Desde muy temprana edad noté en mí una especial predisposición a ser niño, las cosas que aún me siguen gustando más de la vida proceden de esa época maravillosa: la mujer (algunas partes en especial), la inocencia, la familia, la alegría, la sierra, el mar, cantar, los libros, los amigos, el fútbol, la bicicleta, el teatro y, algo muy importante, “la inclusión”. Es importante recordar que los niños no tienen prejuicios y, aunque el país donde nací ha sido una sociedad excluyente, nuestro círculo más íntimo nunca lo fue. Crecimos disfrutando de la diversidad de nuestra cultura y de la alegría y el ingenio de nuestro pueblo más humilde como si todo hubiera estado bien para la gente que no había tenido las mismas oportunidades que habíamos tenido nosotros.

Y les digo esto porque incluso algunos de esos cambios que describen el paso de niño a hombre en mí fueron tardíos o simplemente no se dieron nunca. Por ejemplo, a mí nunca me salieron gallos, situación que podría indicar que no pasé del todo al otro lado y característica que por supuesto aproveché después para hacerme cantante. Más ejemplos: cuando mis compañeros de colegio ya hablaban o insinuaban algún tipo de relación con las féminas que llegara a niveles importantes, a mí no me quedaba más remedio que echar una carretilla, claro, esas cosas no son de niños. Pero el día en que empecé a sospechar que la vida me llevaría por un camino diferente fue cuando salí huyendo aterrorizado de la morgue del hospital San Ignacio de la Universidad Javeriana, donde me preparaba para estudiar Medicina. Hui como un niño que huye de la casa del terror y fui a parar sin darme cuenta a la Escuela Nacional de Arte Dramático, o mi primer salón de juegos, ya de adulto. También fui a la Facultad de Publicidad de la Jorge Tadeo Lozano, ¿acaso existe algo más infantil que un publicista?

Cuando me casé por primera vez, la familia de mi esposa siempre me trató como a un niño. De la parte de debajo de la cama de mi cuñado salía una simpática camita donde yo dormía bajo el arrullo del heavy metal de mi compañero de cuarto. Y cuando fracasó mi matrimonio, le escuché decir a una pareja de señoras que pasaba junto a mí: “Eso se veía venir, ella quiere un hombre más serio”. Eso no me habría preocupado tanto si yo no le llevara a ella varios años.

Conocí de la “sociedad de los niños” por primera vez el día que nació Carlos Enrique, mi hijo mayor, e hice mi entrada oficial a dicha institución. Volvió a cobrar valor todo lo que había ido atesorando de mis primeros años. Todo lo guardé en una caja y se lo llevé de regalo a ese nuevo Dios que había bajado del cielo como mi mejor amigo. Compartíamos todo: la cama, la vida, el trabajo, la novia, las compotas y los teteros. Y entendí por qué Dios quería que yo conservara mucho de mis características infantiles y mi buena energía. Ahora vivía inmerso en una sociedad que así me lo imponía. Después nació Lucía, la primera mujer, y conocí la ternura, y el trabajo y la diversión en la “sociedad” se multiplicaron: los cumpleaños, los trabajos manuales, las ceremonias de la escuela, los juguetes, los viajes para ver a los abuelos; en pocas palabras, tenía una vida feliz, ¡muy feliz! Un día después de una gira de conciertos, regresé a la casa como de costumbre, no veía la hora de ver a mis compañeritos de juego, de abrazarlos, de tener realmente una vida divertida. A medida que me iba acercando a la casa, mi corazón se quería salir. Entré y me dijeron que los niños estaban en el cumpleaños de un vecino, salí corriendo y llegué a la fiesta buscando desesperadamente a mi equipo. Cuando los vi y quise acercarme, la dueña de casa me prohibió hacerlo ya que estaban en una actividad para los “niños”. Por supuesto no obedecí la orden y me uní al círculo de niños que estaban jugando. La señora se puso entonces muy furiosa y me regañó —un regaño en otro idioma duele más—. No me quedó otro camino que hacerle una pataleta a esta señora que no sabía que ya yo formaba parte de esta “sociedad” y casi llegamos a los puños. Y así como la fiesta, mi matrimonio también terminó y fui expulsado perentoriamente de la “sociedad de los niños”. Fueron tiempos difíciles, los peores de mi vida, viví como un adulto mortal, vivía solo y amargado. Me dieron úlceras gástricas, mis índices de creatividad eran bajos, no quería jugar, no quería cantar, y cuando jugaba fútbol me desgarraba y, no se imaginan, hasta me salieron gallos. Vivir fuera de la “sociedad” se hacía insoportable para mí. Vivía una vida tan de adulto que ya hasta tenía deudas. Me era difícil mantener mi peso, y aunque no se me caía el pelo de la cabeza, me empezó a aparecer en donde nunca había tenido. Pero como dice el segundo himno más bonito del mundo después de La Marsellesa, cesó la horrible noche. Mi regreso a la “sociedad de los niños” vino de la mano de un nuevo amor. Un amor que entendió la importancia que tenía para mí y para mi trabajo vivir tranquilo en la “sociedad de los niños”. Nacieron Elena y Pedro, y bajaron del cielo nuevos dioses para adorar, para empezar de nuevo, para volver a nacer. Volvieron la alegría, las ganas de cantar, los libros, la bicicleta y la inclusión. Desde entonces, los trabajos en la “sociedad de los niños” se han incrementado. Con mi hija Elena nació el matiné musical de Rafael Pombo, en el que trabaja toda la familia y hace que el domingo sea un día muy alegre. Y Pedro me ha devuelto el interés por el tenis y ha hecho que recuerde lo aprendido alguna vez. Varios papás de la comunidad del colegio de Elena y Pedro acabamos de fundar la banda K2B con Gustavo Gordillo, exPoligamia; Francisco ‘Nana’ Herrera, de Sociedad Anónima; Ana María Aponte, Edwin Cortés, yo y nuestros hijos, bajo la dirección de Elena García-Reyes. Ya presentamos el primer recital con mucho éxito. La canción Volví a nacer se volvió un hit dentro de la “sociedad”, y estoy trabajando en el montaje de Vives para niños. Como ven, parece que hay futuro.

Hoy, mis dos hijos mayores comienzan a caminar por la vida, y yo desde el umbral de la puerta de entrada a la “sociedad de los niños” los miro y les recuerdo que esta puerta siempre estará abierta.

PS. Para mis amigos adultos que empiecen a tener algún tipo de problemas con sus señoras, quiero que recuerden una de las máximas más importantes de la “sociedad de los niños”: el que no llora no mama.

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