UNO

Entre octubre de 1899 y noviembre de 1900, el escritor Joseph Conrad publicó por entregas en la Blackwood’s Magazine uno de sus títulos más conocidos y reconocidos: Lord Jim. La novela narra la culpa sin final de un joven marino por abandonar un barco en el momento último de su naufragio. Culpa que lo persigue a lo largo de los años y que, demasiado tarde, lo lleva a un acto de redención que, también, significa su muerte. Pienso en Lord Jim todas las mañanas, frente al espejo del baño, contemplando de reojo entrecerrado el naufragio en cámara lenta de mi cuerpo. Hace décadas, sí, fui a un gimnasio. Una vez. Aguanté cinco minutos. Y ahora me pregunto, culposo, si no es ya demasiado tarde, si puedo o podré hacer algo para salvar el esqueleto de carne y hueso de esa embarcación que es mi cuerpo de 52 años.

Pueden ustedes llamarme Lord Gym.

Y sí: nunca me gustó demasiado Joseph Conrad (Apocalypse Now es mejor que Heart of Darkness), excepción hecha de una novela suya titulada Victory.

DOS

“¡Victoria!”, exclamo con la voz bajísima de mis pensamientos cada vez que un amigo me cuenta que un amigo de un amigo de un amigo suyo se derrumbó para ya no levantarse mientras corría por el Passeig de les Aigües que surca la montaña de Tibidabo, sobre Barcelona. El desconocido sobre el que inmediatamente quiero saber todo tenía, me cuentan, treinta y algo de años, estado físico privilegiado, carné muy usado del mejor gimnasio de la ciudad, iWatch midiendo sus latidos, último modelo de Nike en los pies, no bebía no fumaba, y aún así… El diagnóstico —parece, me comenta otro— es que, si corres como loco (si corres todos los días como si te persiguiese algo de lo que no puedes huir y tarde o temprano te va a alcanzar y, no, no es un comando del Estado Islámico) el corazón golpea demasiado contra la caja torácica y acaba lesionándose y Danger! Danger! Yo no bebo ni fumo, pero paso mucho tiempo sentado (soy escritor) y, escuchando la historia del caído en acción, comento como al pasar que en algún sitio leí (pero no recuerdo dónde) que el esfuerzo muscular que se realiza durante el acto de buscar le mot juste, la palabra correcta, es similar al de una sesión X-Intense de aerobics. Quién sabe… Eso sí: camino mucho. Caminar es como la versión zen de hacer gimnasia, pienso. O, al menos, intento convencerme de que es así, de que así es.

TRES

Y, caminante no hay camino, se hace camino al andar, cada vez queda menos camino por delante y más por detrás. Y me acuerdo de cómo comenzó todo, de cuál fue mi primera percepción del cuerpo como algo a moldear. Sí, las revistas de DC Comics que llegaban al Buenos Aires de mi infancia cortesía de la mexicana Editorial Novaro. Los atléticos Batman y Supermán y, sobre todo, las piernas y pechos y traseros de sus amiguitas y enemiguitas envueltos en trajes confeccionados con materiales extraterrestres que pronto serían descubiertos por los humanos. Ah, Canario Negro. Ah, Gatúbela. Y, sí, uno leía todo eso y al final llegaba el castigo bíblico: la contraportada/propaganda en la que un tal Charles Atlas (cuyo nombre auténtico y calabrés y claramente mafioso era el de Angelo Siciliano) nos acusaba de ser “alfeñiques de 44 kilos” a los que los forzudos de playa arrojaban arena a los ojos frente a nuestras avergonzadas novias. Ya saben cómo sigue: el “flaquito”, tan “harto de parecer un espantapájaros”, toma medidas, se “charlesatlaliza”, y vuelve a la playa para tomarse revancha y triunfar. “Oh, José es ahora todo un hombre”, exclama su novia mientras José despacha al tipo molesto con un puño en la mandíbula.

Atlas fue un muñeco publicitario de la “tensión dinámica” y de los “ejercicios isométricos” y fue considerado en su momento “el hombre más perfectamente desarrollado del mundo” por la revista Physical Culture. Un modelo para la humanidad toda, sí. Y yo entonces —seis/siete/ocho años de edad— supe de inmediato que jamás sería así. Comprendí que pertenecía al otro lado, flaquito más que ancho, “mente sana” más que “cuerpo sano”. Aunque —toco madera— jamás he tenido un problema grande de salud hasta la fecha (el exflaquito José seguramente sigue preso luego de haber sido demandado por violento y adicto al puñetazo) y todavía cargo sin dificultad las bolsas del mercado o una pila de libros.

Como dije, yo miraba rápido esa propaganda de Charles Atlas y, enseguida, me concentraba en la otra propaganda, en la de los misteriosos y anfibios Sea Monkeys, criaturas antropomórficas a desarrollar en mi pecera. Después, por supuesto, retrocedía varias páginas para volver a ver cantar el cuerpo perfecto y tenso de Canario Negro.

