En noviembre de 2003, un veterano de la Guerra de Corea me regaló una copia de una foto. Es un retrato en el que aparecen siete soldados colombianos y siete jóvenes coreanas. Están sentados en la esquina de un bar frente a dos mesas repletas de botellas de cerveza. El veterano rodea a una de las muchachas con su brazo. La mujer, como sus compañeras, tiene la boca pintada de rojo y un vestido veraniego con motivos geométricos. Casi todos sonríen. La foto fue tomada un día entre 1952 y 1953. El veterano no se acuerda de la fecha precisa, lo único que sabe es que el retrato estuvo con él durante los tres años que fue preso en un campo de prisioneros chino.

Aquella foto estuvo colgada en el apartamento que habité en Seúl durante media primavera, un verano completo y parte del otoño del año pasado. Igual que al veterano me trajo de regreso a casa después de haber visto y oído cosas increíbles. Algunas de ellas las anoté en un rollo de papel de máquina registradora. El rollo lo dejó en un armario el anterior ocupante del apartamento, un estudiante vietnamita. No sé por qué las copié ahí, pero lo cierto es que alcancé a llenar dos metros de papel que significan mi vida en el Asia. Algunas de esas anotaciones las usé para escribir una crónica*. Otras las transcribo aquí:

Cerca al Hotel Nápoles en el pueblo pesquero de Tong Yang, al sur de la península, hay un mercado al que fui después de una noche de tragos con mi guía, un hombre que se preciaba por haber sido un artillero ejemplar durante los tres años de servicio militar obligatorio que deben cumplir los surcoreanos. Esa mañana desayunamos en un pequeño restaurante. El guía me sugirió probar una sopa de pescado que, según él, es perfecta para curar la resaca. Terminé mi plato y pedí una segunda orden. Estaba sabrosa. Cuando acabé, mi compañero señaló un papel enmarcado que ocupaba el centro de una pared y me dijo en su precario inglés: Para preparar la sopa que tomamos hay que tener ese permiso. Está hecha con un pescado venenoso que en caso de no limpiarse bien te puede matar en cuatro minutos.

Seúl está llena de esvásticas. Están presentes en carteles de restaurantes o supermercados. En la calle se venden dijes o caramelos con su forma, pero sobre todo las esvásticas adornan los templos budistas: la cruz gamada es un antiguo símbolo oriental. Sin embargo cada tanto algún occidental ignorante que lo asocia únicamente con el fascismo se enfurece al punto de la agresión. Una vez vi en la calle a un tipo rubio que trataba de arrancarle un prendedor con el símbolo a una viejita.

Las latas de cerveza coreanas llevan una inscripción en braille para que los ciegos no se lleven una sorpresa.

El pollo frito es una institución en Corea. Las recetas varían de restaurante en restaurante y de barrio en barrio. Los comensales pagan el doble de lo que cuesta una orden por un domicilio de su restaurante preferido. El dueño de un lugar muy famoso cerca a mi casa me reveló su secreto para marinar el pollo: polvo de curry, pasta de ají rojo y Coca-Cola. La Sprite la usa para otra clase de salsas.

Durante las épocas de recesión las cirugías plásticas se disparan en Corea. Las mujeres se ven obligadas a alterar sus caras y cuerpos para conseguir trabajo. Los hombres de mediana edad se pintan el pelo de negro para esconder sus canas y algunos se hacen implantes de cejas. La cirugía más extraña de la que tuve noticia en teoría tiene como objetivo mejorar la pronunciación del inglés. Se la mandan a hacer algunos padres ricos a sus hijos pequeños y consiste en cortar el frenillo que está debajo de la lengua.

En los moteles hay dispensadores con objetos sexuales. Un dildo de pilas cuesta 30.000 wons, algo así como 25 dólares.

El jugo de sábila es perfecto para mitigar la sed. Mezclado con ron blanco o vodka podría resultar un coctel tan bueno como el mojito.

En Seúl los carros con más de cinco años se cuentan con las manos. Los coreanos cambian con frecuencia sus autos (las ventajas de ser los fabricantes de Hyundai, Daewoo y Kia, entre otros). El 80% es de color negro, gris o blanco. Algunos jóvenes para aparentar una vida de millonario alquilan carros importados sin que les importe vivir en apartamentos de 20 metros cuadrados.

