Sin camisa, cojo y con el ánimo festivo; así me recibe Faustino Asprilla en el criadero Santino, la finca que tiene a no más de 5 kilómetros de Villanueva, el barrio de Tuluá donde todavía está la casa en la que se crio y en la que viven su hermana Belly y don Diego, su papá.

Está sin camisa, repito, como si acabara de jugar un partido de fútbol y se la hubiera quitado para cumplir el ceremonial intercambio de casacas con algún rival.

También cojea, pero no porque hubiese recibido alguna falta violenta, sino por aquella vieja lesión en la rodilla derecha que lo fue sacando lentamente del fútbol y que hoy es inequívocamente crónica.

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Y sí, está con el ánimo festivo: es domingo; se celebra una edición más de la Feria de Tuluá; acaba de llegar de Estados Unidos, donde vio el debut de Colombia en la Copa América Centenario; bebe whisky, y juega póker con algunos amigos de su infancia. Afuera, cerca de la piscina, una mujer asa varios trozos de carne en una parrilla mientras la salsa suena fuerte, muy fuerte, en un equipo de sonido ubicado al frente del bar.

“Cuando se acababa un partido, si no me pedían la camiseta, me iba. Yo no era de pedirlas, no iba programado para eso”, dice el Tino al frente del televisor. Millonarios y Junior juegan el partido de vuelta para definir la clasificación a la semifinal de la liga colombiana.

“Si hoy en día jugara contra el Barcelona y Messi estuviera al frente, no me interesaría pedírsela”, añade Asprilla, declarado por la Fifa el sexto mejor jugador del mundo en 1993. Justo ese año le tumbó un invicto de 58 fechas al Milán en el estadio Giuseppe Meazza, con un tiro libre que dejó inmóvil al arquero Sebastiano Rossi.

Era el poderoso Milán del técnico Fabio Capello y de los jugadores Frank Rijkaard, Ruud Gullit, Marco van Basten y Jean-Pierre Papin. Pero aquel 21 de marzo fue diferente; aquel 21 de marzo Asprilla quiso llevarse algo más que un invicto de casi dos años: al terminar el partido, buscó afanosamente a Franco Baresi, ganador de seis ligas y tres Champions con el Milán, además del Mundial de España 82 con la selección italiana; el Tino quería su camiseta. Pero este se la negó. Estaba furioso por la derrota.

Entonces fue a donde Paolo Maldini —el eterno capitán del Milán y de la Selección, todo un ícono del fútbol italiano—, y él, muy amablemente, estrechó su mano, se la quitó y se la dio. Don Diego todavía la conserva: es rojinegra, marca Adidas, no está percudida y tiene estampado el número 3 que el defensa usó a lo largo de su carrera.

Al Tino no parecen importarle esos detalles. Si así fuera, seguramente no la tendría guardada en un clóset de su casa del barrio Villanueva. Hace años habría abierto un museo, donde estarían exhibidas la camiseta de Maldini y otras más. Como la que usó el 5 de septiembre de 1993 en Buenos Aires y que don Diego custodia con orgullo paternal.

Si el Tino tuviera la devoción de un hincha, esa camiseta marca Umbro con la que metió dos goles en la noche del 5 a 0 estaría vistiendo algún maniquí de color negro dentro de una urna de cristal para que otros hinchas pagaran para admirarla y recrear, en sus mentes, las dos cabriolas que hizo Asprilla en el Monumental de Núñez para celebrar sus anotaciones. Mientras, la narración de William Vinasco Ch. sonaría desde un parlante una y otra vez.

Si al Tino le importaran las camisetas que usó en los partidos más trascendentales de su carrera, esa sería la más importante. Pero su desprendimiento —o su sentido social, quién sabe— es tal que alguna vez la regaló para ser subastada en una causa benéfica; por alguna razón, la fundación que organizaba el evento no pudo hacerlo y se la devolvió, y ahora la imagino ocupando su lugar en ese museo que nunca existirá.

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Allí también estaría la no tan célebre número 21 que usó en el Mundial de Estados Unidos, en 1994, y que está firmada por sus compañeros de la Selección: “Yo jugaba con el 11. Lo que pasó es que cuando llegué de Italia ya habían repartido todos los números y el Tren Valencia cogió el mío”, recuerda el Tino, mientras clava la mirada en el partido que se le está complicando al Junior: en 14 minutos, Millonarios le ha marcado cuatro goles, faltan 18 para que se acabe y debe anotar uno más para que se vayan a los penales.

