Hay tres cosas que no dejan de sorprenderme de El Cairo: la primera es el cielo. No he visto nada parecido a un cielo tan azul como el de acá y creo que no lo veré jamás. La segunda es la devoción de la gente. Me sigue pareciendo muy extraño ver personas arrodilladas en plena calle rezando (como se sabe, los musulmanes deben orar cinco veces al día en horas preestablecidas y se deben hincar mirando hacia La Meca sin importar el lugar donde estén). La tercera es que los egipcios, cuando se te acercan te huelen, como que te husmean, algo bastante incómodo pero manejable. A lo que sí no me he acostumbrado es a la falta de papel higiénico en los baños. Eso del limpiarse con un chorrito de agua no es para mí, por eso llevo mi propio rollo de papel más o menos debajo del brazo.
El Cairo es una ciudad caótica y estruendosa. Pasar una calle de un lado a otro puede ser la peor experiencia de la vida. No hay cebras, hay muy pocos semáforos y ningún policía de tránsito. Casi siempre a uno le toca ponerse detrás de una mujer y dejar que ella le haga frente a los carros. Por la noche muy pocos prenden las luces y no dejan de pitar.
Aunque no es una ciudad donde existen muchos sitios de rumba, la gente, sobre todo los hombres, permanecen hasta altas horas de la noche en las calles, paseando o fumando schischa (narguile o pipa de agua) en las esquinas. Son muy buenmozos, sobre todo los de raza nubia, que son los descendientes de faraones y se encuentran en su mayoría en otras ciudades de Egipto como Luxor y Aswan. Ellos son una mezcla muy exótica entre árabes y africanos. En cambio, es difícil apreciar la belleza de la mujer porque siempre andan muy cubiertas. Las pocas que he visto bien son muy bonitas, las jóvenes, porque las mayores casi todas son
gordísimas.
El contacto corporal entre los hombres es muy frecuente. Se toman de la mano, se les ve abrazados y la distancia con las mujeres es total, todo lo contrario a nosotros. En Egipto supuestamente la homosexualidad se condena, pero esa cercanía entre hombres tan usual me hace pensar que de noche todos los gatos pueden llegar a ser pardos.
En general, la gente es muy amable aunque siempre están esperando algo de uno, siempre quieren obtener algo de ti. Por ejemplo, cuando llegué las primeras palabras que aprendí fueron 'la, suckran', que significa 'no, gracias'. Es increíble la cantidad de vendedores que se te acerca a ofrecerte cosas. Lo bueno es que a pesar de lo atestadas que viven las calles y del tráfico tan complicado y desesperante, El Cairo es quizás una de las ciudades más seguras del mundo. Jamás se oye de un robo, de un atraco o algo parecido. Aunque yo sí estuve una vez en peligro de muerte.
Por equivocación entré en un apartamento que no era el mío y encontré a una mujer desnuda. Me pegué un susto tremendo porque dicen que si el marido se entera te puede llegar a asesinar. Me tocó perderme durante un tiempo, irme de viaje al desierto.
Otra vez, por puro curioso, abrí una puerta en una mezquita y resultó ser el cuarto donde rezan las mujeres y como está prohibido que cualquier hombre siquiera se asome, me salió a perseguir una señora. Me gritó como dos cuadras.
Pero definitivamente ser hombre en El Cairo es mucho más fácil que ser una mujer extranjera. Las que he conocido son demasiado coquetas con los árabes, demasiado lanzadas para ellos, por eso muchos las consideran casi prostitutas y no faltan los casos de violaciones.
Como en la mayoría de las ciudades del Tercer Mundo, en El Cairo la riqueza convive con la pobreza. A la vuelta de un barrio sucio y extremadamente pobre, repleto de callejuelas, uno se puede encontrar con imponentes edificios a las orillas del Nilo, hoteles cinco estrellas, mezquitas suntuosas, cruceros de lujo y museos con las reliquias más impresionantes. Por otro lado, las pirámides pueden verse desde muchos puntos de la ciudad.
Una de las avenidas más famosas de la ciudad es la de Khan Al-Khalili. Al final de esa calle, más allá de la plaza Hussein, se encuentra el café Al Fichawi, donde se sirve el mejor narguile de Egipto. Si alguien quiere saber verdaderamente qué es vivir en El Cairo entonces tiene que ir a ese sitio, sentarse en una de sus mesitas de afuera, pedir una pipa de agua y fumarla por una hora mientras ve cómo una de las ciudades más viejas del mundo vibra sin parar.

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