Sin restaurante, sin botones, sin ventanas, sin internet, sin desayuno incluido, sin servicio de lavandería; sin estrellas. Desde que abrió en junio de 2009, al Null Stern Hotel (Hotel Cero Estrellas, en español) en Teufen, Suiza, han llegado mil huéspedes de más de veinte países entre los que se incluyen Jamaica, Japón y Arabia Saudita. No importa en qué hotel de lujo u hostal de mala muerte uno se haya quedado, esta es una experiencia como ninguna otra. El concepto es sencillo y, aun así, complejo. Frank y Patrik Riklin son dos hermanos artistas de Saint Gallen a quienes en la primavera de 2008 se les ocurrió usar uno de los muchos búnkeres del ejército suizo para hacer un hotel. Queda en Teufen, a dos horas de Zurich y a diez minutos de Saint Gallen en tren. No tiene ventanas porque está dos metros bajo tierra y encima de él hay un ancianato cuyos inquilinos, temerosos de perder su tranquilidad, se oponían, pero que ahora trabajan ocasionalmente en él para pasar las horas muertas, que para una persona de la tercera edad en Suiza son demasiadas.

Así, el Null Stern es una obra de arte, austera y bien pensada. El único televisor es uno de tubos de hace treinta años, ubicado en una pequeña sala y conectado a una cámara que enfoca los Alpes. Así es también la única ventana al mundo exterior. Las puertas, incluida la de la entrada, son de acero de 25 centímetros de grosor y 300 kilos de peso, imposibles de manipular con una sola mano. La recepción es un pequeño mostrador con un teléfono, una lámpara y un timbre para llamar al mayordomo, uno de los tres empleados que tiene el hotel. Los otros dos son las señoras que se encargan del aseo.

La hora de entrada es de 5:00 a 7:00 p.m. y la de salida de 8:00 a 10:00 a.m. De 2:00 a 5:00 p.m. funciona como un museo al que han venido unas 7000 personas, porque no es poco lo que hay que ver. Cuando era un búnker, tenía capacidad para 202 personas y era usado cuatro semanas al año para realizar maniobras de entrenamiento, pero la Guerra Fría se acabó hace dos décadas y su existencia se volvió casi un sinsentido. Ahora es un lugar con dos grandes ambientes y 14 camas, todas ellas adquiridas de hoteles cuatro estrellas, algunas con más de 120 años de antigüedad. La cama first class cuesta 25 francos la noche, y la deluxe, 30, lo que viene siendo 50.000 y 60.000 pesos colombianos, respectivamente. Hay una tercera opción para cuando las 14 camas están ocupadas, se trata de una habitación con 18 catres del ejército, cada uno a 20.000 pesos por noche.

Cada cama tiene una mesa de noche con una lámpara y unas orejeras por si el ruido no deja dormir, y quien llega encuentra sobre su cama dos toallas, un chocolate y unas pantuflas. Null Stern no es para desconfiados ni pudorosos. El único atisbo de privacidad la constituyen 14 lockers donde los huéspedes pueden guardar sus cosas, aunque acá nadie se roba nada. El baño son dos duchas comunales con una cortina naranja justo al lado de la recepción, cinco inodoros —dos para hombres, tres para mujeres—, un vestier y un gran lavamanos de metal con cuatro salidas de agua. El espejo —el único del lugar— son tres láminas de metal pulidas.

El mayordomo, empleado típico de los hoteles de lujo, está para cumplir los deseos de los clientes. Cada mañana lleva a la cama de los huéspedes café, té o jugo de naranja, lo que constituye el único servicio de comida, y puede satisfacer ciertas necesidades, como por ejemplo lavar por su cuenta ropa si es absolutamente necesario, pero no es esa una función que esté incluida en el servicio.

Hay una rueda de la fortuna hecha con un rin de bicicleta que los clientes ponen a girar para sortear, por ejemplo, a qué hora se debe apagar la luz, quiénes se bañan con agua caliente, porque no siempre alcanza para todos, y si se prende o no el sistema de aire, que es importante porque renueva el ambiente dentro del búnker, pero hace un ruido que no deja dormir a algunos.

Acá no hay noción del tiempo. La iluminación es igual así sea de día o de noche, y la temperatura es siempre fría aunque afuera haga 35 ºC en verano o -10 ºC en invierno. Se puede oír si el de al lado ronca, o se mueve toda la noche, como en un hostal, salvo que esto no es un hostal. Por la mañana los clientes charlan entre sí sobre la experiencia; en el Null Stern se han hospedado bebés de seis meses de edad, personas de 84 años, gente común y corriente y hasta millonarios deseosos de quedarse en un hotel diferente.

Hay un estrecho túnel de unos 25 metros de largo que da a un jardín y que algunos usan en lugar de la puerta para entrar al hotel. Llegan, tocan el timbre y el mayordomo, que siempre está de blanco, con guantes y corbatín, les abre la compuerta que está escondida entre los árboles.

La idea del hotel cero estrellas ha tenido tanto éxito que hasta al pequeño Teufen han llegado cientos de periodistas, incluyendo las cámaras de CNN y RAI, gesto que el gobierno de la ciudad ha agradecido no cobrándoles arriendo a los hermanos Riklin por usar el búnker.

Artistas de corazón, no gastaron 10.000 euros —30 millones de pesos— en el Null Stern para hacerse ricos, aunque ese parece ser su destino. Hace poco tuvieron una reunión con unos inversionistas rusos que estaban dispuestos a llevar el concepto de hotel cero estrellas a todos el mundo. Luego de tres horas de exposiciones y ofertas millonarias, Frank y Patrik se miraron entre ellos y dieron por terminado el encuentro. Su hotel es por ahora arte conceptual y masificarlo significaría acabar con su esencia.

Hotel Null Stern

El minibar es una nevera y una máquina de café que están en el depósito donde guardan las sábanas. Todo cuesta dos dólares y ofrece:

• Agua embotellada
• Jugo de naranja en caja
• Café expreso
• Café con leche
• Chocolate caliente

Tipos de cuarto
Catre militar: US$10
Primera clase: US$25
De lujo: US$30

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