La madre naturaleza dotó a los recién nacidos de una infinita dosis de belleza y ternura; de mecanismos de defensa altamente sofisticados y efectivos, diseñados para que los padres no sintamos ni el más mínimo asomo de rabia o malestar cambiando pañales nauseabundos, preparando teteros a las 3:00 de la mañana, provocando eructos sin tregua y cantando nanas durante largos meses de insomnio. Incluso durante las siguientes etapas de la niñez, en los momentos más álgidos, natura se encargó sabiamente de disuadirme para que no entregara a ninguno de mis hijos en adopción, mediante mecanismos brillantes. Una sonrisa angelical después de regurgitar toda la existencia de compota, sus primeros pasos luego de arrancar las cortinas, o el primer “papá”, con abrazo incluido, después de ahorcar al gato. Superada la infancia, uno siente que de alguna manera su labor como padre ha concluido, que la crianza en términos generales ha sido exitosa y que por fin podrá relajarse un poco y bajar la guardia. ¡Error! No bien se ha terminado la infancia, comienza la pubertad y con ella la adolescencia, como para que no quede la menor duda de que la naturaleza también se equivoca.

Ser padre es una tarea titánica, pero si alguien me hubiera dicho que además tendría que ser el padre de una niña adolescente, estoy seguro de que, iniciando la dentición, la habría depositado en una canastica en la puerta de la fundación Los Pisingos sin el menor remordimiento.

Mi hija fue siempre particularmente dulce conmigo, consentida y amorosa. Comparando su infancia con la de mis otros dos hijos, pequeños demonios, la suya fue absolutamente tranquila, con lo cual me atreví a presagiar con cierta certeza que su adolescencia transcurriría en calma. Segundo error. La adolescencia en las niñas es infinitamente más devastadora que en los niños. La eclosión de la primera espinilla desencadena un cataclismo hormonal de consecuencias insospechadas, que las lleva, en primera instancia, a odiar a padre y madre por sobre todas las cosas.

Yo, que había sido hasta ese momento su héroe, pasé a ser de repente el motivo de los osos más descomunales. Me prohibió hablar con ella delante de sus amigas, haciéndome gestos desobligantes y cantando con sorna: “Pinta un bosque y piérdete” o “Close the window”. Dejó de llamarme “papi” para decirme “Diego” y, tratando de que yo no lo notara, decidió viajar en la parte de atrás del carro para aparentar que tenía chofer. Aprendió a chatear a la velocidad de la luz, utilizando un lenguaje cifrado: “Qubo mk nos vmos sta tarde n ksa de Lau. bsss tamo”. No sé muy bien qué dice pero sospecho que estaba enamorada. Cualquier manifestación física de cariño quedó vetada, la ropa que le compro le parece “un asco, marica”, y Pau Ferro sí tiene un papá que le regaló un iPhone de 64 GB con plan abierto y la deja quedar en las fiestas hasta las 4:00 de la mañana.

Ser el padre de una niña adolescente es una prueba de estoicismo sin par. Pero ser el padre separado de una niña adolescente con intenciones de rehacer la vida con otra mujer es, junto con el recorrido a pie del camino de Santiago de Compostela, la prueba reina en pos de la beatitud.

Las pobres mujeres que aceptaron el desafío asumiendo que se enfrentaban a una igual pero más chiquita evidentemente olvidaron por completo su propia adolescencia, y después de toda clase de estrategias, regalos y charlas a solas “entre mujeres”, terminaron sucumbiendo, como era natural, ante la andanada de desplantes, malas caras y groserías. Con la última de ellas perdí para siempre la posibilidad de recomponer mi vida sentimental.

Pero, por suerte, no hay mal que dure 100 años, y al fin en algún punto las hormonas comienzan a ordenarse y la adolescente se va convirtiendo en mujer. Poco a poco va dejando atrás la edad de la “caca de gato”, se acaban las rabietas, sube la autoestima, y la relación entre padre e hija llega a su momento ideal. Ahora salimos a comer, charlamos y nos morimos de la risa. A veces soy yo el que tiene que pedirle que no me abrace en público, porque me muero del pavor de que se diga que me convertí en un viejo verde.

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