Desde que el "yo" que narra La rambla paralela dijo que se moría, también Fernando Vallejo se declara muerto. Su fantasma fue a recibir, hace menos de un año, el premio Rómulo Gallegos, y ese mismo fantasma acaba de escribir, en su ultratumba mexicana, una nueva novela, que será presentada en la Feria del Libro de Bogotá: Mi hermano el alcalde. Dada su condición de muerto en vida, resolví abrirle una dirección en internet (mihermanoelalcalde@hotmail.com) para que instalara Messenger, y desde ese espacio virtual de Internet pudiéramos tener un chat desde el Hades. Como en tiempos de su vida mortal éramos amigos, decidí tutearlo, y me disculpo con los lectores por esta muestra de informalidad periodística. Después de la sicaresca antioqueña, en la que Vallejo incursionó espléndidamente con La virgen de los sicarios, con Mi hermano el alcalde asistimos a un regreso a temas más alegres, más picarescos. El libro narra las peripecias del alcalde de un pueblo antioqueño, Támesis, desde la campaña electoral hasta el último día del mandato. De hecho, Carlos Vallejo, hermano del escritor, fue alcalde de Támesis entre 1998 y 2000. Sobre esta última novela, y sobre otros temas, estuve chateando un par de horas con Fernando Vallejo. Después de los saludos y antes de las despedidas, la siguiente es la transcripción fiel y sin retoques de ese chat:
Héctor Abad dice: ¿Se te acabaron, Fernando, las historias tuyas, y ahora vas a empezar, o a seguir, con las de tus hermanos?
Fernando Vallejo dice: A seguir porque en El desbarrancadero empecé con la de Darío. Más y más historias de muertos contadas por otro muerto. Ésta es la novedad.
H.A. dice: No sé si creerte que estás muerto, que tus hermanos están muertos, que Colombia está muerta...
F.V. dice: Todos muertos pero creyéndole al espejismo de que estamos vivos.
H.A. dice: Cioran dijo una vez que si no fuera por la posibilidad del suicidio, ya se habría matado. Perdóname la brusquedad, ¿por qué sigues vivo tú, es a pesar de ti?
F.V. dice: ¿De dónde sacaste eso de que estoy vivo? Hace cinco años me morí. Más o menos cinco años pero ya empecé a perder la cuenta.
H.A. dice: Sí, ahora vivimos de tus paradojas. También llevas cinco libros diciendo que ese será el último. Y este mes sale Mi hermano el alcalde. Ya no se te puede creer.
F.V. dice: Mi hermano el alcalde es el penúltimo. Lo que pasa es que Alfaguara todavía no lo había publicado. El último fue La rambla paralela.
H.A. dice: Yo te vi en Barcelona, mientras te morías... Te estabas comiendo una paella negra, de calamares, y tomabas vino, te reías. Estabas vivo, tan vivo como hoy, a pesar de ti.
F.V. dice: En ese momento sí pero después de esa noche no. Me acosté vivo y amanecí muerto.
H.A. dice: Tú no crees en Dios, ni en el más allá. Pero si hubiera una sorpresa post-mortem, o desde ahí desde la muerte en donde estás, contéstame, ¿a dónde te mandaron? Infierno, Limbo, Puragatorio o Paraíso?
F.V. dice: Estoy en la nada negra, sin límites de tiempo ni de espacio, de la que nunca debí haber salido pero a la que por fin volví.
H.A. dice: ¿Y se ve algún perrito en esa nada, o al menos un muchacho?
F.V. dice: No, es una nada feliz, sin perros ni muchachos, que amargan la vida.
H.A. dice: En tu novela, este último presidente que tenemos recibe el nombre de El Homúnculo. ¿Por qué?
F.V. dice: Por chiquito. Chiquito de cuerpo y de alma.
H.A. dice: Pero aquí los conservadores, que son los del partido de tu papá, de Laureano, dicen que con Uribe las cosas están mejorando.