CUATRO

Más o menos una década y media después, todo cambió para mal y el venerable Charles Atlas fue suplantado por la alguna vez combativa y transgresora Jane Fonda, quien, ahora, decidía lanzar una guerra de guerrillas desde la sala de su casa vestida, sí, como una superheroína de cómic. VHS en lo más alto de los rankings y libros best-sellers; consumismo yuppie/baby boomer y lycra y spandex y todos torsos y traseros en máxima tensión contoneándose al ritmo de canciones especialmente diseñadas para sudar mientras se miraba MTV con todos esos videoclips calientes. La virginal Olivia/Sandy de Grease (quien en la última canción de la película mutaba a gata negra rubia) proponía que todo fuese “physical”. Y el Danny Zuko de Travolta —quien alguna vez había predicado el baile discotequero como way of life— ahora entraba en los gimnasios junto a Jamie Lee Curtis en una película pésima, Perfect, pero aun así señal de los tiempos: la verdad estaba en los gimnasios, en una suerte de comunión tribal, en un todos juntos ahora. El artículo periodístico en el que se había basado semejante mamarracho se titulaba “Looking for Mister Goodbody” (algo así como “Buscando al señor Buencuerpo”) y era, claro, mucho más revelador. Y hablaba de histeria rampante, cocaína en los lockers y sexo desenfrenado en los vestuarios. Y señalaba al fitness club como el bar para solteros de los años ochenta. Y proponía para el podio del deseo a un nuevo símbolo: el/la entrenador/a y, si tenías mucho dinero, el personal trainer; el reemplazante para la libido infiel burguesa de lo que alguna vez había sido el profesor de tenis o de equitación (espécimen que, en el imaginario colectivo, podía virar muy rápidamente del héroe soft-porn a algo muy parecido al tarado que, con gran inteligencia y gracia, compone Brad Pitt para la película Quémese después de leerse, de los hermanos Coen). Travolta continuó cayendo (hasta resurgir, regordete, en Pulp Fiction, donde alababa las hamburguesas de McDonald’s) con esa absurda cruza de Fiebre de sábado en la noche con su secuela Staying Alive (La fiebre continúa). Y la llegada del sida (que no era un nuevo método aeróbico) significó un poco el fin de todo eso. Pero todo eso todavía sigue en el aire, soplando en el viento, transpirando bajo los focos, maniático como el baile de Maniac en Flashdance, en el que Jennifer Beals (o su doble de cuerpo) se estremecía y estremecía como un terremoto. A propósito: la letra original de Maniac, de Michael Sembello —cambiada para el film—, trataba no de una chica elástica y flexible sino de un asesino serial más cercano al American Psycho. Y, sí, hubo una película con serial killer aeróbico: Aerobicide, en el que todas seguían yendo a hacer sus ejercicios sin importarles ser degolladas una a una. Y, ah, los siempre sarcásticos The Kinks se rieron de todo el asunto con una divertida canción titulada Too Hot, en la que, indiferentes al fin del mundo y a las crisis planetarias, los fanáticos de los gimnasios eran algo así como zombis que se movían muy rápido y a los que nada les interesaba menos que los cerebros.

CINCO

Poco ha cambiado desde entonces; pero todo ha empeorado con la llegada de internet y YouTube. Allí, un video casero en el que Cristiano ‘Necesito Hacer un Gol para Quitarme la Camiseta y Exhibir mis Pectorales’ Ronaldo obliga a hacer flexiones a su hijito se vuelve viral en cuestión de segundos. Lo mismo sucede con los de los gymsex-symbols Jillian Michaels y Brock O’Hurn (todos contando que en el colegio secundario se burlaban de ellos por sus cuerpos flácidos y ¿de dónde sacan esos nombres, eh?) o con otro de un tal John Burk arengando en contra de la “gente gorda y fea, salvo que tenga problemas de tiroides” y exigiendo que se lo adore “porque soy hermoso” (interrogado al respecto, Burk insistió en que “he cambiado la vida de millones de personas porque los he obligado a asumir su horror y a hacer algo al respecto”). Yo lo vi —y no soy gordo—, pero no me hizo cambiar en nada. De acuerdo, si alguna vez me gano la lotería contrataré a un instructor personal. Pero sería alguien más parecido al marine de Full Metal Jacket (Nacido para matar) que a los que aparecen en los rockumentales de Madonna con el evidente aire de haberse escapado de la chorus line de un musical de Broadway.

Pero no creo que eso vaya a suceder nunca (lo de ganarme el Euro Millón).

Así que me conformo —en la insomne y oscura noche del alma— con hacer zapping por los canales que ofrecen métodos milagrosos, mientras fanáticos religiosos con las pupilas dilatadas compran máquinas con nombres ominosos como Mega-Krunch (seguramente diseñadas por la Skynet que también fabrica a los Terminators que dominarán al mundo). Y no puedo dejar de maravillarme con esas fotos de paparazzi que nos muestran los bíceps de Arnold Schwarzenegger tal como están ahora (luciendo como algo pintado por Francis Bacon y, sí, lo mismo le pasará a Hugh ‘Wolverine’ Jackman por haber vendido su cuerpo y alma a Marvel). Y paso de largo si me encuentro con algún episodio de Gym Tony (la sitcom española con récord de audiencia y más idiota de todos los tiempos, que transcurre dentro de un gimnasio). Después me levanto del sillón (que es muy bajo, lo que equivale a hacer algo de gimnasia, supongo) y voy al baño, y me miro a los ojos, y vuelvo a hundirme y a naufragar en la cama y a contar ovejas saltando sobre una cerca. Una, dos, tres…

Nada más gratificante que ver a los otros —como ovejas— hacer ejercicio.

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