Por ser hijo de padres católicos de clase media-alta-baja tuve la triple desgracia de aprender a leer y escribir en un colegio masculino, de curas y, lo peor, de calendario A. Participé en varias ferias de la ciencia y ninguna de ellas me pudo explicar la razón por la cual mis amiguitos del barrio se bajaban de la ruta casi a las cuatro de la tarde, almorzados y con el pelo mojado, oliendo a cloro. ¿Cómo así? ¿Ustedes almuerzan con sus mejores amigos en el colegio y yo con la muchacha que oye noticias en un radio con forro de cuero? ¿Ustedes tienen clases de natación y yo una alberca con agua helada y un jabón azul derritiéndose? ¿En su colegio hay un teatro y un coliseo cubierto y en el mío, hicimos vaca para poder inaugurar una arenera? ¿En junio, ustedes tienen como tres meses de vacaciones y yo uno solo? ¿A ustedes les dictan casi todas las materias en inglés y a mí me dictan casi todo inglés… en español? ¿Ustedes son de calendario qué… ?

Las primeras letras del abecedario dividieron mi mundo en dos. Pertenezco a ese grupo de bachilleres que de tanto almorzar con la empleada de la casa les terminó gustando el corrientazo y ahora solo comemos en restaurantes donde sirven cuatro harinas y nos ponen el noticiero. Soy de los que aprendieron a nadar sin profesor, con flotador de Batman y tomando agua en una piscina de Villeta que tenía forma de paramecio. Hago parte de esa camada de colombianos que les toca decir “no hablo inglés pero lo entiendo”, porque estudié con una gran masa académica que nunca aprendió bien una segunda lengua gracias a que en nuestro calendario, el profesor promedio no era precisamente un gringo bostoniano, cejón, pelirrojo, pecoso, con bronceado de sótano; sino uno flaquito de bigote, que se peinaba por la mitad, nacido en El Guamo, que únicamente hablaba en inglés cuando leía los diálogos del libro con acento tolimense. 
El calendario A es de Austeridad y el B, de Billete. Estar en calendario B es como viajar con tarjeta Uncoli AAdvantage. Mientras ellos disfrutaron del espacio, la comodidad y del servicio a bordo, a mí me tocó bandearme con una bolsa de achiras y un jugo de durazno al clima, en la silla 37D.
Los profesores de calendario A eran muy melindrosos mientras que los del B, nunca prohibieron ni el pelo largo ni los tenis. Ese calendario, también es V: de Ventajas, de Victoria y de Vanguardia. Fueron ellos los pioneros del viernes de Jeans Day. Y fue tan exitosa la idea que se trasladó a algunas empresas locales que desde hace unos años les permiten a sus empleados ponerse una pinta menos ridícula que la de la corbata. Contrario a esto, yo fui víctima de un calendario A: de Atraso, de Acomplejado y Asexuado, porque si un hombre estudiaba en un colegio de curas y de calendario A, era muy probable que se graduara virgen o que terminara enamorado de una profesora enana que se estaba dejando crecer el bigote. En cambio, los hombres que estudiaban en el B eran menos atulampados porque la mayoría de esos colegios son mixtos y una mujer adolescente tiene mucho más para enseñar que cualquier profesor.
En el B, como en el resto del mundo, celebraban y siguen celebrando el Valentine’s Day el 14 de febrero, fiesta a la que recientemente algunos wannabe egresados de calendario A les está dando por colarse. Las mujeres de calendario B fueron las primeras en desarrollar esa letra cuneiforme que heredó el legendario Timoteo, el de aquellas tarjetas que le daban ese tono cartoon a nuestras primeras expresiones de amor. Mientras las del A solo pintaban en la parte de atrás del cuaderno un muro de ladrillos donde se asomaba un muñeco narizón, tímido, chismoso y morboso, acompañado de un esquinero: T.Q.M.
Y como la naturaleza es clasista, también hizo su aporte genético y los resultados fueron mucho mejores en el calendario B. Las niñas eran más agraciadas, los tipos más pintas y por eso las cheerleaders y los fashion shows siempre fueron mejores que los nuestros. Las Lolitas estaban en el B porque en el A estudiaban puras Lilianas, Ladies y Lucilas. Uno de los recuerdos que más marcaron mi niñez fue haber ido al Teatro Colón para ver unas primas del Marymount bailando tap en la final de su Talent Show. Recuerdo que un mes después, mi mamá tuvo que bañarme con Ajax porque se me habían pegado pedazos de pavimento en los pies y en la espalda, después de que me obligaron a acostarme en la cancha de microfútbol para bailar mapalé vestido únicamente con una pantaloneta hecha a punta de costales, durante el Día de la Raza.
Pero muchos defenderán el calendario A diciendo que uno no es lo que tiene sino lo que come y en eso también se equivocan porque los de calendario B se alimentaban con un balanceado menú servido en hermosas cafeterías de autoservicio donde las mesas no cojeaban. Y nosotros, ¿cómo no íbamos a crecer con pensamiento proletario si la comida de los colegios de calendario A la vendían en la cooperativa? A las mujeres de calendario B les dictaban clases de equitación y a las del A, de cocina. ¿Cómo no íbamos a vernos como unos pobres mantecos si en la caseta metálica con logotipo de gaseosa lo que más nos vendían era mantecada? A las de calendario B les dictaban ballet y a las del A, mecanografía. ¿Cómo quieren que uno no se vuelva un gañán si los primeros viernes de cada mes había una misa a la teníamos que ir vestidos con saco azul de paño, camisa blanca, corbata vinotinto, pantalón gris, zapatos negros y medias blancas de toalla? Un uniforme de gala, para severas galas.
A la hora de viajes, ellos se iban de excursión a Aruba; y nosotros, nos íbamos en la ruta hacia un centro vacacional llamado Club Villa San Francisco, ubicado en un pueblo cundinamarqués cuyo nombre era bastante sugestivo para un estudiante: Mesitas del Colegio. Las rutas de colegios de calendario B eran las más nuevas y nunca tuvieron que ser reemplazadas ni por buses verdes con blanco ni por ejecutivos. Y mientras los de calendario B llevaban apple pies, brownies y cheesecakes para su Bake Sale, a mí me tocó montarme en la ruta con una bandeja repleta de empanadas y un pocillo lleno de ají que estaba cerrado por encima con papel aluminio y un caucho para poder dejar eso en el salón desde el viernes y vender ese pedido en el bazar del domingo. Ellos siempre estudiaban con el hijo de un político importantísimo, con el hijo de un embajador, con el hijo del dueño de una compañía; y yo, con el hijo de puta que siempre me metía cauchos retorcidos entre el pelo cuando ya me iba a bajar de la ruta. 
Así que me tocará trabajar muy duro para yo le pueda dar la vuelta a ese casete y mis hijos puedan darle play al B. Mientras tanto, en mi casa, me encargaré de que vayan aprendiendo que así como las dos primeras letras del abecedario, todo lo que empieza muy junto y muy cercano siempre termina distanciándose cuando aparece el maldito billete.

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