Hasta el 5 de septiembre de 1993, los enfrentamientos futbolísticos entre Argentina y Colombia no eran más que eso, un partido más; pero todo cambió después de ese día. Ese 5 a 0 potenció a niveles superlativos a unos, y hundió en lo más hondo a otros… No hace falta aclarar de que lado encuadrar a quien.

Y desde allí, en cada duelo entre cafeteros y gauchos sobrevuela ese resultado como un fantasma que, a pesar de haber sido enterrado hace mucho tiempo, emerge con fuerza incontrolable cuando estos dos equipos vuelven a verse las caras, sobre todo si el partido es en el estadio Monumental de Buenos Aires.

El fútbol es de esos deportes en donde la estadística juega también su propio partido y marca cierta tendencia, pero hay veces en las que un resultado resonante marca historia, sobre todo si es una goleada, y eso es lo que ocurre entre argentinos y colombianos.

Ya no importa cómo lleguen unos y otros, sólo basta con recordar ese partido ocurrido hace más de una década y ya, no hace falta más condimento para darle vida al que ya es un clásico, un partido aparte.

Día muy frío en Buenos Aires, pero eso no frenó al calor caribeño de de miles de colombianos que fueron llegando al estadio de River para alentar a su Selección, ilusionados de que la cumbia y el vallenato se impusieran, aunque fuera desde lo simbólico, al tango.

Los beneficios de una moneda argentina devaluada hacen que muchos colombianos hayan llegado a Argentina en busca de nuevos horizontes, por eso no es de extrañar que entre los residentes -y los que llegaron especialmente de Colombia- muchos se hayan quedado sin su entrada, razón por la cual buscaron un lugar donde ver el partido. Qué mejor que verlo entre coterráneos. Y dónde si no en “Antojito Colombiano”.

Este restaurante nació hace un año y medio por la necesidad de tener un lugar donde sentirse más cerca de casa -como cuenta Patricia, la encargada del lugar- y poder mostrarle un poquito más de cerca a los argentinos las costumbres colombianas. El ambiente dentro de Antojito era bien cálido, en contraposición al frío sábado otoñal porteño, y entre sancochos, ajiacos, arepas, patacones y muchas otras delicias más, alrededor de 50 colombianos (éramos dos argentinos nada más, visitantes en nuestro país), se ilusionaban con cada ataque, gozaban con cada aguerrida defensa y sufrían con cada ofensiva argentina.

El simple hecho de estar en el restaurant hacía que uno desapareciera de Buenos Aires, y tranquilamente pudiera estar en Cali, Bogotá, o cualquier punto de su Colombia natal. El grueso de la gente eran jóvenes estudiantes, que en grupos disfrutaban de platos y bebidas típicas. Otro grupo estaba conformado por familias ya instaladas en Argentina desde varios años atrás, y llegados en pos de buscar un horizonte diferente, por más que sea lejos de casa. Es por eso que la oportunidad de tener un sitio donde poder estar empapado de las costumbres que dejaron miles de kilómetros atrás fue bien recibida.

Los minutos del partido transcurrían, y la buena labor de los jugadores colombianos contagiaba de emoción a las decenas de fanáticos que disfrutaban y se ilusionaban con una victoria que ahora parecía más cercana. De repente un “olé, olá, mi Colombia va a ganar”, que se escuchaba por los televisores que transmitían el encuentro, hizo que el restaurante fuera una extensión del estadio y todos cantaron.

El final del primer tiempo hizo que la adrenalina de muchos bajara a niveles normales, razón por la cual salir a la calle a fumar un cigarrillo fue una buena excusa. Mientras tanto, la cocina no paraba de producir exquisitos platos que hacían las delicias de la gente.

El descanso fue el momento propicio para poder hablar con gente que estaba en el lugar, y uno de ellos fue Julián Fernando, quien comentaba que “llegué a Argentina hace dos años para poder estudiar, ya que creo que aquí tengo más posibilidades de estudio en buenas universidades, y además pienso que lograr graduarme en otro país me daría más posibilidades en mi tierra.” En cuanto a qué esperaba del partido, con mucho entusiasmo y convicción dijo que “hoy van a volver a ver el cinco a cero de hace unos años, porque todos los colombianos estamos haciendo fuerza para que eso pase”.

Otra joven con la que pudimos conversar fue Marina Montoya, también estudiante, quien agrega que “Argentina es un bello país pero la gente es otra cosa, el clima no es muy lindo que digamos, la comida es muy pero muy diferente y no se encuentran muchas cosas que tenemos en Colombia.”

Marina fue la más reacia a la idea de quizás intentar progresar fuera de su país, al ser consultada por eso, fue tajante al señalar que “una vez que finalice mis estudios, me regreso a Barranquilla, extraño mucho a mi familia.”

El segundo tiempo inició, y en el ambiente las sensaciones no cambiaban para nada, con cantos de tribuna todos mandaban sus buenas energías, pero como diría Dante Panzeri, un gran periodista argentino, “el fútbol es la dinámica de lo impensando”, y en el mejor momento de los jugadores colombianos llegó el gol de los dirigidos por Diego Maradona.

El gol argentino fue como un manto frío que por unos minutos se posó en el cálido ambiente de Antojito Colombiano, y dejó shockeados a todos. Pero como todavía mucho faltaba, el calor volvió a hacerse presente en el lugar y el aliento de todos también, con la esperanza de conseguir un rápido empate.

El único momento que se podría decir tuvo un cierto grado de tensión, aunque no pasó a mayores, fue cuando un joven ecuatoriano ingresó al lugar con una camiseta del Barcelona de Guayaquil y generó algunas miradas punzantes, comentarios por lo bajo, y algún silbido que se perdió en el ambiente.

El partido iba llegando a su fin, y así también el sentimiento de que podría haber un resultado positivo, por lo que algunas caras largas comenzaron a hacerse presente en el lugar, porque eran consientes de que esta derrota ponía a Colombia en un lugar difícil con respecto a la posibilidad de llegar al Mundial de Sudáfrica. La pena llegó con el silbatazo del árbitro que marcó el fin del partido, pero con el consuelo de haber sido superiores a los locales y por momentos haber puesto de rodillas a una potencia del fútbol mundial, y esperanzados en que su Selección dará batalla hasta el final.

Una nueva edición de Argentina contra Colombia pasó, y nuevamente los fantasmas del pasado vuelven a enterrarse, pero sólo hasta que nos volvamos a ver las caras, y ese 5 de septiembre de 1993 resurja generando miedos de repetir un papelón en unos, y plena confianza de que se puede, en otros.

Texto de Pablo Martínez Gabarra
Foto de Anny Mos

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