Dicen que detrás de cada mujer indignada hay un hombre que no tiene la menor idea de qué diablos hizo mal. Pero si está leyendo esto es porque usted sabe que la caga conscientemente, cuando no lo hace intencionalmente.

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Lo primero que le puedo recomendar es: ¡no la cague más! Y, claro, no diga (más) mentiras. Si ella lo encara, no se ponga a recoger el desorden y a bajar la tapa del inodoro como si no hubiera hecho nada; entienda que la peor estrategia después de una embarrada es hacerse el loco.

Tampoco se aparezca con las típicas rosas rojas que supuestamente amansan a las mujeres, y menos si son del semáforo. Eso de las flores para descagarla es un mito y, créame, no le va a funcionar para tranquilizar a su mujer. Y no ponga esa cara de manipulador arrepentido, como la del gato de Shrek, a menos que sea Antonio Banderas.

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Más bien invierta esa energía en prepararse como todo un caballero para pedir perdón. Entienda que la sangre de ella está hirviendo, que tiene una rabia del tamaño de la luna llena, y las disculpas —sinceras e inmediatas— que le debe pedir tienen que ser de esa misma proporción. No hay hábeas corpus que valga. Escúchela y reconozca que la cagó. Truco infalible: demuéstrele que la ama. Desde un abrazo hasta un crucero se valen para hacerle ver que está arrepentido. Y para terminar: ¡aprenda y no repita!

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