Si lo analizamos desde el punto de vista psicológico, es cierto. Si lo estudiamos desde el sociológico, es cierto. Y si lo establecemos desde el antropológico, es más que cierto. Lo cual solo nos arroja un resultado evidente: somos insoportables. (Manual para entender a los Millennials)

Partiendo de esa realista base, nuestro comportamiento tiene una razón de ser. Desde pequeñas estamos adheridas a la mamá, lo cual, de manera inmediata, desarrolla un vínculo estrecho entre la insoportable madre y la insoportable hija. Sin darnos cuenta, a muy temprana edad sabemos pedir favores, exigir favores y doblegar para lograr favores. Es evidente que el arte de someter a los demás a nuestro antojo evoluciona de manera lenta pero efectiva al ver cada puntada que da la madre para lograr siempre sus objetivos.


La mirada, una leve levantada de ceja, una sutil cruzada de brazos, un frágil puchero y una sentada casual en algún rincón son infalibles. Sin embargo, un elemento básico que jamás puede faltar es la lágrima. La lágrima en una mujer es ese misil letal que lanza a un punto fijo con la absoluta certeza de obtener lo deseado generando en el otro una profunda sensación de culpa que de inmediato lo impulsa a complacer. (Manual de urbanidad del celular)

El padre, por su parte, inocente del peligroso ser que se está creando en su hogar, cede ante cada dificultad para evitar un conflicto mayor con las mujeres de la casa, ya que piensa que la vía del diálogo es siempre la correcta para salir airoso. Estimula, motiva, conversa, comprende, consiente, razona y, como los zapatos, cede. No hay nadie más amoroso que un papá manipulado ni ninguna figura más tierna que la de aquel hombre indefenso. La hija entiende con claridad que aunque mande su papá, quien lo manda es su mamá.



Hasta aquí, el cuadro es básico y entendible. Lo que resulta inexplicable es cómo nace y de dónde surge esa capacidad de aprender con tal nivel de velocidad esa jerga paralela a través de la cual nos comunicamos las mujeres. Un cúmulo de palabras convertidas en sentencias puntuales y afirmaciones certeras acompañadas de una estructura elemental en la cual, de forma mágica, se suprimen los puntos y las comas para darle paso al cierre de cada frase con una pregunta sin posibilidad de respuesta o una exclamación vehemente. Todo lo anterior es expresado en un tono imperativo que viaja entre la ironía, la ira y la impotencia. Todo tiene una particularidad y es que poco importa si es escuchado por alguien, ya que en esencia está diseñado para ser ignorado. (Guía para ganarse a las mujeres)

Dícese, entiéndase y asimílese como ‘cantaleta’.

La cantaleta es ese don verbal que tenemos todas las mujeres para desquiciar a un hombre en cuestión de segundos. La lora, como cualquier idioma que se respete, debe aprenderse por pasos:

Cantaleta nivel uno: Limitarse a frases puntuales con afirmaciones agudas y certeras.

¡Se va a arder!

¡Se le va a inflamar!

¡No corra que es peor!

Nivel dos: Formular una autopregunta y victimizarse. (Cuatro recetas para levantar sin necesidad de ser un chef)

¿Cuántas veces tengo que decir lo mismo? Claro, pero como la loca soy yo.

¿Cómo hiciéramos para que haga caso? Yo no le digo más.

¿Será que yo hablo en otro idioma? Al fin y al cabo a nadie le importa.

Nivel tres: Recurrir con habilidad en una sola frase a generar culpa en el otro y rematarlo sin piedad dándole libertad.

Se lo dije, se lo advertí, se veía venir, pero fresco. No haga caso y siga así. (Qué quieren las mujeres de nosotros)

Se lo repetí por las buenas, por las regulares y por las malas. Tranquilo, usted verá.

A usted todo le entra por aquí y le sale por acá. Menos mal el problema no es mío.


Nivel cuatro: Sentenciar y utilizar el sentido de propiedad.

Como usted no colabora, el niño me perdió año.

No es sino que me vaya y usted me coge calle.

No quiero ni un sí ni un no, pero se me va.


Nivel cinco: Preguntar y responderse.

¿Le parezco muy cansona? ¡Claro!

¿Está muy cansado? Sí.

¿Mejor ni le pido el favor? Obvio.


Nivel seis: Comprometerse. (¿Quiere levantar en Tinder? Este es el perfil ideal)

Le juro que en la vida se lo vuelvo a decir.

Por encima de mi cadáver entra a esta casa.

Le prometo que si me voy no vuelvo.


Nivel siete: Dar a las oraciones un toque artístico.

Yo no soy ninguna pintada en la pared.

A esa escultura le para más bolas que a mí.

A son de qué me tengo que aguantar esto.

Una vez se haya hecho el curso completo con una profesional como casi siempre resulta ser la madre, no olvide por qué desde el inicio se estableció que somos insoportables. Un buen día, el menos esperado, usted como hombre constatará en un mismo espacio el poder indestructible y hereditario de la cantaleta cuando se junten su mamá, su esposa y su hija a aullar en coro ensamblado el lenguaje del amor en nivel profesional:



“¿Quién hizo pipí aquí? ¿Es justo que uno tenga que entrar en su propia casa a un baño en estas condiciones? Pero se le reclama y el señor se ofende porque dice que no fue él. ¿Entonces quién si aquí no hay perro? Yo ya me cansé de estar limpiando sanitarios. ¿Qué le cuesta levantar la tapa, por el amor de Dios? Estoy harta de levantarme de la taza con las nalgas melcochudas. Tiene un órgano diseñado para apuntar y no lo logra.

Por favor, manejemos el párkinson porque así no podemos. Pero yo no insisto más. Que moje el tapete, que empegote el bizcocho y que chigletee el espejo. Total, a partir de hoy es su espacio porque yo no vuelvo a usar en mi vida este baño oliendo a berrinche. Todos son unos puercos. Orinan mirando el techo y se dejan eso escurriendo como si se les hubiera dañado el empaque. ¡Aquí no hay orinal, joven! Y si no quiere seguir pipiseando en un árbol, más le vale que en la vida se vuelva a secar su chito con mi toalla. ¡Cochino!”.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.