O pensamos que Maduro es un presidente corajudo o que es una especie de profesor Jirafales enrazado con Cantinflas; o escribimos “Yojana” o insistimos en el “Johanna” de pobre sonoridad castiza (joana); o somos gente seria o saludamos a los demás en Twitter repartiendo bendiciones… o cogemos el celular con la mano o recorremos las calles usando manos libres, como si fuéramos la versión marlonbecerresca de Marcel Marceau. (El pequeño ‘iPod’ que reproduce su música de Spotify)

Y es que como mimos parlantes (si se me permite el contrasentido) pasean algunos por las aceras, con el celular entre el bolsillo, atado a un cordón umbilical que va de la oreja al aparato. Se mueven como zombis, con los ojos perdidos en la nada, gesticulando y manoteando en el aire, mientras hablan a todo decibel para que los oiga la humanidad entera. Parecen locos. Como Correa dando una entrevista. Pero no tan desencajados.

Alto. Injusto sería no reconocer, antes de seguir despotricando, el único aspecto positivo del manos libres: ha podido escapar a la manía criolla de usar los nombres en inglés de las cosas y, así, increíblemente (¡aleluya!), no hablamos de freehands en este país anglovergonzante. Un triunfo del español frente al inglés, idioma universal de los fabricantes de manos libres (a los que, de aquí en adelante, NO llamaremos ML, ni mucho menos MLs).  (Los audífonos inteligentes que traducen 40 idiomas en tiempo real)

Estos admini-culos (no resistí la tentación de usar el guion) son prueba contundente de que el mal gusto alienta la capacidad creativa del hombre, sobre todo en las modalidades inalámbricas, que convierten a la gente en réplicas de Uhura en el puente de la Enterprise. Parecerse a la célebre teniente de Star Trek no es ofensivo, todo lo contrario, pero una cosa es ponerse dispositivos en el oído a bordo de una nave espacial del siglo XXIII y otra muy distinta en la Caracas con 53.

De ahí que Uhura-versión Nichelle Nichols o Uhura-versión Zoe Zaldana hayan inspirado aparatos que, años después, el humor de internet convertiría en propuestas tan estrambóticas como el manos libres de los pobres, el de los expansionistas corporales, el de las mujeres afanadas o, incluso, el de los glotones repugnantes. (Los mejores audífonos del mundo)

¿Saben una cosa? Mi mujer me rogó que no escribiera este artículo, aduciendo que, por muy lobo que fuera usar manos libres en la calle, no haría yo nada diferente a cuestionar una práctica que garantiza seguridad frente a los ladrones de celulares. Ella, que lo usa en el único escenario (aparte de la oficina) que medianamente justifico, el de la conducción automovilística, se la jugó toda por defender esta exhibición del más puro egocentrismo que, supongo, tiene su raíz en el Walkman (1979). De hecho, hoy los audífonos, esa especie de manos libres musicales, no requieren de aparato, porque en las bocinas está el radio y los vemos en las calles con cierto tono tribal: el que use los más grandes y coloridos es el toro que más caga.

Sincerémonos: ¿para qué carajos necesita usted tener las manos libres en la calle? ¿O es que saluda de mano a los desconocidos que se le van cruzando? ¿Le gusta aplaudir mientras camina? ¿Acaso mete las manos en los bolsillos para acomodar discretamente sus genitales? ¿Se hurga las narices? ¿O lleva la mano a…? No sigamos, porque toda aproximación (no sexual) a las ranuras corporales termina mal. (Los audífonos que todo gamer quisiera tener)

El manos libres es otra de esas maldiciones de los tiempos modernos. No tan exasperante como la vuvuzela que África introdujo a los estadios (en swahili, Uhura significa “libertad”… manos libres), no tan mañé como los picó de los champeteros y no tan insoportable como la publicidad de Anuice, pero, de todas maneras, insufrible. A propósito, ¿no tiene el aplicador de Anuice un discreto aire a manos libres?

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