"Según mis cálculos y a la hoja de ruta trazada, y bajo el supuesto caso de recorrer un promedio de 700 km diarios, estaremos arribando al Estrecho de Magallanes en solo cinco días", aseguraba Carolina.
Era ella quien lo había propuesto y financiaba el viaje. Mi responsabilidad consistía en conducir más de 9.000 km en el plazo de un mes. Íbamos a 'vivir' cuatro semanas en la Patagonia. El objetivo: ascender y contemplar por unos instantes las majestuosas Torres del Paine en el corazón de la Patagonia. La ruta: cruzar la Patagonia argentina a la altura del Parque Nacional Nahuel Huapi para luego recorrer casi 2.000 km por la Costa Atlántica hasta el Estrecho, luego nos internaríamos nuevamente en territorio chileno hasta Puerto Natales. Durante los siguientes siete días caminaríamos hasta alcanzar la cumbre. El carro: un Subaru Justy 4x4 equipado con una capota, una tienda de montaña, una cocinilla, alimentos no perecederos, mapas, una antología de poetas expresionistas, The white album y Sergeant Pepper's de los Beatles, un compilado de Jimi Hendrix, Víctor Jara y Mercedes Sosa.
Los primeros kilómetros eran ruta conocida, dejábamos tras nosotros los lagos Panguipulli, Ranco, Llanquihue y Todos los Santos para internarnos, a través de la Cordillera de los Andes, hasta la ciudad de Bariloche. El paso fronterizo nos tomó solo unas cuantas horas.
Durante la mañana del día siguiente, compramos algunos chocolates, cargamos el estanque con combustible y sumamos un bidón con 25 litros de reserva. Las distancias en la Patagonia son enormes, es muy común que entre cada pueblo y cada gasolinera se deba recorrer más de 300 kilómetros. La ruta, en estos lugares, es una larga serpiente de asfalto. Conducir se hace extremadamente tedioso y monótono. Solo la imprudencia de algún zorro o ñandú puede sacudirte del embrujo de la ruta. A veces, durante las tardes, el viento suele levantar remolinos de polvo y arcilla. Es el aliento de la Patagonia, nos dicen. Cuando esto ocurre la gente se oculta en sus casas, el fenómeno puede durar una o dos horas, o uno o dos días.
Finalmente, cuando la noche nos da alcance y cae sobre nosotros como una manta agria, divisamos una ciudad a lo lejos. Se trata de Comodoro Rivadavia, una de las ciudades mas prósperas e industrializadas de la Patagonia.
Las enormes distancias y el cielo habían conspirado, alterando nuestra relación con el tiempo. Es cierto eso de que uno se olvida de las horas y los días. "No hay prisa", parecía susurrarnos al oído la tibia brisa de la mañana. Fue recién entonces cuando emprendimos el otro viaje, el largo viaje que nos condujo hacia el frío corazón de la Patagonia.
Preparados para resistir siete días de caminata, con 15 kilos de peso en nuestras mochilas, iniciamos el recorrido. Flanqueando los cuernos del macizo andino, fuimos dejando atrás todo rastro de presencia humana, las praderas iban dando paso al granito, las morrenas a los glaciares. Bajo un bosque de pequeños coihues tendemos nuestro campamento. Con el paso de los días reconocemos cada piedra, cada arbusto, cada flor que se niega a morir.
Si mal no recuerdo, fue durante la cuarta jornada cuando alcanzamos el mirador Dickson. Desde tan privilegiado lugar es posible ver cómo los campos de hielo cubren y moldean el paisaje. Es aquí donde uno se pregunta sobre el verdadero significado de las cosas. Sobre el fin último de nuestros actos. El espíritu se impregna entonces con la soledad y la vastedad del paisaje y uno deja de ser el mismo. Para ser otro.

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