F.V. dice: Colombia no es mejorable: es empeorable. Ésa es su esencia.
H.A. dice: En Támesis queda la finca de tu familia. En Támesis se sitúa tu novela. Ahí dices que este pueblo tiene todavía fe y esperanza. ¿Támesis es mejorable?
F.V. dice: Támesis es una Colombia chiquita, y Colombia un Támesis grande.
H.A. dice: Y Carlos, tu hermano el alcalde, un Pastrana chiquito, un Uribe grande, un Laureano diminuto?
F.V. dice: Mi hermano Carlos, que ya murió y que en paz descanse, era una persona honorable. ¿Cómo lo puedes comparar con esos granujas?
H.A. dice: ¿Granuja Laureano? Me extraña que lo digas.
F.V. dice: Es que no me quedó más remedio porque me lo juntaste con los otros dos. La próxima vez, sepáramelo.
H.A. dice: Te lo separo. ¿Qué piensas de Laureano?
F.V. dice: Mejor qué siento: cariño, afecto.
H.A. dice: En mi casa, de liberales, se decía que era el gran carnicero, el gran verdugo.
F.V. dice:¡Claro, porque eran liberales!
H.A. dice:¿Y qué decían en tu casa de López Pumarejo, o de Gaitán?
F.V. dice: Cuando mataron a Gaitán mi abuela se puso a rezar el Magníficat porque pensaba que estaba temblando. Pero no: era que le estábamos moviendo la mecedora.
H.A. dice: Hagamos un experimento. El Dios de la muerte te nombra Supremo Dictador de esta República. ¿Qué leyes expedirías?
F.V. dice: Ninguna ley. Simplemente repartiría la píldora abortiva francesa RU 486.
H.A. dice: A eso iba. Has dicho que el matrimonio es una asociación delictiva. Y fecundar un delito. ¿Por qué sería mejor una tierra despoblada de humanos?
F.V. dice: Ya que nos metimos en gastos, que sea entonces una tierra sin seres vivos. Sin tigres que se coman las vacas.
H.A. dice: Sin perros que lambeteen zapatos...
F.V. dice: ¡Claro, que existan los perros es nuestra gran tragedia, de mi hermano Aníbal, su esposa Nora y mía! O mejor dicho "era": cuando vivíamos.
H.A. dice: Pero si la extinción de todo lo vivo es el destino de la tierra, ¿qué afán hay?
F.V. dice: No, si los muertos ya no tenemos afanes...
H.A. dice: Confiésame una cosa, ¿lees libros de literatura al escondido, allá en el Hades?
F.V. dice: El último libro que leí se titula Angosta y trata de una extraña ciudad de un extraño país.
H.A. dice: Ese lo leyó un vivo, David Antón, que todavía cree en la representación y es tu otro yo.
F.V. dice: Ésas son suposiciones tuyas.
H.A. dice: Conocemos tus odios literarios, científicos, y políticos, pero muy poco tus amores literarios. En vez de tus fobias, ¿nos puedes decir algunas de tus filias?
F.V. dice: A mí no me interesa la literatura. Me gustan Mozart, Gluck, Richard Strauss, José Alfredo Jiménez, Chavela Vargas... Ah, y Leo Marini.
H.A. dice: Te he visto tocar piano. Quiero decir, oído. ¿Cómo comparas al Vallejo que toca piano con el Vallejo que toca las teclas de una máquina de escribir? ¿Son distintos?
F.V. dice: Yo soy muy buen mecanógrafo pero muy mal pianista. Escribo a toda velocidad y toco igual, rápido y sin alma.
H.A. dice: Escribes con toda el alma, creo yo.
F.V. dice: Tú dirás...
H.A. dice: Pero cuando tocas piano, se te sale un lado oscuro, que en los libros intentas esconder.
F.V. dice: ¿Cuál será ése?
