La futurología es quizá la más ingrata de las profesiones. Recuerdo un artículo de 1992, en Semana, que predecía que Bogotá se quedaría sin agua en 1997. En una revista Muy interesante donde glosaban predicciones fallidas, recuerdo un artículo que decía que a finales de los ochenta todas las familias de clase media tendrían helicóptero. El año 2000 que pintaban muchos libros y películas de ciencia ficción fue exagerado: no hay carros voladores, no hay colonias en marte ni pistolas láser, nuestro vecino no es cyborg ni alienígena. Entonces no se preocupen, como generalmente la futurología es una ciencia ingrata, casi siempre defraudada por los acontecimientos, entonces lo más posible es que yo esté equivocado.

Siete de la mañana. Álvaro Uribe se dirige en una camioneta negra fuertemente escoltada hacia su oficina en el Ministerio de Defensa. Está recién afeitado, ya trotó e hizo yoga. Aún no ha necesitado una sola de sus gotas homeopáticas. Hoy va a intervenir en una plenaria del Senado. Su liderazgo ha sido clave para sacar las leyes de intervención de teléfonos, el delito de traición informativa, la compra del software para espiar correos electrónicos y la ley de detención preventiva. Hoy va bien preparado para librar la última batalla por la instauración de la pena capital. Ya está prácticamente aprobada. Le molesta que lo acusen de tantas cosas, entre ellas de intolerante, cuando él siempre ha estado dispuesto a oír los argumentos contrarios, sin embargo, y a pesar de los reparos de la oposición, está convencido de que esta ley será un buen elemento para combatir el secuestro y el terrorismo. Además tiene el total apoyo del presidente Santos, pues al fin y al cabo ocupa ese cargo gracias a él. Todos sus votos son uribistas. Ahora, desde el Ministerio de la Defensa, Álvaro se dedica a velar por los intereses de La Patria. Como cuando logró que se penalizara el consumo de sustancias sicoactivas. Gracias a ello se ha logrado judicializar a mil y pico de personas. El monitoreo incesante sobre ellos hace que no reincidan y que el narcotráfico se debilite. Álvaro sonríe, está ganando esta guerra.

Es mediodía. El cielo es un tapiz de follaje y los puntos por donde se filtran los rayos de sol son como estrellas. Este miembro del secretariado de las Farc acaba de almorzar cabrito asado. Dentro de un rato se tenderá en su hamaca a retozar al ritmo de unos clásicos de Diomedes o quizá pondrá un rato Aló, Presidente. Está romántico: unas peladitas en su anillo de seguridad lo entusiasman. De Colombia acaban de llegar noticias sobre el fusilamiento de otro grupo de secuestrados. Para él no es tan importante, son gajes del oficio. A ellos les han matado miles de milicianos. Es más, el maldito ese de Uribe va a implantar la pena de muerte. Pero este miembro del secretariado se quiere olvidar de temas que le ponen a hervir la sangre. Mejor aprovechar que está haciendo buen clima y está en un sitio tranquilo para reponer energías y beberse algunos whiskies por la noche. A veces piensa en los guerrilleros que se joden en el monte, echando bala mientras él hace la digestión en calma. Pero es un arrepentimiento fugaz. Él todo lo que tiene se lo ha ganado a pulso. Dicen que el artículo de un periodista europeo donde se compara al Ministro de Defensa con la antipática figura de Montesinos ya está colgado desde ayer en la página de Anncol. Más tarde se conectará a la red para leerlo. Le han comentado que está bueno. Eso contrarrestará la campaña imperialista de desprestigio y difamación que se adelanta contra las Farc, el ejército del pueblo. Tanto en el territorio ideológico como en el militar, piensa él, se está ganando la guerra.

Seis de la tarde. Un viento como recién hecho entra por las ventanillas abiertas. El narco que va al volante está contento. Le acaba de llegar un mensaje de texto donde le dicen que se coronó un cargamento de muchas toneladas. Aún no cumple los treinta y ya le pegó al perrito. Así lo van a tener que respetar. De ahora en adelante será uno de los peces gordos. Los que ya estaban de antes lo van a empezar a tratar de tú. Claro que también le van a agarrar ganas. Tendrá que reforzar su esquema de seguridad o contactar a los paras. Habrá que matar a un par de tipos que están haciéndole las cosas difíciles. No confía en ellos, en cualquier momento lo pueden traicionar. Por ahí hay una vaca entre unos duros para montar senadores de bolsillo, financiarles las campañas y todo. Son como siete senadores. Seguro que después de haber coronado esta carga lo van a tener que invitar. Hunde el acelerador de su automóvil, el jeep que lo escolta tiene que apretar el paso. Nuestro personaje sonríe. Él también va ganando la guerra.

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