Con los nervios de punta, mi amigo Castillo me lo contó con amargura. Su vecina, unos cuantos años menor que él, que es un viejo de treinta, le deslizó bajo la puerta una nota que decía “Aprenda a quererse a sí mismo. Martina”.

Hacía semanas que ella se había trasteado al apartamento frente al suyo. Sus dormitorios quedaban cara a cara. El de Martina no tenía cortinas ni visillos ni persianas, pero ella tenía una rutina invariable. Al final de la tarde, llegaba del trabajo, se desnudaba y tiraba la ropa en la cama, entraba al baño y después de un tiempo largo como una ducha, volvía envuelta en una toalla blanca, que dejaba caer al suelo, para ponerse ropa deportiva. Desde el primer día, Castillo se ocultaba en la penumbra de su cuarto para ver los movimientos de esa gacela de piernas largas, cadera ceñida y pechos perfectos, ni muy grandes ni muy pequeños, de esos que caben en mano de hombre honrado. Estremecido, solo miraba con la respiración contenida. Apenas dormía y pasaba el día frente al papel o el caballete para dibujar y pintar con obsesión a su vecina. “Es mi manera de acariciarla”, decía, aunque sabía lo ridículo que eso sonaba. Solo quería mitigar la angustia de la espera de poder ver de nuevo el ritual de Martina.

Una tarde, cuando fue a espiar, se encontró con unas espesas cortinas que no le dejaban ver el santuario de su vecina. Y, peor aún, ese mismo día le llegó el papelito de Martina. A Castillo la nota le pareció enigmática. Pero, como algo le decía, como buen mortal recurrió a Google. En la pantalla saltó el título del libro de Walter Riso Aprendiendo a quererse a sí mismo. Corrió a la librería más cercana, que solo tenía libros de autoayuda. La librera le sonrió con sorna. Pagó y voló a su casa a encerrarse sin comer ni coger lápiz o pincel. Devoraba los consejos de Riso. Solo eso. Únicamente encontró un principio dominante: hay que quererse para poder querer a los otros. Cosa que Castillo ya sabía por Sabater y por Nietzsche. El repetitivo libro de Riso agotaba las palabras con el elemento compositivo ‘auto’: autoconcepto, autocrítica, autorrotular, autoimagen, autoestima, autoeficiencia, autoeficacia y otras más. Era el elogio al yo, al ego, al sí mismo y al yo no me dejo. Según Riso, había que construir autometas, autodesarrollos, autoevaluaciones y no sé qué tonterías más, que Castillo no me pudo explicar.

Parecía absurdo ese énfasis en amarse a sí mismo, cuando hoy todo empuja a ello, a la buena presencia, al cuidarse y al adornarse con símbolos que denoten el prestigio y el éxito del individuo, por encima de cualquier solidaridad humana. Castillo resolvió sus dudas cuando se dio cuenta de que el libro había sido escrito dos décadas atrás, que el autor era argentino, hijo de italiano y que había estudiado en Medellín. “¡Vaya conjunción de los yo me quiero!”, pensó Castillo, al que no le servía ninguna de las 154 páginas del libro. Simplemente, quería lanzarse en los brazos de Martina, cansado de ver las cortinas. Dormía con un ojo abierto para ver si se descorrían, pero nada.

De sopetón, después de dos días de relectura y desesperación, se encontró con Martina en el ascensor. Le pareció más atractiva, más esbelto su cuerpo, erectos sus senos y labios más provocadores de lo que imaginaba cuando la veía de cuarto a cuarto. Impulsivamente, tuvo un acto de valor. Tragó saliva y dijo: “Leí el libro. Ya la puedo amar a usted porque me amo a mí mismo”. Ella siguió impasible, miraba al vacío. Llegaron al primer piso y se abrieron las puertas. Castillo la vio salir sin decir nada, con un andar resuelto que lo dejó paralizado. Esperaba más.

Al día siguiente, otro papel se deslizó bajo su puerta. Leyó con afán: “¿Qué es eso de amarse a sí mismo? Solo le quise decir que si me va a mirar desnuda es mejor que se masturbe. No quiero saber nada de usted. Martina”.

Castillo vive nervioso, frustrado y sin ayuda posible. Menos auxilio encontrará en un confuso libro.

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