Padre rico, padre pobre es la historia de su autor, Robert Kiyosaki, un hawaiano de ascendencia japonesa que desde los nueve años tiene clara su única obsesión en la vida: ser millonario.

El libro comienza explicando una teoría muy confusa en la que aparece una rata en medio de una carrera y se supone que nosotros somos esa rata, siempre buscando el bienestar y bla, bla, bla. Pero entonces yo no logro entender lo que dice porque estoy muy preocupada preguntándome por qué el autor tiene dos padres y no uno. ¿Es hijo de un matrimonio gay? ¿Lo criaron dos hermanos, uno con carro y uno sin, como en el caso de Two and a Half Men? ¿Tiene un papá real y uno imaginario? ¿O uno es el padre biológico y el otro un cura a quien llama “padre” y que con seguridad debe ser el “padre pobre”? 

No se sabe porque no lo explican y no lo explican porque esto no es una novela, ni un ensayo, ni nada que responda a la más remota ley de verosimilitud.

Tampoco es un libro de finanzas, pues lo único que explica es qué es un activo y qué es un pasivo, y eso hasta yo lo sabía. Entonces no sé a qué género pertenece y lamentablemente tampoco puedo explicarles bien este cuento de que todos somos unas ratas con un maletín dando vueltas y vueltas y vueltas porque no lo pude entender. Y, la verdad, me da pena con Robert, pero yo no me veo de esa manera. 

El caso es que la vida del autor es muy dura porque cuando tiene nueve años no lo invitan a un paseo por “ser pobre”. Entiéndase que, para sus parámetros, eso significa ser el hijo de un decano de la Universidad de Hawái, con carro, buena casa, buenas vacaciones y buen colegio. 

El pequeño Robert, a quien ya se le ve su potencial para cumplir con ese proverbio nacional que dice que “el vivo vive del bobo”, decide buscar un “padre rico” que sí sepa de dinero. Sobra decir que las mamás no aparecen en ningún lado, porque seguramente estaban haciendo el oficio o recogiendo el desorden que nuestro querido Robert hizo cuando decidió poner en marcha la primera lección de su nuevo padre: “El dinero se hace”. 

Pues bien, él y su amigo entienden esta lección de manera literal y deciden falsificar billetes en su casa, ante lo cual el padre rico se muestra complacido, pues es sin duda una demostración de la creatividad de sus hijos (el rico y el pobre) y de lo bien que les irá en los negocios. Les dice, sin embargo, que es una operación “ilegal” y que por lo tanto no se puede hacer. 

Robert se pone muy triste, se deprime, pues ya tenía la lista de todo lo que se iba a comprar con ese dinero. Pero como es un héroe, se levanta para ir por la siguiente lección, y el padre rico lo hace ir a trabajar todos los sábados a razón de un centavo la hora. Como el trato es malo y el pago peor, el pequeño Robert se queja. Momento en el cual el padre rico pela el cobre al decir: “Ya suenas como todos mis empleados”, seguramente porque a ellos también los tratan mal y les pagan peor. En ese momento, Robert comprende que hay que ser el dueño de la empresa y poner las condiciones, nunca el empleado, a quien el dueño de la empresa (o sea su padre rico, en este caso) explotará hasta donde pueda. 

Es así como esta fábula del siglo XXI acaba por decir que lo que vinimos a hacer en este mundo es billete, y que más vale resolver temprano en la vida cómo hacerlo para empezar rápido y ganarles a los otros. El libro pretende ser un apoyo para los padres, ricos y pobres, en la “educación financiera” de sus hijos. 

Robert dice que el mundo ha cambiado, la estabilidad ya se acabó, las empresas cierran, las pensiones desaparecen, entonces lo que hay que enseñarles a los hijos es que el estudio ahora es lo de menos y que más vale ser creativos, emprendedores e independientes, como Bill Gates, Donald Trump y Madonna, aunque a uno en Colombia se le ocurren otros ejemplos de personas sin estudios que montaron su propio negocio y para quienes la ilegalidad nunca fue un problema. 

No lo terminé porque no me logré identificar con el protagonista. No entendí la trama y las lecciones me parecieron demasiado obvias para un país como este, donde uno ve a diario Roberts y gente que sin leer el librito de las ratas ya podría hasta escribirlo. Y mejor.

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