Dos huevos fritos, un bol de cereal, una ensalada de frutas, tres rebanadas de pan, par tajadas de jamón, un queso pera, una taza de chocolate y un jugo de naranja después, la titán colombiana del levantamiento de pesas Ubaldina Valoyes está lista para su primer entrenamiento del día. No le es fácil mantenerse en 75 kilos, los de su categoría actual, cuando tiene que pasar sagradamente cuatro horas diarias entrenando, dos por la mañana y dos por la tarde. No es fácil, sobre todo, porque su rutina incluye cientos de sentadillas con 85, 110 y hasta 130 kilos al hombro, entre otros ejercicios igual de exigentes.

Ubaldina se considera una afortunada: puede darse el lujo de un desayuno trancado. Pero eso es hoy, cuando ya tiene 32 años y una galería de trofeos que exhibe tres oros panamericanos, otros tres suramericanos y cuatro más centroamericanos y del Caribe. Plusmarquista en todas esas competencias, ha ganado, además, tres diplomas olímpicos, que recibió por meterse entre las ocho primeras de Atenas 2004, Pekín 2008 y Londres 2012.

Son las 10:30, y “la Negra Grande”, como la ha llamado la prensa más de una vez, ya terminó el calentamiento: recoge la barra de 15 kilos en el piso, la lleva al pecho, la sube encima de la cabeza y vuelve a empezar. Otros cinco pesistas la acompañan en el coliseo de la Unidad Deportiva El Salitre. Todos representan a Bogotá en las competencias nacionales, pero no todos pueden alimentarse tan bien como ella. Entrar a una selección regional puede significarle a uno de esos deportistas un sueldo de 800.000 pesos, más o menos. Eso alcanza para los buses —todos, hasta Ubaldina, llegan en transporte público a los entrenamientos—, pero no necesariamente para comer todo lo que les recomienda el nutricionista del equipo, pues tienen hijos que mantener o familiares que necesitan de su apoyo económico.

Muchas de las deportistas que empezaron el proceso con Ubaldina nunca llegaron a una selección, duraron años sin recibir un peso y hoy trabajan como empleadas del servicio. Otras mordieron un par de títulos nacionales y recibieron durante meses los dos millones y pico que ganan los deportistas de élite, pero una lesión —generalmente en las muñecas, en las rodillas o en la espalda, como la que tuvo a Ubaldina seis meses fuera de las pistas— las condenó al olvido y a la pobreza.

Ubaldina nació en Quibdó, Chocó, salió con su mamá a buscar mejor fortuna en Apartadó, Urabá, se hizo pesista en Medellín y terminó representando a Bogotá, donde le ofrecieron siempre los mejores subsidios. Cuando niña había competido en lanzamiento de disco y de bala, pero a los 13 años un entrenador le vio madera para la halterofilia, se la llevó a la capital antioqueña y le enseñó todo lo que sabe hoy.

Llegó a la selección nacional en 2000 y desde entonces no ha parado de competir con el enterizo amarillo que dice “Ubaldina” en los muslos hipermusculosos y “Colombia” en el pecho, también de acero. Esa convocatoria coincidió con el primer oro olímpico que ganó el país, el de su colega María Isabel Urrutia, en Sidney. El levantamiento de pesas también le ha dado a Colombia tres medallas más: dos de plata y una de bronce.

‘La Negra Grande’ todavía no ha aportado la suya, pero espera hacerlo en Río 2016. Dice que está en la edad perfecta de una pesista y que sería el broche ideal —de oro, cómo no— para una carrera impecable. En unos tres o cuatro años quiere ser entrenadora. Mientras tanto, sigue con sus cientos de sentadillas diarias y con su estricto esquema de alimentación para no bajar de 75 kilos. Pocos minutos después de que termine su primer entrenamiento del día, se vendrá el almuerzo: un buen pedazo de carne, una taza de sopa de verduras, lentejas, arroz, una ensalada, una porción de banano y un vaso de jugo de guayaba.

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