Mis inicios en el fútbol datan de 1982. Del miércoles 16 de junio. Francia e Inglaterra se batían en un partido más que esperado en el Mundial de España. Mi papá llegó tarde y apurado con una bolsa de almojábanas, el libro de oro de Condorito y cuatro sobres de monitas para el álbum de Panini.

Una semana antes nos hubiéramos tirado, primero sobre el Condorito y luego sobre la bolsa manchada de grasa, pero en pleno mundial y acalorados con la primera fiebre de fútbol y con el deseo de llenar cuanto antes el famoso álbum, escogimos rápidamente dos sobres de monas para cada uno y condoritos y almojábanas quedaron por fuera de nuestro interés mundialista.

Ese día grité eufórico mi primer tanto, al abrir el segundo sobre, una verdadera joya me miró con su cabello ochentuno, ¡Paolo Rossi!, el más buscado, el más difícil, el más caro en el mundo de la reventa, el incambiable en el recreo, la mara de los usureros de los puestos de revistas de la Calle 19. ¡Paolo Rossi! Sin perder tiempo lo dispuse en su sitio mientras mi hermano mordía amargamente una seca almojábana y barajaba una y otra vez las cuatro estampas repetidas de Bobby Almond y Ricky Herbert, integrantes de la selección de Nueva Zelanda que compartían la misma mona.

Antes de esos días no había hecho más que patear balones ajenos y escurrirme por entre Landínez y Juancho hasta llegar en solitario, y en dominio de la esférica, al poste del alumbrado público que custodiaba el cancerbero Robertico, y tenía en mi haber una que otra figura con la pecosa, nada trascendente, por esa época no me preocupaba el fantasma del descenso. Pero de aquello nada. Sólo hasta ese miércoles supe que dentro de mí había un fanático en potencia y que aunque el mundo se me viniera encima y mi papá nunca nos comprara un balón, yo iba a ser futbolista.

Nadie podía negar que tanto en lo físico como en lo futbolístico yo tenía cierto aire a Paolo Rossi, y así se lo hice ver a mi hermano y a mis amigos, que me irritaban en cada compromiso potreril cuando me arrebataban ese nombre al narrar las acciones del encuentro. “Todos podemos ser Paolo Rossi”, decían. Por supuesto, esa sandez no sabía soportarla y muchas veces preferí abandonar el potrero de juego, narrando para todos los oyentes: “Paolo Rossi se retira antes de finalizar el partido para recibir la ovación del público, se retira el único, el verdadero Paolo Rossi”.

Finalmente mi equipo ganó el mundial, Italia era el orgulloso campeón de la Copa y mi alter ego el goleador con seis tantos (aunque no fueron tantos). De allí en adelante hubo una seguidilla de victorias que me posesionaron como una de las esperanzas del fútbol capitalino, o por lo menos del barrio El Sosiego. Fueron tiempos de gloria y desenfreno futbolero, dos meses de pata dura que nacieron de la euforia que dejó naranjito.

Al medio día salíamos extenuados de las labores académicas, destrozados por la matemática y la triste historia y cuarenta y cinco minutos después, animados y con más bríos que nunca estábamos en el parque llevando a cabo el sagrado ritual del “pica y pala” para conformar los equipos. Eran encuentros sangrientos que muchas veces terminaban cuando el dueño del balón se enojaba por alguna falta de respeto hacia su persona. Generalmente lo dejábamos marcharse “cómo si fuera el único que tiene un puto balón”. Calmado los ánimos se podía ver a un grupo de muchachos reunidos frente a una casa y una mamá en la ventana argumentando las razones por las cuales su hijo tenía prohibido salir, prohibición que se hacía extensiva a su balón.

Nos quedamos sin balón como ocurrió con el mío aquella tarde en que un Jeep Willys Comando modelo 1971 se cruzó en el camino de un chute que me pidió el flaco Rodoldo y no fue capaz de controlar con su desastrosa izquierda. Como siempre, mi papá prometió comprarnos uno nuevo cuando le llegara “un golpe” y quizá porque nunca lo cumplió mi vocación poco a poco fue cambiando hacia otros intereses y mirando hacia un porvenir que no requiriera poseer un balón propio.

Mis días en el fútbol terminaron así de intempestivamente como se iniciaron. Pero, hoy, una vida después, aún recuerdo mi atuendo para enfrentar cada partido: tenis croydon, pantalón de terlenca, camisa hecha por mi mamá y un chaleco azul de lana, donación de algún pariente. Y sé que fui bueno, por lo menos unos meses, porque intacta está en mi mente la tarde en que el más duro del equipo que venía del 20 de Julio, al ver mi fintas, mi velocidad, mis amagues y mis “azoris”, dijo deteniéndose vencido y jadeante “al marica del chalequito no lo para nadie”. Sin duda, las mejores palabras que han dicho a mis espaldas, pero tarde, para ese día lo que quería ser era astronauta.

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