Nunca en la vida ese señor ha siquiera surgido en una conversación familiar, mucho menos le han visto la cara en los siete años que usted, pobre hombre, lleva casado o ennoviado con su mujer. Y sin embargo, es mejor que se ponga su corbata sin chistar y esté listo para ir a darle un abrazo de pésame a un señor de 85 años que no solamente no lo conoce a usted, sino que tampoco reconoce a su sobrina nieta porque tiene alzhéimer. “¡El día del bautizo del bebé de Maleja fue la misma cosa, es que nunca me acompañas a nada!”. Maleja es una amiga del colegio de esta mujer, cuyo nombre tampoco había salido a flote hasta un sábado en que jugaban Manchester-Chelsea y ella le preguntó qué camisa se iba a poner. Usted le aclaró que siempre ha sido del Manchester. “Idiota, la camisa para el bautizo, nunca me paras bolas cuando te digo, te dije hace una semana lo del bautizo”. Usted alega que no sabe quién es Maleja, y que le parece que un bautizo es una cosa íntima, que le da pena (en realidad le da una jartera infinita y no puede creer que tenga que dejar de ver la semifinal del fútbol inglés por semejante hueso de evento). No hay razón que valga. Allá terminará usted con un poco de gente que se pregunta quién demonios es, mientras su mujer juega con el niño de Maleja y le saca los gases. El número de veces que le va a tocar presentarse es inversamente proporcional al número de conocidos.

Pero los eventos desafortunados no solo se circunscriben a actos sociales con desconocidos. Hay otro tipo de actividades a las que las mujeres queremos que nos acompañen en los que ni siquiera se puede echar mano del alcohol como vía de escape. Está el mercado necesarísimo justo después de que pagaron quincena en un supermercado de ventas al por mayor de 40 kilómetros cuadrados, por ejemplo. Coincide también con un sábado, o mejor con un viernes en que el ogro de su jefe decidió darle la tarde libre por su buen desempeño. Ahí estamos nosotras las mujeres para recordarles que el buen desempeño nunca es óptimo, siempre queremos más, y con más nos referimos a utilizar su tarde libre para comprar toneladas de papel higiénico como si la Tercera Guerra Mundial fuera a desatar una epidemia de churrias inmarcesible. “No te entiendo, porque cuando te digo un domingo que no hay nada en la casa me regañas y me dices que organice otro día lo de hacer un mercado bien hecho, y ahora te quejas de que te pida que me lleves a Alkosto”.

El domingo en cuestión no fue un domingo siquiera; fue nada menos y nada más que un lunes festivo en el que duraron atascados cinco horas en el tráfico de entrada a Bogotá después de un paseo a Girardot que sus amigos de la universidad organizaron a manera de reencuentro, al cual, según ella, “todo el mundo va a ir con su novio o su marido y yo no voy a ser la única idiota que va sola”, y en el cual, en realidad, solo hay una amiga más que obligó al esposo a acompañarla y de resto están todos sus amigos de universidad sin pareja recordando anécdotas que, a todas luces, usted ni siquiera encuentra graciosas, por lo cual se queda conversando en la piscina con una mujer que parece igual de “outsider”, pero que resulta ser la única soltera del grupo y para más INRI, la que más fama tenía de culipronta en la universidad. Inmediatamente su mujer lo vea integrado le va a preguntar qué tanto hablaba con la perra de la Lalita. Así que su única salida será emborracharse con el otro esposo obligado, con quien lo único que comparte es amargura y calor. Luego de padecer eso, más cinco horas de trancón, “hay que ir a hacer mercado porque no hay nada en la casa”.

Somos expertas en meterlos en lugares abominables en donde, además, es claro que no caben: la fiesta de Navidad de la empresa, el cumpleaños de un primo lejano que vive por la Floresta de la Sabana, el recibimiento de una vieja amiga de barrio que llegó de Alemania y que llevaba diez años en Berlín ejerciendo como proctóloga, la primera comunión de un sobrino que siempre anda con una metralleta de agua y se la descarga en la cara, el grado del hijo de la empleada de toda la vida en Fusagasugá, la colonoscopia del papá que hace unos días está como mal del estómago (se la va a hacer la amiga alemana que también es gastroenteróloga), la recogida al aeropuerto de un amigo (que en realidad es el exnovio, pero usted nunca lo va a saber) y luego la consabida subida a Monserrate con la tía coja o la visita a las minas de sal de Zipaquirá con el tío francés (usted y él solos porque ella se va a la peluquería y también necesita que vuelvan temprano para ir a recogerla cuando NO esté lista). Lo dicho al principio: la lista es interminable y nunca, óigalo bien, NUNCA va a ser suficiente. Los dejo porque me voy a Home Center a buscar unas cortinas con mi novio.

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