas. Se sirve un café con leche y, con afectado descuido, apoya sobre la mesa un ejemplar (manoseado, casi vetusto si es posible) de Ulises, de James Joyce. Con ese sencillo ritual uno demuestra que es un lector de los buenos, y deja en el resto de los comensales la sospecha de que, si a las 7:00 de la mañana, y en medio de esa exótica vacación con los gastos pagos, es capaz de zamparse un ladrillo semejante; cuando se ponga a escribir sus propios textos algo de esa prosapia habrá de colarse, beneficiosamente, en lo que uno está pergeñando.

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Muy distinta sería la reacción de nuestros colegas si el libro que dejamos sobre la mesa es El código Da Vinci o la última novela de Ken Follett. En ese caso nos observarán ateridos ante nuestra cándida osadía. Casi como si, en medio del salón, nos rociásemos un bidón de nafta en la cabeza mientras solicitamos, gentiles, que alguien nos preste un fósforo.

Y, sin embargo, queridos lectores, algo en el fondo de mi alma pecadora me pide que confiese a gritos: ¡me gusta leer best sellers! No siempre, no todos los días. ¡Pero sí, me encanta! Esas historias planas, superficiales, llenas de agentes secretos que viajan por el mundo y definen la suerte de la humanidad, o de detectives infalibles que conversan con uno, conversan con otro, encuentran un pelo de testículo y resuelven 17 homicidios que llevaban dos décadas ocultos.

Para completar el oprobio, hago mi confesión completa, y si esto fuera un campo de prisioneros camboyano del Khmer Rojo, mi vida tendría los segundos contados: los leo traducidos al castellano de España. Ni siquiera los consumo en su idioma original. Imagine entonces, querido lector, cómo le sienta a mi cabeza argentina, que habla ese español tan… temperamental, que los protagonistas de esos libros no laven la ropa, sino que “hagan la colada”, o “aparquen carros” en lugar de estacionar un auto como todo el mundo, o que “follen con frenesí” en vez de revolcarse como cualquier hijo de vecino.

Los best sellers son a la literatura lo que las películas de Stallone al cine. No cambiarán la historia del arte, pero de vez en cuando los necesitamos. Cuando nuestras lecturas habituales (esas que exigen empatía, concentración, análisis, un lápiz en la mano para subrayar expresiones importantes o herméticas) resultan demasiado cuesta arriba… ¡Dame, por favor, Dios mío, una de esas otras que corren entre los dedos, esas que me cuentan una historia inverosímil de tan vertiginosa, de tan llena de intrigas, de tan plagada de personajes interesantísimos con vidas inauditas! Y si al final todos terminan siendo hermanos de todos, mejor. Y si en la página 700 confirmo lo que sospeché en la página 12 sobre quién era el culpable, no importa. Y si todos los protagonistas masculinos son maduros, apuestos e inteligentes, y todas las protagonistas femeninas son todas bellísimas, inexpertas y misteriosas… bueno. Nadie es perfecto.

Los best sellers son un remanso de paz, de luminosa sencillez. Un paraíso. Un paraíso culposo, por supuesto. Por eso hay que mantener el secreto. Y si en una entrevista radial nos preguntan qué estamos leyendo jamás confesaremos que estamos atrapados en la saga del sueco ese Stieg Larsson. Mentiremos que estamos atorados pero felices con los salvajes detectives de Bolaño. Y en los aeropuertos, para no sentirnos en paños menores a la vista de todo el género humano, forraremos con una hoja de revista la cubierta del libro. Pero no para proteger las ajadas páginas de La montaña mágica, sino para que nadie, nunca, jamás, sepa que estamos absortos en la lectura de una de vampiros que sabemos que es malísima, pero que no podemos dejar por la mitad.

Eso sí. El de las Sombras de Grey no te lo leo ni borracho. Todos tenemos un límite. Ese es el mío. Que, al fin y al cabo, uno también tiene su dignidad, qué tanto.

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