H.A. dice: Te dan ganas de llorar. En los libros, el llanto se te convierte en mordiscos, en golpes de cabeza contra la tierra, en babaza de furia.
F.V. dice: Cuando uno se aprende una pieza a fuerza de machacarla una y otra vez, deja de sentir algo cuando la toca. A Mozart, a Gluck y a los que te mencioné, sólo los oigo una vez por la cuaresma para que no me pase con ellos lo que me pasó con Chopin, que a fuerza de oírlo y de estudiarlo acabé detestándolo. Así ha de ser el matrimonio, ¿o tú qué dices?
H.A. dice: Sí, habituarse es malo, en todo. Hablemos del éxito. Hace 20 años eras un escritor casi clandestino; ahora te has vuelto célebre, tienes éxito. ¿Te gustaba más esa etapa oscura, o prefieres esta?
F.V. dice: No sé qué entiendes tú por éxito.
H.A. dice: La notoriedad que tienes, los lectores que se multiplican en varios idiomas, los premios, la plata, las películas sobre ti...
F.V. dice: Ah, si es eso, no vale la pena.
H.A. dice: ¿Era mejor antes? ¿Qué vale la pena?
F.V. dice: En última instancia, nada.
H.A. dice: Los loros de tu novela van a la selva a gritarle "hijueputa" a Tirofijo. Eres más comprensivo con Castaño, ¿por qué?
F.V. dice: Ya tú sabes mi opinión sobre los paramilitares: cuando el Estado desapareció del campo, de los pueblos, de las ciudades, en tiempos de Gaviria, de Samper y de Pastrana, ellos fueron los que evitaron que Colombia se convirtiera en otra Cuba, en otra cárcel inmensa bajo un solo tirano. Prefiero un bobo cuatrienal a un tirano eterno.
H.A. dice: Bueno. Entonces comparemos sistemas políticos. ¿Es peor el comunismo que el falangismo, o que el nazismo?
F.V. dice: Son iguales: tiranías que pretenden ser distintas.
H.A. dice: Por ejemplo: los cubanos persiguen a los homosexuales (hoy en día un poco menos), pero para los falangistas lo bueno es lo que esté cerca de la religión católica, que también condena a los homosexuales. El liberalismo no los condena. ¿Por qué no eres liberal?
F.V. dice: A mí me tiene sin cuidado que condenen o no condenen a los homosexuales. En cuanto a la Iglesia católica (para seguir hablando de plagas de la humanidad) espero que este tartufo de Papa actual dure siquiera otros veinte años para que acabe con ella.
H.A. dice: ¿Te parece bien que metan a los maricas en la cárcel?
F.V. dice: Sí: al marica de Gaviria, que la tiene muy merecida. Que traigan a ese marica de la OEA y reabran con él La Catedral.
H.A. dice: ¿Y qué debemos hacer con Uribe, que es tan macho y lo van a reelegir?
F.V. dice: Sí, hay que reelegirlo, pero por veinte años: Si en año y medio que lleva de gobierno sólo ha matado a mil guerrilleros y son veintidos mil, ¿cuántos años le quedan faltando?
H.A. dice: Ahora una pregunta sobre Támesis. ¿Vas a volver?
F.V. dice: No creo. Tiene muy mal clima. Se oxidan hasta los limones.
H.A. dice: Tu prosa es fascinante por lo suelta, y porque eres un maestro del insulto. Era lo que le reconocía Borges a Vargas Vila. ¿Te sientes heredero de Vargas Vila, de tu tocayo González, de los nadaístas?
F.V. dice: Vargas Vila era muy mal escritor pero un gran personaje. Un bellaquito fabulador. El maestro González no sé de quién lo fue, tal vez de los nadaístas. Y éstos, como su nombre lo indica, son nada.
