El mundo entero me conoció hace tres años por haber restaurado el Ecce Homo del Santuario de la Misericordia, ubicado a 5 kilómetros de Borja, en España. Para la mayoría, la obra se arruinó por mi culpa, pero lo que pocos saben es que llevo 25 años retocándola y que mi última restauración quedó a medias. El mural, con más de 70 años de antigüedad, dibujado por el señor Elías García Martínez, está sobre una pared hecha trizas. Además, el artista no lo preparó a manera de fresco, lo que significa que no usó la técnica adecuada para que la pintura perdurara por siglos.

La situación estaba crítica, porque una grieta había humedecido la pared y prácticamente la única opción que quedaba era pasarle un brochazo. Soy artista empírica, conozco el oficio hace décadas y, a petición de don Florencio, el sacerdote, intenté arreglarla. Para hacerlo, la idea inicial era mancharla con un poco de óleo, esperar que se secara y luego volver a hacer el dibujo, un proceso en el cual me debía demorar alrededor de dos o tres días. No había otra manera, pues si le pasaba un pincel, la pared se venía encima. Lastimosamente, solo alcancé a echarle la primera capa de pintura, porque tuve que irme de viaje a la Sierra de Albarracín durante 15 días y, como la pared estaba tan húmeda, había que darle un tiempo prudente al óleo para que secara.

Cuando volví, me encontré con la catástrofe. En mi ausencia, el periódico Heraldo de Aragón había visitado la iglesia para hacer una nota sobre la obra, y ya las imágenes del Ecce Homo a medio hacer le habían dado la vuelta al mundo. Mi hermana me contó las malas noticias: “Por poco te llevan a la cárcel —me dijo—. Esto es una cosa grandísima, que ha sido en todo el mundo, la gente anda diciendo que arruinaste una obra que vale muchísimo dinero”.

Yo no entendía nada, lo había dejado manchado, pero esperaba terminarlo cuando secara, cosa que no me dejaron hacer. Me empezaron a tocar la puerta de la casa para conocerme; me llamaron de muchos medios (tantos que perdí la cuenta) y me tomaron cientos de fotos en la calle. Una barbaridad. Se armaron filas larguísimas de gente que quería verlo… ¡Dios santo! Eran absurdas, 900 personas alcanzaron a llegar en una jornada.

Lloré por varios días, vivía angustiada. Me puse tan mal que tuvieron que hospitalizarme. A pesar de las burlas, encontré el apoyo de muchísimas personas de diferentes nacionalidades. Para empezar, mi familia y mis amigos siempre estuvieron de mi lado, porque los que me conocen saben que lo hice con buena fe. Y de ahí en adelante vinieron una cantidad de ocurrencias y muestras de afecto inimaginables. Un grupo de japoneses, por ejemplo, me regaló caramelos con la cara del Ecce Homo, y también recibí galletas, bombones, abanicos, camisetas y cuanta cosa se les ocurra.

No me he enriquecido a costa de esto, ni mucho menos. Nunca estuve interesada en ello. Pero, para que lo sepan, me han dado regalías por la etiqueta del vino edición especial Cecilia Jiménez, que creó Bodegas Ruberte de Magallón, de Zaragoza. La botella, si mal no recuerdo, ronda los ocho euros. Hace un par de años, además, me nombraron dueña oficial de la obra, así que por cualquier explotación de la imagen, incluyendo las visitas turísticas a la iglesia que ahora cobra la entrada a un euro por visitante, tendría que recibir un 49 %. El hospital de Borja, el 51 % restante. Eso fue decisión mía.

Ahora, a mis 84 años, que ya son muchos, puedo decir que me está yendo mejor como artista. He vendido algunas obras e incluso he hecho varias exposiciones de mis cuadros. Aprendí de arte desde que era una niña, gracias a las dos horas diarias de pintura que tenía en el colegio y, luego, junto a mis amigos artistas. Debo decir que pinto de todo y me sale estupendamente. Con respecto al Ecce Homo, con toda tranquilidad, puedo decir que hagan lo que quieran: si lo quieren restaurar o arreglar, adelante, nunca quise saber nada más al respecto.

De todos modos, me alegra que la gente suba al santuario, porque le dejan un dinero al hospital y eso es más que suficiente para mí. Sigo siendo la misma Cecilia de siempre, y confieso que me halaga que me reconozcan. Esto es lo único que le debo al “Ecce Mono”, como le dicen todos a mi restauración.

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