“Le van a meter seis al Junior. Tiene un jugador menos y acaba de meter a un delantero. A un equipo no le pueden meter cuatro goles en tan poco tiempo. Ni en un entrenamiento uno hace eso”, comenta. Un delantero de Millonarios es derribado cerca del área, pero el árbitro pita un fuera de lugar previo.

“Mirá a este hijueputa bobo, cómo se le va a tirar así, tiene que expulsarlo. Mirá, hombre, árbitro, eso es roja, aunque no le hizo nada pero igual fue intencional… ¿Viste cómo el línea no levantó la banderola? ¡Mirá cómo son de hijueputas! ¡Miralo abajo! ¡Mirá! ¡Estaba en fuera de lugar! ¡Lo está viendo y no levantó la bandera! ¡Noooooo! ¡Estos son unos descarados! ¡Esos manes dañan el fútbol! ¡Tienen una visión la hijueputa y no levantan la bandera!”.

—¿Y cómo se llevaba con los árbitros, Tino? —le pregunto.

—Es que dependiendo del árbitro uno le hablaba o no —me responde, todavía exaltado. Y se suelta, ya más calmado—. Había varios a los que uno les tenía mucho respeto y no les hablaba porque tenían un nombre muy grande, con mundiales encima, como Pierluigi Collina. A esos uno les hablaba con respeto, pero es que había otros que, cuando están empezando, de entrada como que quieren intimidar a los futbolistas diciéndoles que no se la van a dejar montar.

Asprilla fue un jugador relativamente calmado en la cancha. En los 16 años que jugó le sacaron 30 tarjetas amarillas y fue expulsado en cinco oportunidades, incluyendo aquella vez que no intercambió camisetas pero sí puños con José Luis Chilavert en el estadio Defensores del Chaco, en Asunción, Paraguay.

En ese partido, decía, no intercambió su camiseta, como tampoco lo hizo en ese en que le metió tres goles al Barcelona, jugando para el Newcastle, y que sirvió para inmortalizar su leyenda. “La cosa es que yo me quedaba con las camisetas para regalarlas. Todas las regalaba: me daban tres por partido y tenía un millón de amigos. Y si las cambiaba, las cogían mi hermano y mi papá”, explica.

De ese millón de amigos, algunos eran futbolistas. Y con ellos las intercambiaba si luego de haber compartido camerinos se los cruzaba como enemigos en la cancha. Tiene una de la Juventus que vistió Michele Padovano, con quien tomaba trago en Italia; tiene otra del Corinthians que usó Roger y una más del Cruzeiro que sudó Alex, con quienes coincidió en Palmeiras; tiene una del Torino que fue de Roberto Mussi, con quien compartió sus mejores años en el Parma, y otra más del Tottenham Hotspur con la que lo enfrentó Les Ferdinand, excompañero de delantera en el Newcastle.

Pero las camisetas no son las únicas prendas que se pueden coleccionar después de un partido. Asprilla recuerda a carcajadas que había quienes preferían otras: “A Hernán Crespo le gustaban las pantalonetas. Se acababa el partido y las pedía. Y más de uno coleccionaba los calzoncillos de los rivales. Nunca diré quién. Ese secreto me lo llevo a la tumba. Pero había que autografiarlos, así que yo autografiaba los míos por la parte de adelante, porque eran bombachos. Era el único futbolista en el mundo que utilizaba pantaloncillos con nariz”, cuenta y se ríe.

De repente, sus risas se transforman en gritos cuando Junior hace el gol que obliga a definir la serie desde el punto penal: “Ve el gol, ve… Mirá el gol. Parala y le pegás. ¡Golazo! ¡Junior tu papá! ¡Los demás valen mondá!”. No es que Asprilla sea hincha del equipo costeño. Aclara que solo le hace barra al Cortuluá y al Nacional. Lo que pasa es que hoy le está haciendo fuerza por “recocha”: “Mirá a ese man cómo los habilitó a todos. Ay, marica, van a matar a ese man, mirá cómo todo Millonarios salió al fuera de lugar y ese 5 se quedó clavado, me habilitó hasta a mí, que estoy aquí en Tuluá. Ese es mucho triplehijueputa”.

