No sé si Colombia sea el mejor país del mundo, pero estoy seguro de que es único. Solo a nosotros se nos ocurre que al presidente de la primera potencia mundial se le regale de souvenir un burro. En su visita a la VI Cumbre de las Américas en Cartagena, el exalcalde de Turbaco imaginó que, como Barak Obama tiene cara de costeño, también le gustaban los asnos. Demo, así se llamaba el borrico que fue bañado y adornado con un gorro de Tío Sam para que se lo llevaran en el Air Force One. El animal venía con una lata de betún negro dizque para echarle en los cascos. Los miembros del Servicio Secreto no se lo llevaron seguramente porque ya estaban cansados de andar toda una noche tratando de ensillar a Dania Londoño, quien al final resultó montando a pelo. Y claro, tampoco iban a alzar a Demo para meterlo en la Casa Blanca. No me imagino a Michelle Obama regañando al pobre Barak: ¿Y vusté pa’ qué se puso a recibir esa mascota si no la iba a cuidar? Se ha cagado por todas partes. Mire la casa, ya no está tan blanca. Colabóreme con ese animal. Hágame el favor y se para de esa hamaca y va y me embetuna ese burro.

Colombia es el país del Sagrado Corazón porque aquí Dios se nos manifiesta en todas partes, hasta en las humedades. Cuando hay una pared soplada aquí no llamamos al plomero sino al noticiero. En la emisión del mediodía casi siempre sale el patrullero de la ducha al lado de un grupo de fieles arrodillados, rezándole a una humedad en un baño y pidiéndole favores a Nuestra Señora del Estropajo.

Desde los años setenta y ochenta, Colombia ha sido pionero en ecología y reciclaje. Nuestras mamás se anticiparon a esa onda europea de la reutilización de materiales de desecho. Hace 40 años en ningún hogar colombiano se tiraban a la basura los frascos de mermelada Fruco. Se usaban de nuevo como vasos de mesa para servir jugo y gaseosa hasta que se desportillaban y algún hermano se le rayaba la lengua. Aquí las botellas plásticas no se botan, se llenan de agua y se meten dentro del tanque del inodoro para que en cada vaciada no se desperdicie tanto. Y en muchos paseos ecológicos de pensionados, las botellas de dos litros se usan para reenvasar jugo de naranja y/o sopa. No desperdiciamos electricidad con secadoras de ropa, aquí colgamos las medias detrás de la nevera. Nuestras madres no botan las bolsas plásticas del supermercado. Las empacan embutidas con otras 1329 bolsas más en un rincón de la cocina. Las doblan perfectamente en forma de triangulito como si fuera un origami de las mamás: un orimami. Y una vez se acaba el jabón para loza Axión (el verdadero arranca grasa), el recipiente es reutilizado por muchos oficinistas para llevar su almuerzo. Si alguien critica argumentando que en ese mismo empaque venía un jabón, se le refuta diciéndole que como era de limón, eso le da buen saborcito al pescado. En este país el reciclaje se vive en familia. El primo rico estrena ropa y años más tarde se la regala al hermano mayor de uno. Luego la usan los hermanos menores y hasta alcanza para el hijo de la muchacha. Así se rotan y se aprovechan el vestuario, los útiles escolares, los juguetes e, incluso, las novias, porque familia que recicla y fornica unida permanece unida.

Acá tenemos un don que ningún grupo étnico posee: la malicia indígena. Sabemos dónde está el peligro, tenemos una habilidad única para detectar fraudes y por eso nos damos el lujo de fingir que leemos los contratos antes de firmarlos. Nuestra capacidad de análisis es tan eficiente que no sentimos la necesidad de leer el manual de instrucciones de ningún objeto o aparato electrónico que compramos. Basta con desempacar, echar un vistazo y empezar a cacharrear descubriendo cómo se ensambla, cómo funciona y qué hacer con las piezas que sobran.

Somos expertos en estadística. Por eso, las encuestas para medir nuestra felicidad las hacemos los viernes por la tarde, en los tomaderos que quedan frente de las universidades y al lado de las oficinas. Y mientras la humanidad tardó siglos en desarrollar la pintura, la escultura, la música, la literatura, la danza y la arquitectura, nosotros en pocos años, en el tiempo en el que se masificó la telefonía celular, fuimos capaces de desarrollar el octavo arte: hablar pasito-duro en cine. No apagamos el celular porque en el silencio de la sala somos capaces de advertirle a la muchacha que no le vaya a abrir a nadie, podemos cerrar negocios y hasta somos capaces de tener phone sex con su respectivo orgasmo, antes de que se acaben los cortos.

Tenemos la primera fuerza laboral ambulante del mundo. Y si quisiéramos, podríamos exportar venta de productos de primera necesidad como las cucas, esas galletas vallecaucanas, marrones, gigantescas. Los trancones en las autopistas gringas serían mucho más alegres si un vendedor ambulante gritara: Pussies-pussies, one dollar! Want Pussy? One dollar!

Pero el país lo hacemos sus habitantes. Somos una nación de madres solteras por culpa de ciertos padres a los que les gusta quitarse los pantaloncillos pero no ponerse los pantalones. Somos además, huérfanos de estirpe porque hace dos siglos nos abandonó un Estado que cada cuatro años nos promete que va regresar. En este país a nadie le toca fácil y precisamente eso nos hace más berracos. Así somos, una gran masa de gente cuya creatividad es una respuesta a esos momentos difíciles de los cuales salimos usando nuestra capacidad de superviviencia, tenacidad y fuerza. Ese ímpetu es exclusivo de los habitantes de un territorio como Colombia. Ya lo dijo esta famosa poeta exbarranquillera, exargentina, exgringa y ahora españolatina Shakira, somos un país con una libertad… ¡ublime!

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