Condorito leyendo SoHo. Esa es la idea que se tira sobre la mesa. En la oficina donde se hacen los chistes del pajarraco más famoso de Latinoamérica comienzan a volar propuestas. ¿Sentado o parado?, pregunta uno de los dibujantes. Debería estar lleno de corazones, propone la directora de la revista. Sí, y que se vea enamorado de las chicas SoHo, dice otro. Que diga algo de las chicas, propongo. ¿Y si mejor habla de la revista?, dice alguien. Estamos planeando el dibujo que acompañará esta historia. Estoy en la cocina donde se prepara la revista Condorito. O, mejor aún, estoy dentro de la cabeza de Pepo, el creador de esta historieta.

—Acá todos tenemos que pensar como si fuéramos él. Como si estuviéramos en su cabeza —dice uno de los dibujantes. Y al Él que se refieren es René Ríos Boettiger, Pepo, creador de este cómic, que murió en 2000.

Desde entonces, y desde mucho antes, la tira y la revista han sido una maquinaria tras una firma. Un engranaje de ilustradores, guionistas, diseñadores, ejecutivos de marketing, distribuidores y vendedores en diferentes países del continente. Una rueda con millones de lectores en 19 países, durante 65 años.

La cabeza de Pepo tiene el piso alfombrado, un mesón largo pegado a la pared y cuatro tableros de dibujo. Queda en un piso 19 en el barrio alto de Santiago de Chile, en un edificio lleno de empleados que marcan tarjeta al entrar y al salir y con varios pisos subterráneos para estacionar. En las paredes están colgadas algunas de las mejores portadas de Condorito, en distintas épocas. Hay un afiche gigante, con todos los personajes. Frente a los escritorios de los dibujantes hay paneles donde se ven clavados bocetos del pájaro de pantalón negro, con marcas para respetar las proporciones. Detrás de la puerta está pegada una hoja con Condorito mirando con espirales en vez de ojos, y la leyenda: “¡No hace falta ser loco para trabajar aquí, pero si lo eres te ayudará mucho! ¡je je, jo jo, ju ju! ”.   

—¿Y nos van a mandar la revista cuando salga? —me pregunta otro de los dibujantes.

—Cuenten con eso —les digo a todos los que trabajan aquí. Al escucharme, uno de los dibujantes se frota las manos. Todos ríen. Todos reímos.

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Condorito ha tenido 950 profesiones diferentes en la revista: desde plomero, carnicero, carpintero, hasta presidente de Estados Unidos o emperador de Star Wars. Y ha tenido poderes, porque ha aparecido como Batman, Supermán, Acuamán, Ironman y Spiderman. Muy pocas veces aparece mirando de frente, la primera de ellas fue en un chiste de 1971. Siempre se mantiene el mismo estilo en el dibujo.

—Soy el director de arte de Condorito —dice Víctor Figueroa, de 53 años y con más de dos décadas en la empresa.

—¿Qué hace el director de arte de Condorito?

—Me encargo de la diagramación de la revista, darle el último OK, ver los despachos al extranjero y ver los últimos ajustes del texto, chequeando en el archivo final que no haya alguna cosita que se nos pueda pasar, supervisando los colores.

—¿Y los colores?

—Los colores de Condorito son básicamente dos, el rojo y el negro, y sus porcentajes. Es una característica del cómic.

Figueroa, como todos los que trabajan haciendo la revista, viste formal. En la calle podrían pasar por empleados de banco o administrativos de una empresa o trabajadores de una multinacional. Si bien se la pasan todo el día frente al tablero, no llevan el look de los nuevos ilustradores latinoamericanos. Esos que, más que vestirse, se dibujan.

—Uno tiene la apariencia formal. Pero el hecho de que uno diga que trabaja en Condorito ya es una cosa rara, un fenómeno, y comienzan inmediatamente a preguntar y sonsacar que cómo se hace, que cómo lo arman —dice Figueroa, que lleva el pelo cuidadosamente corto y pantalón de vestir.

Después de armarlas aquí, las revistas se exportan impresas desde Chile hasta Argentina. Para Colombia y Ecuador se mandan los archivos y las imprimen allá.

—¿Conociste a Pepo?

—Mira, sinceramente no. Lo conocí, pero…. lamentablemente, en el momento en que partió.

—¿Cómo así? ¿Lo saludaste y se murió? ¿Cómo en un chiste?