H.A. dice: Creo que sigues siendo lo que te dijeron que fueras, cuando niño, es decir, un laureanista cabal. Pero esa ideología es incompatible con tu vida y con lo que escribes. Esa contradicción tal vez sea lo que te hace sentir muerto. ¿Miento?
F.V. dice: Yo me siento un laureanista sui géneris.
H.A. dice: ¿Podrías explicarlo?
F.V. dice: No, es muy complicado.
H.A. dice: Mira: te enseñaron a ser católico, creyente, conservador, heterosexual, carnívoro... Traicionaste tu educación.
F.V. dice: No, a mí no me enseñaron a ser heterosexual, en mi casa no se hablaba de sexo. Eso sí, mi papá y mi mamá lo practicaban y el resultado fueron 25 hijos que se dicen rápido pero que tomaron otros tantos años en hacerse. En 25 años yo me escribo una enciclopedia.
H.A. dice: En los años 60, cuando crecías, el mundo se despelotó. No más jerarquías, menos represión sexual, drogas, alcohol. Tú estabas ahí. ¿Qué fue lo que pasó?
F.V. dice:Todavía el mundo no se ha desquiciado: es lo que sigue y lo que voy a ver desde arriba.
H.A. dice: Volvamos a tu libro, al penúltimo, Mi hermano el alcalde. Hay como un tic ligüístico en ti, cuando dices una palabra colombiana, la explicas, sirves de lexicón. ¿Generosidad con los lectores o complejo de culpa por usar regionalismos?
F.V. dice: La explico para mis lectores del serbo-croata.
H.A. dice: Me quedaron faltando algunos mandamientos de los que das en el libro. ¿Podrías darme tu decálogo completo?
F.V. dice: No, yo soy como el doctor Goyeneche, sempiterno candidato a la presidencia de Colombia y que sacaba entre cincuenta y cien votos y que decía: "Los tres grandes problemas de Colombia son: uno y dos".
H.A. dice: Por eso. Diste sólo cuatro mandamientos del decálogo.
F.V. dice: Exacto. En un decálogo sui géneris: de cuatro.
H.A. dice: Te voy a decir una verdad. Te considero, al mismo tiempo, un genio literario y un pensador descabellado. Tus libros tienen una fascinación de sueño, y tus ideas, de pesadilla.
F.V. dice: Gracias.
H.A. dice: ¿Pero por qué, si tus ideas son detestables, quiero profundamente tus libros? Creo que eso nos pasa a muchos.
F.V. dice: Mis ideas no son detestables. ¿Cómo va a ser detestable, por ejemplo, que proponga el amor a los animales, si son nuestro prójimo? Otra cosa es que Cristo no lo haya descubierto, ni Mahoma, y que a sus dos religiones hoy pertenezca la mitad del género humano.
H.A. dice: Los budistas y los hinduistas son vegetarianos.
F.V. dice: Así es. El problema con los budistas y los hinduistas es que se reproducen. Por ahí es por donde desbarran.
H.A. dice: Los caballos, las vacas, los perros también se reproducen. ¿Dónde trazar la línea? ¿Por qué comer pollo y pescado, pero res no?
F.V. dice: La línea se traza así: en la medida de la complejidad del sistema nervioso debemos respetar. O en la coincidencia en la cadena de los aminoácidos que forman la hemoglobina, que es la proteína de la sangre. ¿De qué color es la sangre de los caballos, de las vacas y de los perros? ¿Azul, o qué? ¿Por qué no degollamos a Karol Wojtyla en un matadero? Así no sea para comérnoslo, porque el que coma de eso se envenena.
H.A. dice: También comí jamón, en tu casa, cuando estabas vivo. Pero un carnívoro como yo no puede exigir coherencias a nadie. Vuelvo a Mi hermano el alcalde. En este libro no atacas a Lía, y dices que Medellín está ahí, como Dios, invisible , pero dando un testimonio con su inmensa luz. ¿Estás volviendo a la religión de tus mayores?
