Si los novios ya han superado todos los obstáculos; si a sabiendas de que el matrimonio es una empresa complicada que requiere grandes dosis de paciencia, manejo y cesiones de terreno, la decisión de dar el paso hacia el altar o, en su defecto, a la notaría está tomada; si ya escogieron padrinos, diseñador para el vestido de la novia, chef y menú, y dónde armar la rumba, llegó la hora de pensar en los regalos. Aquí van algunas sugerencias.

Para empezar, que no se les ocurra la “lluvia de sobres”. Es de pésimo gusto. Descartada la colecta, el paso a seguir es hacer una lista de los almacenes y escoger los regalos pues no solo les facilita la vida a los invitados, sino que de alguna manera blinda a la pareja contra toda clase de adornos y cosas inútiles que los dejan encartados. No sobra advertir, sin embargo, que es conveniente escoger regalos para todos los presupuestos: desde “detallitos”, para los de bolsillo estrecho o mano corta, hasta bandejas de plata, vajilla, cubiertos, copas de cristal, para los de chequera pesada.  

Otro paso importante es hacer una lista de los electrodomésticos básicos: nevera, televisor, lavadora, horno microondas, plancha, sanduchera, waflera, tostadora, cafetera y etcétera. Hay aparatos para todo, unos más inútiles que otros: desde ollas para hacer arroz y fritar papas hasta máquinas para hacer pan y exprimidores de vegetales que producen unos horrorosos jugos color verde sopa de alverja que recuerdan ese líquido viscoso que escupía la posesa de la película El exorcista. 

Dependiendo del valor de los aparatos escogidos, lo mejor es sugerir hacer vacas a familiares y/o amigos. Por ejemplo, con respecto al televisor, mi sugerencia es tratar de armar dos vacas para dos televisores. Sí, DOS televisores. Es la fórmula perfecta para erradicar desde el comienzo la posibilidad de que el control por el control remoto se convierta en la semilla de una discordia que, como el dentífrico espichado por la mitad, puede terminar en divorcio. 

Y a propósito de vacas, son buenas para hacerse a muebles de diseño —una mesa Noguchi, una silla Barcelona, una espectacular Eames o una de las varias de Philippe Starck— o para adquirir una obra de arte. Eso sí, escogida por los novios. De lo contrario, el riesgo es que les regalen un gamín de Omar Gordillo, un mazacote abstracto de Tessarolo, una paloma de Montoya Romanowsky, un guerrero de Armando Villegas o, aún más azaroso, un bodegón de flores y frutas pintado por una tía que ha tomado clases con Manzur. 

No sobra tampoco pedir un perro para que usted tenga compañía durante esas mañanas del fin de semana cuando el consorte no puede dejar de cumplir la cita para jugar fútbol con amigos o para montar a caballo o lo que sea, pero siempre sin su compañía. Y también sirve, por qué no, para calentarse los pies en esas frías noches que él dedica a jugar cartas con sus compañeros de trabajo o cuando olvida mirar el reloj y se le va la mano empinando el codo. Ninguna frase más sabia que aquella atribuida a lord Byron: “Mientras más conozco al hombre más quiero a mi perro”. 

Y que no crean que con la lista de regalos van a tener todo controlado. No, es inevitable que algunos invitados decidan apartarse de las sugerencias y eso incluye la posibilidad de que les reciclen regalos o de que alguna tía tacaña desempolve una antigualla y la brille para la ocasión: en el mejor de los casos, una inútil coquita de plata; en el peor, una de electroplata o una porcelana pasada de moda. De todas maneras, mi consejo es que guarden las tarjetas para evitar que a la hora de un nuevo reciclaje, un regalo no acabe en las manos de los recicladores iniciales. 

En caso de que los novios sean muy solventes y quieran hacer algo mejor que llenarse de cosas, pueden seguir la línea del príncipe William y Kate Middleton: pedir a los invitados que donen algo a una fundación escogida por ellos. 

Finalmente, el único regalo que no puede faltar es el manual Cómo mantener a raya a los suegros y no morir en el intento. Viene en edición de lujo, empastada en cuero y empacada en un estuche de madera. Es una especie de tratado de límites porque, como es sabido, el matrimonio implica también casarse con los suegros. Debo advertir, sin embargo, que el manual no es infalible, que no siempre funciona, caso en el cual su destino es la chimenea —para alimentar el fuego de la discordia— o la caneca de la basura. El reconocimiento de la derrota. 

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