—No, no... Cuando falleció yo ya trabajaba en la empresa, pero él no venía, corregía, sí, desde su casa. Especialmente las portadas. Se las llevaban a él, y ahí las corregía. Fui a su funeral, a su velorio, y ahí lo miré en el cajón. Esa fue la primera y única vez que lo vi.


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Condorito no es un chiste. Tras las tiras cómicas hay una larga torre de contratos y licencias. La empresa World Editors tiene los derechos mundiales para la aparición de la caricatura en merchandising, impresos, cine, televisión, internet y periódicos de todo el mundo. Televisa tiene los derechos de las revistas en español para América Latina.

Cada chiste se hace de manera muy seria. El proceso parte con los argumentistas. Ellos son externos a la oficina, dos son chilenos y uno argentino, y colaboran mandando chistes por correo electrónico. Cada chiste aprobado es un chiste que se paga.

Una vez aprobado el argumento, uno de los tres dibujantes creativos hace el primer borrador, dejando espacio para el título y para los globos donde irá el argumento del cuento. Ahí es cuando entra en acción el letrista. El letrista es el encargado de escribir, palabra por palabra, letra a letra dibujada, los textos y los títulos de cada chiste. Todo a mano, sin usar ninguna fuente digital.

—¿Y no han pensado computarizar el proceso?

—La idea viene de Pepo —dice rápidamente el jefe de arte, como si mostrara un salvoconducto en un control policial—. Siempre se vuelve a Pepo, aunque estemos en la cocina de Condorito.

La primera aparición de Condorito fue en la edición de la revista chilena Okey, en 1949. La tira contaba la historia de un ladrón de gallinas que era arrestado por un policía. Luego pasó a ser de una página, de ahí dos, después una revista, después una revista mensual, después una cadena de distribución latinoamericana, después con mil oficios y profesiones distintas.

Condorito fue internacional antes de internet. Fue latinoamericano antes de Chespirito, Fidel, Maradona, del boom de la crónica y de Bolaño.

—El cómic ha sabido adaptarse al mundo nuevo que vivimos. Antes fumaba, ahora jamás aparece con un cigarrillo. Antes era más pájaro, más cóndor, ahora es más humano —dice Sergio González, uno de los dibujantes creativos.

González tiene 55 años, estudió licenciatura en Artes Plásticas, y su primer trabajo después de egresar de la universidad fue en Broncerías Chile, donde diseñaba trofeos y galvanos. Un amigo, que estaba colaborando para la revista, le mostraba sus trabajos, y un día le ofreció sumarse. Sergio se animó y empezó a hacer bosquejos, tuvo una entrevista y se quedó. Eso fue a fines de 1985. Sigue aquí.

—Otro cambio es que sacamos al personaje del Cortadito, que no tenía brazos ni piernas. Cuando empezó la Teletón, ya no pudimos hacer chistes de minusválidos. Y también se fue Don Jacoibo, que era otro personaje creado por Pepo, pero que podía molestar a la comunidad judía, así que lo reemplazamos por Máximo Tacaño.

Condorito es políticamente correcto.

Sergio González es tímido y, tal vez por eso, lleva casi 30 años dibujando todo el día en la cabeza de Pepo. Dice que su madre tiene una revista Condorito rayada por él, cuando tenía 4 o 5 años. Dice que siempre fue bueno para el dibujo y que le gustaba la revista desde que tiene memoria. Dice que nunca se lanzó con una caricatura propia. Dice que ha visto pasar muchos dibujantes.

—Por acá han pasado dibujantes muy famosos, muy talentosos, pero les cuesta meterse en la cabeza de Pepo, en cómo Pepo lo haría, y hacerlo así. Hacer la corbata que hace Pepo, las arrugas que hace Pepo, hacer las expresiones como las hace Pepo.

—Cuando Quino dejó de hacer Mafalda, nunca más se dibujó. ¿Por qué Condorito sigue y sigue y sigue?

—Creo que Pepo fue visionario. A lo mejor él se demoraba un año en hacer una revista él solo, entonces dijo que esto no podía ser así, y ahí él armó una escuela. En los dos primeros libros de Condorito él estaba solo. Pero las exigencias le obligaron a armar más gente. Armó una escuela. De esa primera generación la mayoría están fallecidos. Nosotros somos la segunda.