En las estaciones de metro se pueden encontrar cargadores de celular que funcionan con una moneda. Mi celular, un modelo viejo comprado en un mercado de segunda por una suma irrisoria, tenía televisor.

Las azafatas de Korean Airlines son las más bonitas del mundo. En un vuelo de Seúl a la Isla de Jeju me enamoré de tres mujeres diferentes. Me dieron palitos de metal y un palillo de madera. Desayuné arroz y algas.

Algunas coreanas están obsesionadas con mantener la palidez de su piel. La blancura es símbolo de belleza no importa la estación. Las mujeres que salen a trotar durante el verano al lado del Han, el río que parte en dos a Seúl, van cubiertas de pies a cabeza. Además llevan amplias viseras, mangas falsas y gafas de sol que les cubren la mitad de la cara. En la playa vi muchas mujeres bañarse con ropa.

Los pocos vagabundos que vi en Seúl pedían dinero arrodillados y con la cara cubierta para evitar humillar a sus familiares.

El centro comercial subterráneo más grande de Asia se llama CoexMall y se encuentra al sur de Seúl.

Seúl funciona 24 horas, siete días a la semana. La última parte de Batman la vi en un cine en la función de las 3:00 a.m., un horario perfectamente normal según mi acompañante.

Muchos padres envían a sus hijos pequeños a vivir a Nueva Zelanda o Australia para que aprendan inglés. Los niños viven al cuidado de sus madres y los hombres los visitan una o dos veces al año. A estas familias se les conoce como gansos salvajes. Los hombres que pueden visitar a su familia con mayor regularidad se les llama padres águila y a los que ni siquiera alcanzan a visitarlos una vez al año se les conoce como padres pingüino.

Los chamanes tiene una importancia vital en la existencia de una buena parte de los coreanos. Según la tradición, una vez alguien muere su alma y cuerpo se desvanecen con extrema lentitud. Por esa razón algunos coreanos están en contra de la cremación y la donación de órganos.

A la mafia japonesa se le conoce como yakuza. A la coreana se le llama jopok.

En Corea conseguir cualquier clase de droga es virtualmente imposible. Por el contrario, el alcohol acompaña las noches de muchos coreanos. En algunos bares es común que se ofrezcan combos de soju (aguardiente local) y bebidas naturales para la resaca del otro día. En algunos otros, en lugar de pasabocas los dueños sirven crisálidas en su jugo.

Según la estación, algunas frutas como el aguacate o el mango son más caras que cualquier trozo de carne.

Gran parte de los coreanos trabajan para grandes corporaciones o chaebol. Algunos creen que pertenecer a cierto conglomerado determina el carácter de la persona. Por ejemplo se dice que los empleados de Hyundai son energéticos, emprendedores, masculinos hasta llegar a ser rudos y vulgares.

En lengua coreana no existe el género ni el número (singular o plural). Si usted quiere cinco cervezas dice algo así como "cinco cerveza".

La continuidad en la línea de sangre es un asunto serio en Corea. Por eso las adopciones de niños entre los locales son casi inexistentes.

En los años setenta los policías surcoreanos llevaban tijeras además de bolillos. Tenían permiso para cortarles el pelo a los hombres que lo llevaran abajo de las orejas.

Después del estreno de Old Boy el cine hecho en Corea empezó a ser tomado en serio. Tuve la oportunidad de asistir al primer día de rodaje de una película. Entre otras cosas presencié un ritual que consiste en poner dinero en el hocico de una cabeza de cerdo. Es una manera de atraer la buena suerte.

Mi sabor preferido de cereal era el de hierbabuena.

En mi televisor podía sintonizar, entre otros, canales de Rusia, Siria, Indonesia e India.

Durante el verano y en la hora pico el metro de Seúl despide un fuerte olor a ajo. Un coreano me dijo que el metro de Londres en la mismas condiciones le olió a leche tibia.

En las noches se puede ver desde el segundo piso de un restaurante en Pohang una gran lengua de fuego de doce metros. La llama está en la mitad de Posco, la tercera fábrica de acero del mundo, uno de los símbolos del milagro coreano que convirtió en una potencia tecnológica un país que tenía el mismo PIB de Colombia hace 40 años.

El bar de salsa más respetado de Seúl se llama Macondo. Todas las noches suena una canción de Joe Arroyo: En Barranquilla me quedo.

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