En mayo del año pasado me fui con tres amigos a viajar por Suramérica, o sea en invierno. La ruta fue Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina, en plan mochilero, en bus. Desde La Paz tomamos camino hacia Uyuni, un pueblucho a la entrada del salar más grande del mundo, casi congelado por el frío del desierto de sal. Tan frío era, que en el hotel donde nos quedamos el agua de la ducha no salía porque estaba congelada. Ahí contratamos un tour de tres días en los que se recorren mil kilómetros por todo el salar en camionetas burbuja viejas, como de mafioso. El recorrido empezó en el cementerio de trenes, luego fuimos a una fábrica de sal, donde nos advirtieron que usáramos gafas de sol, pues el brillo de la sal es enceguecedor, y de ahí nos fuimos para el hotel, que más que un hotel es un museo, donde uno no se puede quedar. Todo era en sal, por fuera y por dentro, las camas, las paredes, los pisos, las sillas, las mesas y la decoración. Para entrar tocaba comprar algo, nosotros compramos Snickers, pues en medio de toda esa sal, solo dan ganas de dulce.

Después de entrar diez minutos, dar una vuelta y salir, nos llevaron hasta un coral lleno de cactus, y ahí almorzamos. Al atardecer volvimos al hotel donde pasamos la noche. Era muy pequeño, compuesto por algunas casas de sal. En la casa donde dormimos, nos quedamos 12 personas, tenía cuatro cuartos y dos baños. La recepción era un bloque de sal, la mitad de la pared era en sal, las camas eran bloques de sal, las mesas estaban hechas en sal, las sillas eran de sal, hasta el piso era de sal, lo cual fue un problema para acostarse a dormir sin llenar el sleeping bag de sal. El hotel es de paso, donde uno se queda apenas unas horas, razón por la cual no hay electrodomésticos, lo único que vendían era trago, eso no puede faltar en ningún pueblo.

El guía, que además era conductor y cocinero, preparó la comida junto con el guía, conductor y cocinero de otra camioneta y el encargado del hotel. Esa noche tomamos ron y jugamos cartas con unos chilenos, canadienses y franceses. No salimos sino hasta el otro día por la mañana cuando continuamos el viaje, pues el frío no era normal. Claramente nos fuimos sin bañarnos, ya que solo había dos duchas para 12 personas. Los que se bañaron dijeron que el agua no era tan caliente pues la ducha era eléctrica, además, unos minutos más de sueño son más importantes que una ducha de gato.

En Bolivia no hay reglas, menos en un hotel en la mitad de un salar. En la casa solo había una persona encargada de recibirnos y de cocinar. Uno de mis amigos rasgaba la sal de las mesas y se la echaba al huevo.

La entrada del hotel es impactante, sobre todo por el piso, pero después uno se acostumbra y casi ni nota que es de sal, lo que sí es en verdad increíble es el paseo que hay hacer para quedarse en él. El salar es inmenso, los atardeceres son impresionantes y las lagunas verdes, blancas y rojas parecen de otro mundo.

HOTEL DE SAL
Tour por el salar de uyuni: US$90.
 HABITACIÓN: US$5.
Rarezas: La consistencia que tienen las paredes de sal. Del tour, el hotel de piedra y las lagunas en medio del desierto. En este tipo de hoteles, en los que no hay electricidad ni tubos de agua se hace imposible cualquier lujo, incluyendo una botella de agua. Ni minibar, ni televisión, ni teléfono se encuentran dentro del hotel.
Habitaciones: 16
Huéspedes ilustres:  No existen por el momento.


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