Y —dejemos de lado los excesos de entusiastas automáticos que ya lo definen como otro nuevo “Nuevo Dylan”— lo cierto es que lo de Bugg no está nada mal. Guitarras chispeantes, voz afilada, rostro ligeramente cavernícola como el de los hermanos Gallagher, melodías que recuerdan a The La’s y, nada es perfecto, un flequillo igualito al que alguna vez distinguió a un tal Justin Bieber.

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DOS. Canadá es un país extraño. Sale poco en las noticias y nos ha dado talentos como los de Marshall McLuhan, Donald Sutherland, Leonard Cohen, David Cronenberg, Glenn Gould, Robertson Davies, Stana ‘Beckett’ Katic y Douglas Rain (la voz de HAL 9000 en 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick). En lo que hace al rock’n’pop, desde sus alturas han descendido ángeles como Joni Mitchell y Neil Young y Rufus Wainwright y los Cowboy Junkies y (vamos, no está tan mal, y Summer of ‘69 es la mejor canción que nunca va a componer Bruce Springsteen) Bryan Adams.

Pero Canadá también nos ha dado una serie de seres infernales como Pamela Anderson, Céline Dion, Jim Carrey, Keanu Reeves… De esta última cepa tóxica y cortesía de YouTube surge Justin Bieber (1994). Uno de los productos más infectos y virulentos que nos ha dado la cultura teen de los últimos tiempos y, sí, sépanlo: la adolescencia se extiende ahora hasta más o menos los 35 años de edad. Lo que significa que tendremos Justin Bieber para rato. Cantando una y otra vez Baby, mientras millones de babies envejecen.

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TRES. Y atención: Elvis Presley, The Beatles y Michael Jackson alguna vez fueron ídolos para jovencitas de hormonas galopantes. Todo bien. Después, unos y otras crecieron (OK, de acuerdo: Jackson no creció mucho, pero sí mutó demasiado).

Lo que molesta de Justin Bieber —lo que, como se comprueba con solo escuchar tracks selectos de su disco de villancicos y standards navideños, y que hace de él una satánica cruza producto del Pazuzu y del Damien, de El exorcista— es el claro desprecio por todo lo que hace y deshace, por quienes lo siguen y lo consumen.

Justin Bieber sabe perfectamente que lo suyo es una mierda; pero pretenden venderlo —como pescado podrido envuelto en papeles nobles— con ese aire de drugo naranja y mecánico rezándole al Señor de las Moscas mientras se prepara para la guerra del cerdo y cierra con doble llave y candado el altillo donde esconde un retrato putrefacto y pintado por el mismo artista que retrató a Dorian Gray. De ahí esa permanente mueca y ese rostro hierático al que apenas se le mueve un músculo para así intentar disimular lo indisimulable: el hecho incontestable de que Justin Bieber no es interesante y sí es leve, light, previsible, diet, soso, automático y reflejo.

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Lo de Justin Bieber no tiene la gracia perversa de aquellas películas filmadas a golpe de anfetaminas con Judy Garland y Mickey Rooney; difícil que su música infantiloide madure (como lo hizo la de las alguna vez estrellitas Alex ‘Box Top’ Chilton o Johnny Cougar hasta llegar a Big Star o al Mellencamp Country); y nada hace pensar que vaya a poder timonear las próximas etapas de su carrera con la ironía y gracia y elegancia y talento y astucia de Robbie Williams o Justin Timberlake. Pero, claro, ninguno de los anteriores ha sido considerado la tercera celebridad más poderosa del universo por la revista Forbes ni tiene 93 millones de seguidores en Twitter, también conocidos como beliebers.

A todos ellos, mi mensaje: creer en Justin Bieber es al pop lo que jurar por el creacionismo es a las ciencias exactas.


CUATRO. Nada se pierde y todo se transforma y Justin Bieber ya ha inspirado una buena novela aparecida este mismo año: The Love Song of Jonny Valentine, de Teddy Wayne. Allí, con modales muy menos que cero, se cuenta y se le canta —como Pete Townshend en Baba O’Riley— a la teenage wasteland y del marketing para púberes financiados por sus resignados progenitores. Nada que no sepamos pero que sigue haciendo temblar. Jonny Valentine es más joven que Bieber; pero denle tiempo para desarrollarse un poco y enseguida alcanzará la inocurrencia de su hermanito mayor. Esa misma compulsión por parecer más joven de lo que ya no es, su manera infantiloide de expresarse, su impuntualidad como forma de transgresión, sus desmayos en escena, sus romances con versiones femeninas de sí mismo, sus vanos intentos de parecer duro y rapper conduciendo a alta velocidad y tal vez fumando marihuana, los incidentes protagonizados por sus guardaespaldas, que aquí bautizo como justifiers (y que inspiraron un antológico sketch de Saturday Night Live con el mismo Bieber como invitado/humillado), lo fácil que resulta de imitar burlonamente (como lo hizo Myley ‘Yo Inventé el Sexo Y Me Gusta Lamer Martillos’ Cyrus en otro sketch de Saturday Night Live) y el sombrío alumbramiento de noticias del tipo “cuando Bieber se quitó su característico flequillo sin previo aviso para suplantarlo por jopo, obligó a una compañía de muñequitos de juguete a ‘repeinar’ sus productos a toda velocidad para no perderse la campaña navideña”.

Oh.

Y aun así, cuando todo parece perdido, Bieber se las arregla para ofrecernos un instante dorado e involuntariamente punkie que, cuando sea viejo, le conseguirá cameo en comedia bestial de los hijos de los Farrelly Brothers. En abril de este año, de paso por Ámsterdam, Bieber se hizo un rato para recorrer la casa-museo de Anna Frank y allí, en el libro de visitas, estampó su firma bajo el siguiente mensaje: “Verdaderamente inspirador poder venir aquí y comprobar que Anna era una gran chica. Ojalá hubiera sido una belieber”. 

Pero no.


Algo me dice que —de hacerse realidad los deseos de este minúsculo canadiense y solución final musical a programar en las celdas más VIP de Guantánamo— Anna seguiría hoy ahí arriba, en el anexo, escondiéndose de los cada vez más abundantes y europeos neonazis.

Y de Justin Bieber.

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Ahora, aquí, Jake Bugg canta una canción llamada Seen It All.

Pues eso.

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