Véalo usted sin camiseta, vendido a la publicidad que lo rodea, con ese cuerpo que no parece el de una persona sino el de un engendro del modelaje basado en el Photoshop. Así no luce ni siquiera un hombre real, mucho menos un futbolista. Cristiano Ronaldo parece en realidad un maniquí del Madame Tussauds.

Es una copia, un jugador hecho a imagen y semejanza de David Beckham. Es un metrosexual, lo cual no es una definición sino una ofensa. No piensa en equipo sino en sí mismo. Pedante, fastidioso y engreído. Celebra un gol pensando cómo va a salir en la foto, sale a la cancha con el pelo untado de laca y en pleno siglo XXI se cree autosuficiente en el mejor equipo del siglo XX.

Lo mejor que puede tener el falso ídolo es su nombre, su símil con el fantástico goleador brasilero. Sin embargo, las loas no dan para tanto. Al fútbol no refiere el bautismo de este ‘Cristiano’. El Ronaldo es porque su madre idolatraba a Ronald Reagan, pero ella también falló en el homenaje porque su hijo tampoco adoptó la autoridad o el carisma del expresidente norteamericano.

En defensa de Cristiano Ronaldo no vale nada, ni sus goles ni sus premios, que como casi todos son una farsa. Él ha hecho lo de muchos, no es excepcional o imprescindible y tampoco está en la lista de los 30 ó 40 mejores jugadores de la historia. Eso lo dice todo. Ha sido uno más de muchos otros. Le pagan por el estereotipo que representa, por la banalidad que muchos le profesan.

El futbolista, dizque símbolo sexual, es un millonario que habla en voz baja, cual niño desamparado. Manifestó, llorón, que lo critican por ser “rico” y “guapo”. Vaya bastardo. Tiene el descaro de decir semejante afrenta después de que el Real Madrid pagara por él 94 millones de euros, cuando 80.000 engañados aficionados del marketing fueron a verlo en su presentación oficial en el Santiago Bernabéu. Lo mínimo que podría hacer es respetar al público. ¡Pero ni eso! En un pírrico 1-0 sobre el Osasuna, la gente lo silbó y él pidió, atrevido como siempre, un cambio de comportamiento del hincha.

Imma Mentruit, redactora de Mundo Deportivo, bien lo calificó tras la reciente derrota de Portugal ante Dinamarca. “Estuvo discretísimo, se enredó en regates superfluos y en sus aspavientos, reclamando faltas que sólo él ve”. “Cristiano, a quien tanto le gusta hablar a veces, se quedó muy calladito tras la derrota”, agregó la periodista. Y con mucha razón. En ese tipo de dificultades, este muñequito se esconde como si fuera una tortuga asustada.

El tal CR7 no siente la camiseta y no inspira respeto. Claro, para decir que es el mejor del planeta no tiene reparo. El mundo, empero, sabe lo que es, aunque no lo dice en voz alta. En el Mundial de 2006, le hizo un guiño a su banco de suplentes cuando la simulación de una falta hizo que su entonces compañero de equipo Wayne Rooney fuera expulsado. Es un mentiroso. Usted también debería ser un ateo de este cristiano que no merece aquí ni la mayúscula.


@javieraborda

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