Conocí a mi marido hace diez años. Romeo al lado de él era un aparecido. Hizo de todo para conquistarme. Me llevó al cine, me regaló libros, discos; me escribió cartas de amor, me mandó regalos a través de un mensajero. Me llevó a cenar a un restaurante con pianista. Me emborrachó, me declaró su amor una y mil veces y se bancó mi caprichoso “¡no, no!, te quiero como amigo”. (El extraño matrimonio de la Cicciolina (y su vida sexual))

El pibe laburó un montón, de eso no me puedo quejar. Estuvo meses insistiendo. Hasta el día de hoy me pregunto por qué insistió tanto. No es que yo sea un mamarracho pero no sé si da insistir tanto… Sobre todo a mis 23 años, sin terapia, viviendo con mis padres, con una histeria insufrible y sin un claro plan para esta vida.

Finalmente lo logró. Su trabajo empezó en agosto y se concretó en marzo del año siguiente. Y dio resultado: yo me enamoré perdidamente de él. No por su facha, claro. Mi marido es bajito y pelado. Tiene una cabeza enorme y un cuerpo chiquito, pero me llegó al corazón, un lugar donde muy pocos logran asomarse.

Al principio todo era color de rosa. Todas las noches dormíamos juntos, aunque casi no dormíamos. Me dejaba el desayuno preparado en la mesa de la cocina. Me dejaba cartas en la mesa de la cocina… me decía ‘Te amo’ y esas cosas. (Sexo y matrimonio con robots será pronto una realidad)

Así fueron pasando los días.

Siempre pienso que un hombre puede estar meses, años, décadas queriendo conquistar a una mujer y cuando lo consigue, lo concreta, a los segundos ya está pensando en cómo hacer para que no le rompa las pelotas.

Es que al principio el hombre hace todo lo que le decís porque te quiere levantar (para no decir coger), y después hace todo lo que le decís porque te tiene miedo. Ese miedo que suelen adquirir los hombres hacia sus mujeres con el paso del tiempo. Ese miedo al planteo, al enojo, a la cara de orto.

Diez años después no digo que no me soporte. De hecho me tiene bastante cariño. Tenemos una hija en común y hasta aprecia a mi familia… Pero evidentemente la efusividad con la que me expresa su amor cambió.

El otro día yo quería hablar y él me miraba con esa cara de poca paciencia que suelen poner los hombres. Entonces lo amenacé una vez más para que reaccionara: “Si querés nos separamos y listo”. Tal vez una mujer como yo, que vio tantas películas románticas, hubiera preferido un “antes me muero” o “sin vos la vida no tiene sentido”, pero no… me dijo, “la mudanza es un lío”. (El matrimonio de la pareja más bajita y otros récords del 2016)

No digo que sea fácil convivir con una mujer. No es fácil convivir con alguien que cambia todo el tiempo de parecer. Que se angustia y llora sin un argumento concreto. A veces no lo banco. Lo odio. Me aburro. A veces quiero que hagamos algo loco, que sea un descontrolado, que se caliente conmigo más que con cualquier otra.

Pero las mujeres tenemos que entenderlo de una vez por todas: el hombre cambia mucho con los años de pareja. Al principio todos son divinos. Todos. Cuando era una joven inocente, me creía todo lo que me decían: “Sos hermosa”, “nunca me pasó algo así con nadie”, “qué linda piel”.

Pero con los años y la experiencia acumulada empecé a notar que no solo se repetían esas frases en cada uno de los hombres que conocía, sino que con el correr de algunos encuentros esas frases desaparecían para siempre…

Tuvieron que pasar muchos años, muchas frustraciones y muchas lágrimas para que yo me diera cuenta de cómo funcionan los hombres. No me voy a hacer la canchera porque siempre se puede volver a caer en la trampa. Pero por lo menos tengo mis mecanismos activados para que ningún sátrapa me quiera hacer sufrir.

Hoy por hoy, tengo absolutamente desenmascarado al sexo masculino. Te dice lo que sabe que a una mujer le gusta escuchar, te dice lo que sea con tal de que te entregues; y nosotras, que aunque nos encantaría tener cabeza de tipo y pensar como ellos, somos minitas y no podemos. No podemos hacernos las superadas. No podemos evitar la ilusión de pensar que alguien se va a enamorar locamente de nosotras. (Las 5 bodas más caras de la historia)

Es cierto que es muy difícil convivir y mantener el romanticismo. Soy muy malhumorada cuando tengo sueño; me depilo el bozo y le hablo con la cera en el bigote y cuando tengo mocos en la garganta hago un ruido espantoso. Por mi parte, hace diez años que veo cómo sale del baño con las revistas en la mano y esa indudable cara de “cómo cagué” (además de que la mayoría de las veces se olvida de tirar desodorante).

Igual lo quiero. Quiero a mi marido porque se preocupa por mí. Obvio que muchas veces me atraviesa la idea de estar con un carilindo calentón, y seguramente él a veces prefiera a una pendeja de 20 con las tetas más paradas que las mías; pero también creo que debe haber pocas cosas más lindas en la vida que llegar a los 80 con tu compañero o compañera de vida, poder disfrutar juntos de los nietos y saber exactamente qué cosas lo hacen feliz.

Odio ser pretenciosa y terminar esta nota intentando dejar un mensaje, pero quiero avivar mujeres. Tenemos que aprender a distinguir lo sólido de los espejitos de colores. Son hermosos, me encantan, me atrapan, pero son como la espuma, cuando la querés agarrar se deshace. Así son la mayoría de los hombres que nos pretenden. Y nosotras, cabeciduras, obstinadas, ciegas, caemos una y mil veces en la trampa.

No sé si con los años me volví más realista o perdí el romanticismo o qué, pero hay cosas creo que ya entendí… Y prefiero quedarme con mi chico. (Maneras en las que no debe pedir matrimonio jamás)

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