F.V. dice: No es cuestión de coherencia, es de cariño, de compasión, de amor, de caridad. Dios es un buen tema literario, como el matadero de Colombia, pero nada más.
H.A. dice: Un problema que le veo al chat es que propicia respuestas muy cortas.
F.V. dice: Mejor.
H.A. dice: Dices en el libro que el problema de buscar la felicidad es que choca con la de los demás. En el sexo (que es la máscara de la reproducción) buscamos la felicidad. ¿Con qué felicidad choca para que odies tanto la reproducción? ¿O será el sexo lo que odias?
F.V. dice: El sexo es inocente, con quien sea o con lo que sea. La reproducción es criminal. De todos los animales que han poblado la Tierra desde hace quinientos millones cuando empezó la reproducción sexual, sólo el hombre y sólo hoy ha podido darse cuenta de esto. Pues que lo vaya entendiendo.
H.A. dice: Es bonito que existan unas cuantas almitas que entiendan eso. Así sean solamente dos, como Adán y Eva en el paraíso terrenal, y a pesar de Caín, que debió ser el primogénito.
F.V. dice: El hombre es una bestia sucia programada para eyacular y lo demás son cuentos.
H.A. dice: Que sea bestia, estoy de acuerdo. También creo que eyacular es uno de sus programas biológicos. Es lo de sucia lo que no me cuadra. No es más sucio que los mandriles.
F.V. dice: Pero nunca he visto a un mandril pretendiendo que es muy limpio.
H.A. dice: Además, tenemos otros programas: estamos programados para odiar y también para querer.
F.V. dice: No estamos programados para odiar ni para querer. Estamos programados para reproducirnos como toda especie que no sea partenogénica y se tenga que reproducir por el sexo. Si no fuera así la especie humana se hubiera extinguido desde que apareció. Y la que lo precedió igual y todas las especies llamadas gonocorísticas. Los pájaros también nacen programados para construir nidos y las arañas para construir telarañas. Y los jesuitas para enredarnos en ellas.
H.A. dice: Un tigre sigue ciegamente su programa genético, y no lo cambia ni un solo día de su vida. El ser humano, en cambio, puede oponerse de vez en cuando a sus programas. Así esté programado para eyacular, hay célibes, y así esté programado para ser depredador, hay generosos. El ser humano, por instantes, rechaza su propio programa instintivo. Eso es lo curioso, para mí.
F.V. dice: Así es. Somos la única especie que puede ver e ir a contracorriente del programa genético, que es ciego.
H.A. dice: ¿Entonces por qué querer que se extinga una especie tan interesante, tan atípica?
F.V. dice: ¿Interesante porque se da cuenta de su desdicha? La más desgraciada.
H.A. dice: Sí, interesante porque se da cuenta de su desdicha. Y porque a pesar de ser desdichada, quiere seguir viviendo. Como queremos seguir viviendo tú y yo, aunque te pese, vivo en muerte, o muerto en vida.
F.V. dice: Kim y Quina me están jalando para que las saque a leer el libro de la calle, que leen con el olfato. Hay tramos del libro de la calle especialmente interesantes porque ahí se eternizan.
H.A. dice: Los perros leen el libro de la calle. Yo leí el libro de tu pueblo, Támesis, y el de tu ciudad, Medellín. Lecturas como esas hacen que vivir sea más interesante que estar muerto.
F.V. dice: Después de mí el diluvio. Una cosa es la reproducción y otra la supervivencia personal. Pero dejemos esto que esa revista para la que me estás entrevistando es muy frívola.
H.A. dice: Si no me haces una lista de insultos personales por ejemplo para todos los presidentes de este paisito, no me la publican. Por favor: rézame un rosario de insultos.
F.V. dice: ¡Para qué quemar pólvora en gallinazos! Con perdón de estas aves tan hermosas y de vuelo tan espléndido. Adiós, voy a sacar las perras a leer el libro de la calle.

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