De tarde en tarde aparecen libros imprescindibles. La frase suena a lugar común, y más en una época en que el mercadeo de la cultura y el entretenimiento suele calificar de genio a cualquiera y abusa de los términos "mítico", "legendario", "clásico", "imperdible" y, por supuesto, "imprescindible". De todas maneras vale la pena resaltar la reedición de Vida y destino, de Vasili Grossman, un escritor soviético (ucraniano y miembro de la nación judía), condenado al ostracismo por el régimen de Nikita Jruchov cuando intentó publicar Vida y destino, monumental novela en la que mira con la honestidad del reportero la Segunda Guerra Mundial en el frente ruso, así como de la vida cotidiana de su país bajo el régimen de Stalin.

Cuando Alemania invadió la Unión Soviética en el verano de 1941, Grossman llegó al frente como corresponsal de guerra de Estrella Roja, el periódico del ejército. Estuvo en la batalla de Stalingrado, y a finales de 1944 publicó un reportaje sobre el campo de la muerte de Treblinka, el primer documento periodístico escrito en cualquier idioma sobre un campo de exterminio nazi, que se utilizó como testimonio en los juicios de Nurenberg de 1946.

Al terminar la guerra, el régimen de Stalin recrudeció su persecución a los judíos y Grossman (como varios de los personajes de Vida y destino), vivió en carne propia las presiones que lo debilitaron y lo ponían a dudar, que lo obligaban a transigir. Sin embargo, una fuerza interior le decía que debía escribir una novela donde dijera las cosas por su nombre. La concluyó hacia 1960, la época del deshielo del premier soviético Nikita Jruchov. Grossman pensaba que su novela sería publicada. Sin embargo, en febrero de 1961, tres agentes de la KGB entraron a su apartamento, confiscaron el original y las copias, e incluso las cintas de la máquina con la que la había escrito. Grossman, que murió en el ostracismo en 1964, había guardado dos copias que permitieron que esta novela se publicara en ruso por primera vez en Lausana, Suiza, en 1981.

Vida y destino ha sido comparada por varios críticos con Guerra y paz, de Tolstói. Para comenzar, tiene 1104 páginas. Es una novela épica, cargada de personajes, que permiten armar un fresco de la Unión Soviética durante el ataque alemán. Es una novela con muchos méritos. Además de contar con base en testimonios de primera mano episodios relacionados con la batalla de Stalingrado, los campos de concentración alemanes y de prisioneros, así como de la vida cotidiana en la URSS durante la guerra, el autor no juzga. A lo sumo reflexiona en algunos pasajes aislados que recuerdan el papel del coro en la tragedia griega. Por lo general despojados de adjetivos, jamás los reduce a arquetipos. Deja que sean ellos, con lo que dicen, piensan, suponen o callan, quienes planteen puntos de vista diversos y complejos.

Los soldados y agentes de seguridad alemanes, que suficiente daño hicieron en la URSS como para justificar que los muestren como monstruos, a los ojos de Grossman no son más que individuos arrastrados al infierno que les propuso Hitler, y que descubren, demasiado tarde, que detrás de las promesas de gloria y el supuesto genio militar del Führer se esconden su ignorancia y su terquedad.

Grossman denuncia los horrores de la dictadura de Stalin. Las purgas de 1937. De cómo un simple comentario en una reunión privada puede traer como consecuencia una condena a diez años de trabajos forzados en Siberia. De cómo la verdad de la burocracia del Partido Comunista y del Estado soviético prima sobre el desempeño, los talentos y competencias de militares o científicos ajenos a la maquinaria. Pero no es una lucha maniquea entre buenos y malos. Es a través de las dudas y debilidades de las mismas víctimas del poder del Estado como Grossman plasma su poder intimidador.

El telón de fondo de la invasión nazi y del terror estalinista sirven para desnudar, a través de varios de sus personajes, la debilidad del espíritu humano. Un drama universal que se vive en las dictaduras, las democracias, las comunas hippies. Un espíritu que pugna por ser libre y poder expresarse con sinceridad, pero casi siempre sucumbe ante la fuerza de lo colectivo, lo gregario, la manada. Ante el poder aterrador de algo tan mezquino, frívolo y aparentemente inofensivo como el "qué dirán".

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