Lo bueno de los 80 es que nadie se siente orgulloso de haber pasado por ellos. Los jóvenes idealistas que crecieron en los 60 y los 70, que ahora pasan largas vacaciones en sus pequeños apartamentos en Miami -la casa de reposo de la revolución que nunca hicieron-, todavía se atreven a lanzar frases como "nosotros éramos más románticos" o "creíamos en el amor, la paz y la solidaridad" sin reparar en su propio cinismo. No hay asomos de arrogancia, en cambio, en los sobrevivientes de la década de los 80. Se reconoce que el 98% de aquella música podía interpretarse con el mismo sintetizador, que el 87% de la cultura llegaba de los Estados Unidos y que el 17% del planeta aprendió a negar, por obra y gracia de las risas pregrabadas, la desgracia del 83% restante. Se acepta que las cifras se apoderaron de todo. Y se encogen los hombros hasta que llega el fin de semana.
El mundo aprendió a ser lo que es en los años 80. El presidente Ronald Reagan, actor de más de 50 películas de Hollywood, no solo nos enseñó que la hoja de vida sobra en los terrenos virtuales de la política y nos dejó de herencia un chiste maravilloso ("he firmado, queridos compatriotas, una serie de leyes que acabarán con la Unión Soviética", dijo en 1984 sin notar que el micrófono estaba encendido: "bombardearemos en cinco minutos"), sino que simplificó el planeta hasta convertirlo en un pequeño país, no más grande que la mancha en la frente de Mijail Gorbachev o la galaxia lejana de La guerra de las galaxias, un extraño lugar pendiente de la transmisión en vivo y en directo del matrimonio de Diana de Gales y el estallido del transbordador Challenger en su portentoso camino hacia el espacio.
No era un mundo mejor o un mundo peor el mundo de los años 80. Les abrió las puertas a adolescentes mal peinados y a programas de televisión de colores pasteles (¿no son el enfermizo pequeño pony, los amanerados ositos cariñositos y las diabólicas muñecas repollo los peores productos de ese tiempo que reinventó el escapismo?, ¿no se hizo evidente, con el triunfo de Conga, que el pop era una máquina programada por yuppies?, ¿no se pensaba, antes de oírlo cantar I just called to say I love you, que Stevie Wonder solo era ciego?, ¿qué otra época habría podido darle paso a la idea de colorear los clásicos del cine en blanco y negro?, ¿en qué otro momento de la historia de la humanidad un ser como Alf, extraterrestre de felpa, podría haberse convertido en una estrella?), pero nos salvó del horror con personajes como Mister Miyagi, Yoda, Mario Barakus, Alex P. Keaton o Indiana Jones. Nos devolvió, con siglas como PC, CD o Sida, al silencio de nuestras habitaciones. Nos explicó, con el cubo de Rubik, que los días estaban hechos para ponerlo todo en su lugar. Y nos enseñó, con el Atari, que la vida es el viaje aterrador de la rana de Frogger entre los cocodrilos y los troncos.
Sí, el mundo se ha quedado atrapado en los vergonzosos años 80. La nostalgia, en este caso, es imposible. Todavía nos uniformamos, les rendimos culto a los resultados y nos negamos a crecer, como el pobre Michael Jackson, sobre unos horrores que miramos de reojo. Sabemos, de memoria, que los Estados Unidos no son los rebeldes sino el imperio de La guerra de las galaxias. Y, aun cuando es cierto que solo en esta década eterna podría haber aparecido una droga como el Prozac, no debemos decir, como los hijos arrogantes de los 60, que hemos perdido la voz de la conciencia. Se vive, aún hoy, porque es romántico seguir con vida. Se vive, aunque no se proteste por la calle, porque se cree en el amor, en la paz, en la solidaridad. Se duerme bien, como al principio de los tiempos, cuando se dedica el 77% del día a reírse de uno mismo.

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