Cesar se deja caer de bruces en la cama. Una sensación de inadecuación no lo deja tranquilo cuando intenta cerrar los ojos y dormir un rato. Claro, mucha güeva, dice en voz baja y se levanta de un brinco, como si algún oculto mecanismo lo hubiese propulsado de la cama. Se quita la camiseta, la tira al piso y la patea con su pie izquierdo para que quede oculta debajo de la cama; sin embargo, y esto lo descubre después de esperar unos segundos y estudiarse con detenimiento, la sensación de ridículo se ha quedado impregnada a su piel. Qué cagada, se dice; entonces va al baño y, sin importarle que el agua esté helada, se mete en la ducha y comienza a sobarse con el estropajo con mucho frenesí. No sabe por qué siente como que se ahoga. No le importa. La posibilidad del polvo que tendrá dentro de unas horas lo embriaga por completo. Sale del baño. Desnudo como está, frente a la cama, alcanza a ver la camisa de Millonarios que aún asoma una de sus mangas; se agacha y la saca. No sabe muy bien qué hacer. Si la bota en la caneca quizá su padre la descubra y le haga preguntas que él no esté en capacidad de responder; nunca ha sido muy bueno para mentir y eso quedó en evidencia esa tarde en el Campín. Cesar se ríe cuando recuerda que se paró de un brinco cuando su Santafecito metió el primer gol con ese zapatazo de Yulián Anchico; sin embargo, en un punto de la trayectoria, cuando sus rodillas aún estaban flexionadas y ya su mano derecha empezaba a volverse puño, recordó la farsa y gritó a todo pulmón puteando a Bedoya, que lo había dejado patear. Sandra, a su lado, estupefacta, se paró y le dijo que fresco, que había tiempo suficiente para empatar. Cesar, entonces, arrugó las cejas y dijo que ojalá; después se mordió la lengua para no reírse.

Cesar trata de recordar el momento en que todo comenzó. Estaban a punto de irse con Julio del bar cuando Sandra llegó. Julio, que la vio primero, le dio un codazo para que él se fijara en ese mujerononón que acababa de llegar. No podía ser posible, se les había arreglado la noche; la nena, al parecer, iba con otra amiga. Julio le pidió a Cesar, casi suplicando, que se tarjetiara; marica, saque esa tarjeta y pague otra botella, mire esa nena. Cesar, que también comprendía la magnitud de lo que sucedía, aceptó. Él, claro estaba, le haría la vuelta a la más buena; hágale, fresco, que yo por comida no peleo, además que la otra nena también está aguantadorcita, dijo Julio algo resignado. Esa noche Cesar apeló a toda su destreza en materia de seducción y no tardó demasiado en tenerlas a las dos sentadas en la mesa. Julio, que después de una hora ya no lucía tan motivado, trataba de sostener una conversación con la amiga de la mamacita, que había resultado cristiana y no hacía otra cosa que hablarle de la iglesia, apurando ligeros sorbitos de una botellita de agua. Cesar, en cambio, ya había rodeado a Sandra con su brazo y le hablaba muy cerquita de la cara. Al final, luego de repartir a las nenas en sus casas, Cesar dejó a Julio en una estación de Transmilenio y se fue para la casa y la llamó. Hablaron casi dos horas; Sandra le hablaba susurrando y él no podía hacer otra cosa que imaginar que estaba ahí con él, a punto de entregarse al sexo. Se lamentaron mutuamente de no haberse conocido estando solos. Se prometieron verse al otro día; vamos a ver qué pasa, dijo él, ella soltó un ujum muy suavecito que casi lo enloquece.

Pero al otro día lo único que pasó fue que lo embarcaron en el plan de ir el domingo al estadio. Tuvo que comprar de emergencia una camiseta de Millonarios en un local del sur; no quería que nadie lo descubriera consumando una traición de semejante envergadura. Sandra, cuando Cesar se disponía a abalanzarse sobre ella y besarla, le puso un dedito en la boca y le propuso ir al estadio al otro día; eres de Millos cierto, le preguntó muy segura. Cesar, totalmente aturdido, trató de balbucear que no; sin embargo, en ese momento, no era su cerebro el que organizaba sus ideas sino su pene erecto bajo el pantalón. Cuando dijo que sí, que obvio, Sandra abrió mucho los ojos y se abalanzó sobre él para abrazarlo; tan boniiiiiito, dijo, extendiendo la i una eternidad. Y, aunque Cesar trató de pasar factura de inmediato por su osadía, Sandra ya tenía que marcharse.

En el partido, sin embargo, en medio de la emoción por el empate, se descaró y le dijo que quería estar con ella, solos. Ella lo miró muy coqueta y le dijo que al final la dejara en la casa y volviera por ella en un par de horas. Te conviene, le dijo.
Cesar mira la hora. Se viste muy de prisa. Se echa loción. Pero, cuando se dispone a salir, oye un silbido abajo; se asoma nervioso al balcón. Están todos los del parche. Lucas lleva la bandera de Santa Fé enrollada en su cuello. Lo miran desafiante. Julio también está ahí. Ya bajo, dice Cesar vacilando, ya los iba a buscar. Entonces camina hasta el baño. Abre la llave del lavamanos. Se baja el pantalón y comienza a masturbarse.

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