Sergio alcanzó a trabajar con Pepo. Lo veía poco, pero suficiente como para conocer el carácter del creador de todo esto. Apuntaba cada detalle, estaba encima del equipo, y los marcó a todos con una serie de protocolos que, ya dos generaciones más tarde, la siguen repitiendo sin que esté el original. Por lo mismo, él no olvida nunca cuando el dibujante lo retó:

—Uno como dibujante, como joven, siempre trata de innovar, de poner algo de uno, pero acá no se puede. Está prohibido. Una vez me tocó hacer a Coné, y se me ocurrió, como era un niño, que en vez de hacerlo con esas sandalias, esas chalitas que lleva en los pies, por qué no tener zapatillas. Y le puse unas y unos calcetines, unas medias. Quedó bien bonito. Hasta que lo vio Pepo.

—¿Qué pasó ahí?

—Ufff… me subió y me bajó. Me dijo que cómo se me ocurría ponerle calzado a Coné, que si estaba loco. Ahí uno va entendiendo que hay que respetar los protocolos del personaje.

—¿Esos protocolos están escritos?

—Existen en la cabeza, después de tantos años ya pensamos como Pepo.


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Condorito le debe mucho a Disney.

—La visita de Walt Disney a Chile fue clave —reconoce Juan Enrique Plaza, otro de los dibujantes creativos de la revista. Tiene 56 de edad, 26 de ellos dibujando como Pepo. Es licenciado en Artes Plásticas y ha tenido exposiciones individuales como pintor al óleo y acuarelas.

Y sigue:

—Todo esto comienza cuando llega Walt Disney a Chile. Eso lo hace reaccionar. Por un lado, está la película de Disney Saludos, amigos (1941), en la que a Chile lo representaba un avión humano llamado Pedrito (en homenaje al presidente Pedro Aguirre Cerda), que a Pepo no le gustó. En reacción a eso, hace este cóndor bien chileno.

Por otro lado, de Disney conoció la producción a gran escala. Walt Disney sigue dibujando, pese a que murió hace medio siglo.

Juan Enrique conoció a Pepo, pero muy poco. Cuenta que el creador de todo esto nació en Concepción, a 410 kilómetros al sur de Santiago, y que terminado el colegio entró a estudiar Medicina. Pero abandonó los estudios por el dibujo. Viajó a Santiago, entro a estudiar Artes, y mató las horas, los días, las semanas y los años dibujando. Ya era ilustrador conocido a los 25, reconocido a los 30, famoso a los 35, y recién a los 40 creó a Condorito.

Dice todo esto sin dejar de dibujar. Ahora está en el boceto de un chiste de un médico. Ya tiene el argumento en un papel y un borrador de los cuadros con espacio para los globos y el título.

—El dibujante es igual al director de cine. Nosotros tenemos el guion y los actores, y tenemos que ponerlos en escena, pensar en los enfoques, en los encuadres. ¿Para qué? Para que sea lo más entretenido de ver, atractivo, exagerado lo más posible, y que la última parte debe tener espacio para el ¡Plop! final.

Hasta hace pocos años, ninguno de estos dibujantes o argumentistas aparecía en los créditos. Pero Magdalena Aguirre, directora de la revista, insistió en que debían estar. Desde entonces, muchos supieron que, si bien todo llevaba la firma de Pepo, Pepo no hacía nada de lo que estaba en la revista. Aunque lo estuviera controlando todo desde su cabeza:

—Ella dijo que, en justicia, era bueno que apareciéramos.

Y los cambios no fueron solo en la firma. Después de la muerte de Rene Ríos Boettiger, se lanzó la colección de Coné y sus amigos, y nacieron nuevos personajes: el hermano genio de Ungenio, Albert González, quien hace inventos raros. Y Sebastián, “el Seba”, sobrino de Don Chuma y el primer adolescente del pueblo de Pelotillehue. Ideal para todos los chistes que tienen que ver con tecnología.

—Condorito evoluciona. Y tenemos que hacerlo, porque es la única revista de este tipo que queda en América Latina —dice Luis Sepúlveda, de 56 años, otro dibujante con más de 20 años aquí, que retoca colores en una pantalla de computador. Antes trabajó haciendo al Gallo Claudio.


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Cuando se decidió qué dibujo mandar para SoHo, Margarita Aguirre, la directora, llamó a su oficina a Juan Enrique Plaza. Ahí le dio algunas instrucciones finales.

El dibujante volvió a su oficina, a la cabeza de Pepo, y terminó dos bocetos. Como siempre, apoyado sobre el tablero y bajo la lámpara de escritorio. Miró los detalles con una lupa con luz, y ajustó detalles como el director de cine que es. Sus compañeros, como siempre, opinaron, lanzaron chiste en el proceso, y al finalizar la jornada laboral bajaron del piso 19 y volvieron a la ciudad, ahí donde no piensan como Pepo.

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