Con los 90 minutos cumplidos, Asprilla apuesta 200.000 pesos con los amigos. El Tino dice que gana el Junior: “Voy con ellos por una simple y llana razón: porque estaba muerto y empató a lo último”, se justifica. Y continúa tratando de explicar la ciencia alrededor de patear penaltis: “Los penales no se tratan de los arqueros, se tratan de los cobradores. Usted puede tener a Falcioni, pero si los otros no saben patear y le pegan al balón con el tobillo, pues… Como ese del Atlético de Madrid, cómo va a patear Juanfran con el tobillo contra el Real Madrid, cómo va a hacer eso…”.

Asprilla no erró muchos penales en su carrera, pero sí uno muy importante cuando jugaba para Palmeiras, que sirvió para que tres compañeros suyos de la Selección Colombia —Óscar Córdoba, Jorge Bermúdez y el Chicho Serna— fueran campeones de la Copa Libertadores con Boca Juniors. Esa noche, el 21 de junio de 2000 en el estadio Morumbí, Córdoba se lo atajó: “Uno se pone muy nervioso al patear porque no quiere defraudar a nadie. Pero lo que hay que hacer siempre es escoger un palo antes, porque el que lo escoge a último momento, lo bota. Por eso hay que ir mentalizado”.

Al finalizar ese partido, Asprilla tampoco cambió su camiseta con nadie, como no lo hizo en muchos otros, saliera victorioso o no, porque no era algo que lo trasnochara. Hay excepciones, claro está.

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Otra casaca que sí buscó y, a diferencia de la de Baresi, sí consiguió fue la del brasileño Ronaldo: “Yo quería una camiseta suya y la obtuve el día que jugué mi último partido con el Parma, en 1998, frente al Inter de Milán. Recuerdo que las cambiamos al acabarse el primer tiempo. La tuve hasta que alguien se la robó. Era muy especial, porque lo considero el mejor jugador que haya visto en la Tierra”.

Asprilla fue tan bueno que muchos jugadores también querían tener las camisetas que él usaba. En Brasil, por ejemplo, en un partido Gremio–Palmeiras, Ronaldinho lo buscó y se la pidió: “Me dijo que cambiáramos, que me admiraba”. Todavía tenía 18 años y su paso a Europa era inminente.

En Italia también intercambió camisetas con Roberto Baggio —número 16 en la lista de los mejores futbolistas del siglo XX— cuando jugaba para la Juventus. E incluso le robó una a Lilian Thuram, campeón del mundo con Francia: “Para un partido especial del Parma diseñaron un uniforme conmemorativo que era blanco con negro. Solo había para los once jugadores titulares y los cinco suplentes. A cada uno le dieron dos: el del partido y otro de recuerdo. Yo estaba lesionado de la rodilla, por lo que no fui convocado. El utilero había dejado los uniformes lavados y planchados en el camerino, y cuando entré vi la camiseta de Thuram. Entonces la cogí, salí corriendo y él a perseguirme, pero alcancé a subirme al Ferrari y arranqué como a 2000. Ambos estábamos cagados de la risa, pero él se quedó sin su camiseta porque yo la tengo en mi casa”.

—¿Y de todas las camisetas que usó, cuáles le gustaban más? —vuelvo a preguntar.

—Las de Versace eran las mejores —responde riéndose, y luego se enseria—: la del Newcastle era muy linda; la primera que usé en el Parma, que era blanca con azul, también; la de la Universidad de Chile, que era azul oscura, era muy bonita. Y la de Atlético Nacional rayada me gusta mucho, pero no la verde verde, esa es muy fea. Pero la más fea era la del Atlante de México. Esa era horrible”.

En su casa del barrio Villanueva, pasando el vestíbulo, hay 30 cuadros que bien podrían ser parte de ese museo que nunca tendrá. Allí, descoloridas por el paso del tiempo y por los rayos del sol que se cuelan por un tragaluz, están enmarcadas 17 fotografías: en una aparece vistiendo la camiseta azul marca Umbro de Colombia; en otra, la amarilla marca Reebok de la Selección, durante un amistoso contra Alemania; en una más se ve sonriente en un entrenamiento del Newcastle, con abrigo y guantes de invierno, y en otra sale acuclillado con esa camiseta verde verde del Nacional que tan fea le parece. Al lado, hay ocho afiches en los que sale posando con la de rayas azules y amarillas horizontales del Parma, con la verde del Palmeiras y con un uniforme suplente azul grisáceo del Newcastle.

