El esplendor del pasado y los elementos de estilo son el tema primordial cuando nos aventuramos en el deporte de los persas y marajás. Todos tenemos derecho a soñar, y si las niñas hemos querido ser las princesas del cuento, los hombres, muchos de ellos, han soñado con ser uno de los ocho jugadores elegidos con el número 1 en la espalda y unas botas de cowboy altas hasta la rodilla, ser dueños de más de cinco yeguas argentinas de pura sangre. Lo primero para entrar a este paradisíaco deporte es tener unas piernas muy fuertes y protegidas, para no hacer el oso y caer cuan largos somos en la primera tacada en medio de la cancha frente a las tribunas atestadas de lindas espectadoras de la crema y nata de nuestra sociedad, todas con inmensos sombreros de paja y pañoletas Hermès… Solo si se ha tenido a lo largo de la vida mucho estilo, como en el caso de nuestro ex alcalde Emilio Urrea, que en paz descanse, y quien siempre jugó con el distintivo de Torreladera, el color magenta, que se lo ponía hasta las patas de las yeguas, siempre se vio espectacular. Lo mejor entonces es ceñirse a los códigos estrictos del uniforme como el príncipe Carlos de Inglaterra. El casco maler, rodilleras, taco, fusta y desde luego… caballo. Los observadores deben tener blazer de cashmere de Ermenegildo Zegna, traído de Milano o comprado en el Andino. Zapatos, medias y calzonarias de Hugo Boss de Le Collezioni, foulard reciclado del papá, de pura seda, o comprárselo a Jean Pascal en la calle 90 abajito de la 11. La loción es la carta de presentación y todas se consiguen en La Riviera, que hay una en cada centro comercial.

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