Hoy es mi último pitazo. Dirá alguien que es uno más, uno de tantos. Después de cuatro mil setecientos cincuenta y siete partidos oficiales, alguien dirá también que han sido suficientes. Yo creo que no, pero no puedo desconocer el paso del tiempo. Cada vez cuesta más recorrer el campo de un extremo al otro, o ver con claridad si ese empellón ha sido o no un terrible canillazo allá, a lo lejos, en la zona denominada quince con cincuenta. Y qué me dicen de los tiros de esquina. Los malditos córner son ahora un constante dolor de cabeza: el guardameta con ínfulas de gato escalador; los defensas empujando a diestra y siniestra; los delanteros lanzando codazos sin importar en qué parte del contrincante resulten (ni hablar de las rodillas. Si van a parar entre las partes nobles, tanto mejor); y yo, en medio de semejante trifulca, en esa batalla campal en que se convierte la cancha de fútbol. Sí, es el último pitazo de todos, y ahora pienso que uno nunca se imagina aquello, ese día en que le dices adiós a tu oficio, el irremediable desenlace de la utilidad humana.

Uno no decide hacer este trabajo. Uno de niño jamás se dice voy a ser árbitro de fútbol. Uno se dice, como mucho, que será como su padre o será un bombero. Acaso como el maestro de historia. Nada más. Pero luego uno comienza a ser cortejado por el juego, y con él llegan sus asombrosas consecuencias (porque el fútbol, queridos amigos, es eso, un lío del cual, difícilmente, uno puede librarse). Para mí estaba clarísimo, sin embargo, que no servía para jugarlo. Las piernas me flaqueaban con el contacto de la pierna rival, enviándome a tierra firme, “a tragar polvo”, como diría mi tío Delio (un verdadero puntero izquierdo del Independiente Santa Fé. En sus últimos compromisos, centro delantero del Deportes Tolima. Posiblemente escucharon hablar de él. Gamboa, su apellido, apodado “la maravilla”); los pases resultaban generalmente en las laterales, ganándome las correspondientes reclamaciones, y, como si fuera poco, mi dominio del balón resultó ser un fiasco completo. Me quedaban entonces, a mi modo de ver, tres opciones: ser narrador de fútbol, comentarista deportivo o árbitro, y como soy medio gago (tengo lo que se denomina rotacismo, ese insufrible problema de no pronunciar la r), me quedó lo último. Repito. Uno no decide hacer este trabajo. Uno simplemente obedece a un impulso repetido.

¿Qué si me he acostumbrado a los madrazos? Bueno, técnicamente sí. Va con el oficio. Aparte del silbato, el uniforme y las tarjetas, el madrazo es como la barrena del carpintero. Siempre está ahí, contigo, a cada segundo. No exagero. A nadie le gusta que le recuerden todo su árbol genealógico, pero qué se le va a hacer. Como dije, va con el oficio. Y gratis. Prefiero eso a un escupitajo, como el que me propinó un director técnico cuando su equipo perdió 4 a 0 (no interferí en el resultado, lo juro, no se crean semejante disparate). No le agradó que amonestara con tarjeta roja a uno de sus jugadores; y que pitara una pena máxima en contra suya (¿o fueron dos?); y que, al parecer, no recuerdo bien, me hiciera el de la vista gorda en un aparente fuera de lugar. Qué quieren que les diga. Soy El Justiciero.

Faltan unos cuantos minutos para sentir la grama de nuevo, para escuchar los cánticos que irrumpen sostenidamente la magnificencia del campo, haciendo vibrar los tímpanos como si fuesen a romperse. Respiro profundo. Cierro los ojos y sé que es cierto, que estoy ahí, en un cuarto que hace de camerino, donde las paredes descansan resquebrajadas y el aire se vuelve fastidioso, donde la cisterna (con su color amarillo) no baja. Para qué quejarse si estoy de paso. De hacerlo, ¿ante quién me quejaría? Me da igual. Sigo siendo El Justiciero, de eso no tengo duda, pero da igual. ¿Y mañana? Mañana dormiré hasta mediodía, y quizá más. Leeré ese libro abandonado a medio camino del cual ya no recuerdo el título o el autor. A lo mejor veré en la tele algún mal partido, seguro, uno donde pueda madrear sin contemplaciones al juez de turno, no lo sé.

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