Esta galería de su trayectoria futbolística incluye, además, cinco dibujos (entre los que se destaca uno donde aparece con boina y que a su autor se le ocurrió titular ‘Tinofijo’) y una placa que el canal Fox Sports le entregó para conmemorar los 15 años del 5 a 0, en la que sobresalen dos frases: “Una lección de fútbol” y “Fuimos héroes”. Completando el altar hay dos recortes de prensa: una portada de la revista Goal titulada “Asprilla… God’s gift to football” (“Asprilla… el regalo de Dios al fútbol”) y la primera página de la edición de El Tiempo del 6 de septiembre de 1993, que reza, en letras grandes a seis columnas, “¡1, 2, 3, 4 y… 5: a Estados Unidos 94!”.

El posible último cobro del Junior distrae a Asprilla de nuevo. Al frente del balón está Édison Toloza, quien hoy viste la camiseta rayada, pero antes usó la azul de Millonarios. “Toloza no hace goles nunca, pero los penales, sí. ¡Vamos, Toloza, métale visaje! Ahí está mi panita Toloza”, grita Asprilla. Toloza cobra y convierte. Gol del Junior. Aunque perdió el partido 4 a 2 en los 90 minutos, ganó por el mismo marcador en los penales. Ese equipo está listo para jugar la semifinal. Y el Tino explota: “¡Golazo! Bueno, ya nos hicimos pa’ las botellas de whisky de esta noche. ¡Pásenme mis 200.000, que no los veo!”.

Ese triunfo lo hace reflexionar sobre los efectos de la altura en los jugadores y el talento: “En Bogotá hay altura, pero La Paz tiene el doble. Bolivia siempre tiene el 50 % del partido ganado solo por eso. Y cuando tienen un equipito decente, con seis jugadores buenos, como esa generación que tuvo con el Diablo Etcheverry, Chocolatín Castillo y Julio Baldivieso, es muy difícil ganar allá, porque a la altura hay que ayudarla con talento. O si no pregúntenle a mis amigos del Deportivo Cali, que hace poco les metieron cinco allá”.

Y sigue: “El talento siempre va a sobresalir. La única manera de contrarrestarlo es corriendo más. Eso fue lo que le pasó al Real Madrid cuando perdió con el Wolfsburgo: en ese partido los alemanes corrieron 5 kilómetros más, y ahí estuvo la diferencia. No es que ellos fueran mejores, sino que los del Real Madrid corrieron menos. Pero después, en el Santiago Bernabéu, sí corrieron a la par y por eso el Madrid les metió tres, porque se impuso por talento. Un equipo, por más bueno que sea, caminando no va a ganar. Si el otro equipo corre más, gana. Eso es seguro”.

En la pantalla del televisor los narradores empiezan a despedir la transmisión, que muestra cómo los hinchas de Millonarios van desalojando cabizbajos el estadio El Campín. Don Diego pasa, pregunta cuánto quedó el partido entre México y Uruguay por la Copa América Centenario, y Asprilla cambia de canal. El equipo de Juan Carlos Osorio le ha ganado 3 a 1 al de Óscar Washington Tabárez y se ven algunos jugadores cumpliendo con ese antiguo ritual de intercambiar sus casacas.

Entonces el Tino Asprilla toma el control remoto, baja el volumen y sentencia: “Hoy hay muchos jugadores que solamente entran a la cancha para cambiar camisetas, y no les importa ni siquiera jugar bien o mal. Son desesperados cuando juegan contra el Barcelona o el Real Madrid buscando a ver cómo hacen para quedarse con las de los futbolistas que enfrentaron”. Afuera, en la piscina, varios de sus amigos siguen oyendo salsa a todo volumen mientras don Diego recoge las camisetas que el Tino me acaba de mostrar y las mete en una bolsa plástica, para seguirlas custodiando, con orgullo paternal, en su casa de Villanueva.

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