Pero el señor —tan inocente él— ni se fija en esos detalles, claro que no, él las sigue es por su inteligencia, así como lo oye, porque en el fondo y pese a las apariencias son inteligentísimas y además muy chistosas, mejor dicho, unas intelectuales divertidas, gente de talento excepcional, qué agudeza la que derraman, qué manera de hacer reír, debería yo seguirlas a ver si así se me pasa la amargura, ¿cierto?, es que cómo se me puede ocurrir que él se metió a Twitter para coquetear, ¡cómo!, si cuando les da un fav, que, por cierto, es a cada rato —basta con meterse en su perfil y revisarle la lista de los favoritos para darse cuenta—, o cuando las retuitea y llena su timeline con las estupideces y vulgaridades que dicen, es solo por pesar, imagínese usted, solo porque nadie más ha tenido la gentileza de darles un fav o de retuitearlas y es muy duro ser ignorado en las redes sociales y pasar desapercibido, hay gente que se deprime por eso y hasta se suicida, así que en realidad lo que él está haciendo por ellas es un servicio social, una obra de caridad, no es que sea coqueto, no, ni que esté tratando algo con ellas, para nada, es que a él la generosidad le brota por los poros y es por naturaleza un salvador, el Robin Hood de las doncellas desfavorecidas en las redes sociales, y es por eso también que vive metido en las páginas de sus dizque amigas de Facebook para ver cuándo cuelgan una foto o actualizan el estado y ser el primero en hacerles los honores, cree que una es boba, que una nunca alcanza a ver lo que en verdad está mirando en el iPad cuando una llega desprevenidamente al cuarto y él corre a bajar la imagen con el dedo o a cambiar de ventana para que parezca que estaba en otra cosa, jugando Angry Birds o viendo la foto del atardecer mañé que la tía Gudiela tomó en la represa del Neusa, sí, cómo no, cree que luego una no va a ver el emoticón de carita feliz o, lo que es todavía peor, el emoticón de ojos desorbitados que le pone a cuanta vieja en vestido de baño ni los comentarios a las que cumplieron años, “a ti sí no te pasan los años”, “estás mejor que en el colegio” o, como le escribió a una compañera de trabajo que había tenido bebé, “pero si quedaste regia”, hágame el favor, a una señora recién parida que todavía estaba en su lecho de clínica con el recuerdo fresco de las últimas contracciones y lo único que quería que le alabaran era a la criatura que tenía en brazos, por dios, cree que una tampoco se da cuenta de que todavía se habla con las exnovias o de los mensajes de texto que le envían las primitas de Cali a las once de la noche y que él hace como si no respondiera, esas que cuando vienen se le aparecen en la casa, así, intempestivamente, ¿puede usted creer?, y que él atiende como a unas princesas con la botella de vino que justo había comprado ese día por pura casualidad, es que además de generoso él es un hombre considerado y muy familiar al que le encanta tenderles lazos de amistad a sus parientes cercanas, pero no se crea que es solo a ellas, por supuesto que no, él también acoge a perfectas desconocidas de la calle, a la vecina del tercer piso a quien espera en la puerta del ascensor para sonreírle y dejarla pasar primero, ¡a la vecina tetioperada que va al gimnasio y se la pasa en leggins y camiseticas pegadas!, a las cajeras del supermercado y a las meseras para hacerles chistes y alegrarles así sus horas laborales que gracias a él ya no son tan grises ni aburridas y hasta a las que nunca ha visto y ni siquiera se sabe si de verdad existen porque solo las conoce de Twitter, a donde él no se metió para coquetear, ¡cómo se me puede ocurrir eso si él nunca coquetea!, ¡cómo!, si de quinientas y pico de personas que sigue en Twitter más de cuatrocientas…

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