Por María Lucía Rivera

Yo no soy vegetariana. Aunque seguramente? debería serlo. Tengo miles de razones, buenas razones, para abandonar el consumo de carne y demás productos de procedencia animal. Son razones que van desde la irreprimible ternura que me producen las vaquitas sabaneras que se meten la lengua en la nariz hasta el indecible asco que siento cuando veo la capa blancuzca que tercamente se adhiere al vaso de quien acaba de terminar de tomarse la 'lechita'. Ni hablar de la contribución que la cría y manutención de reses tiene en el calentamiento global, en las hambrunas y en la perpetuación de las injusticias sociales aquí y en todo el mundo. Seguramente debería ser vegetariana. He estado tentada varias veces. He querido hacer parte de ese grupo de personas moralmente más evolucionadas, más saludables, más ecológicamente conscientes, más bonitas, más delgadas y, de paso, más gourmet. Lo he intentado. Pero no sé muy bien qué ha pasado.

Todo empezó cuando descubrí que había una opción diferente a ceder a lo que creía era el instinto depredador y carroñero. En las comidas familiares, por ejemplo, empezó a presentarse una alternativa, oscuramente seductora, que no incluía cadáver. Sin ánimo de hablar mal del pernil navideño del que sagradamente me atosigo una vez al año, no puedo negar que las berenjenas asadas rellenas de alcachofa y calabacín, o las suntuosas ensaladas con palmitos y nueces de todos los tipos, me han hecho más agua la boca que cualquier tierno pero firme trozo de muslo graso de porcino. Los placeres que prometían las sofisticadas sopas de espárragos y los pimentones acompañados de cebollitas acarameladas hacían ver burda, salvaje, la satisfacción que me producía lo que año tras año depositaba entre mi plato y la salsa de ciruela. La tentación era demasiado fuerte. Estaba decidida, lo mío sería el hedonismo hecho verdura. Era tan sencillo como eso. O eso creía.

Basta un pequeño paseo por la calle para ver lo difícil que resulta la vida de un vegetariano. La oferta de comida barata, rápida y a la mano está claramente orientada a quienes no parecen tener mayor reparo en la constitución o procedencia del producto cárnico contenido. Si se quiere ser anticarne, hay que renunciar al perro de mil, a la pizza hawaiana, a la hamburguesa de carrito y a la empanada de pollo. Hay que renunciar a contribuir a la educación de los hijos de los vendedores ambulantes de comida. Es tan risible la escasez de oferta vegetariana que todos los militantes que conozco tienen que llevar loncherita a donde sea que vayan y, en caso de tener que comer por fuera, han de someter a riguroso interrogatorio al incauto mesero del local de almuerzo ejecutivo para conformarse, al final, con la limonada natural y la insípida 'adición' de pan, o papas, o patacones, o arroz. Pero siempre de carácter adicional.

Y la cosa se pone peor. Hay opciones legítimamente vegetarianas que, a pesar de su coherencia con los ideales de tan selecto grupo y su asequibilidad en términos monetarios, parecerían responder de mejor manera a una conspiración para evitar el vegetarianismo en lugar de apoyarlo. Pocas experiencias son tan desagradables como masticar una salchicha de soya o luchar por encontrarle el sabor al componente estrella del chili con carve. Quizá la única cosa peor que se me ocurre es hincarle el diente a una empanada de raíces chinas y encontrar entre el baboso contenido los filamentos empapados en salsa negra que contrastan escandalosamente con la capa exterior de harina freída de un característico amarillo radiactivo.

He querido hacerlo. Lo prometo. Pero por más tentada que me encuentre a renunciar a toda forma de utilización animal, siempre caigo, abatida e inconforme, de vuelta en las garras de mi expendedor local de salchipapas. Quizá deba reservar mi activismo para cuando esté en vacas gordas: vivo con presupuesto de estudiante vaciado. Quizá se trate de un problema de principios. O quizá sea que, como dice el payaso con megáfono a la entrada del establecimiento, lo que no contiene carne es tan solo el 'principio' de mi almuerzo.

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