1. En la costa atlántica de este país con nombre de marinero perdido, hay una trinidad trágica que a nadie desampara: políticos con moral de icopor, inclementes cortes de energía eléctrica y ausencia de agua en departamentos que se mueren de sed al pie del mar. En Malambo, Atlántico, después de 12 días de no ver agua ni en las axilas, los habitantes de cuatro barrios bloquean con sus miserias la carretera oriental. Llega la Policía. El ESMAD, el Escuadrón Móvil Antidisturbios… los ‘robocops‘, siempre forrados en esas armaduras de plástico que envuelven sus propios temores. Lo primero, gases lacrimógenos. Luego, cara a cara con los manifestantes y, entonces, un momento antes de que se detonen ambos bandos, un milagro: el mayor Heiner Pardo pide que le acerquen la tanqueta SF-0235 y la estaciona junto a la gente, que espera ser rociada con los chorros a presión de la máquina. Pardo les dice a los manifestantes que traigan sus baldes y bidones y, con una manguera que brota de la tanqueta, regala 12.000 litros de agua. El mayor, aparte de practicar juiciosamente la mayor de las caridades, es bueno para las matemáticas mayores: 12 días + 12.000 litros = 0 muertos. Que llegue a general, que le den muchas tanquetas y que siga visitando con sus hombres los pueblos secos de la costa. No ESMAD, no es mad: está muy cuerdo este señor policía.

2. Lo cuento como me lo contó César López. Es la historia de una mujer en La Dorada, Caldas, a cuya casa una noche llegan los paramilitares y sacan a su esposo a rastras. Pasan los días y el señor no aparece. Cuando empieza a faltarle el dinero, la mujer decide lavar las ropas de las vecinas en el río La Miel. Una tarde, mientras friega, ve bajar el cadáver de su marido flotando. Lo reconoce por la camisa. Ella, como un ejercicio de reparación personal y simbólica, cada viernes vuelve al río con la mejor camisa que tenía él. La moja, se la pone y dice que siente que su esposo la abraza.

3. Al sur del Huila, en una región apartada del municipio de Pitalito, la violencia se mete completica al hogar de la familia Rodríguez. Los delincuentes la emprenden contra el dueño de casa y, en la ira que suele acompañar las acciones de quienes hacen de lo ajeno cosa propia, le dan un tiro en el pecho tratando de hacerlo confesar dónde esconde algo de valor. El hijo pequeño, al ver al papá tirado en el piso, se va corriendo a su habitación y vuelve para enfrentar a los asesinos con su única arma: un marranito de barro lleno de monedas. Temblando, se lo ofrece a los cuatro delincuentes, pidiéndoles a cambio no seguir maltratado a su papá. El señor Rodríguez se muere sin saber, al igual que los obtusos ladrones, que el verdadero tesoro de la casa estaba escondido en el corazón de un niño.

4. Una montaña entera comienza a deslizarse, animada por el invierno, hacia el pavimento del kilómetro 79 de la vía al mar, en el occidente del departamento de Antioquia. Sucede entre los municipios de Giraldo y Cañas Gordas. De la estación de policía de Cañas Gordas, viene Germán Vargas Giraldo a colaborar con la gente que imprudentemente cruza por encima de un montículo para ganar el otro lado de la carretera. Vargas trata de contener a los curiosos cuando ve que salta por encima de la tierra una madre con un niño en brazos. Intenta llegar a ella para darle una mano y termina dándole la vida toda: la montaña decide rodarse en pleno sobre la carretera y, donde antes estaba el buen policía, no queda nada ni nadie. El ABC de España titula: "Una montaña se desliza como mantequilla y atrapa a 30 personas en Colombia". Mueren los dueños de cinco casas a orillas de la carretera, algunos de los pasajeros de unos buses detenidos por los primeros deslizamientos, un niño que se gana la vida cobrando monedas por cargar maletas y también el patrullero Vargas Giraldo, a pocos kilómetros del municipio de Giraldo. Al día siguiente, una montaña aprovecha la grasosa figura del periodismo español y, como mantequilla, se desliza sobre algunas viviendas en Oaxaca, México. Qué cara se paga la mantequilla en todas partes.

5. ‘El Mono Jojoy‘, uno de los hombres más ‘dulces‘ del país, muere con las botas puestas bajo el peso de las bombas que le llueven del cielo. Sonoro adiós al gran matador de las Farc, el de la glucosa en la sangre propia y la indiferencia ante el derramamiento de la ajena. La primera en reclamar el cadáver es Jenny del Cielo. En Medicina Legal no le entregan el cuerpo porque no encuentran coherencia en sus declaraciones. Obvio: nadie del Cielo puede tener argumentos válidos para llevarse a este asesino. Al día siguiente, Oliva Solarte, madre del policía Jorge Trujillo, secuestrado por las Farc, sufre un preinfarto. La muerte de ‘Jojoy‘, que anima a un país entero, aterroriza a esa pequeña nación que son las familias de los secuestrados, temerosos de que la acción de las autoridades desate la furia de la subversión sobre los encadenados. El corazón de madre que le falla a Oliva es el mismo que la mantiene viva esperando a su hijo, secuestrado un día en que lucía con orgullo su uniforme verde… oliva.

6. En Boavita, Boyacá, su pueblo natal, entierran a Jaime Daniel Sánchez Robayo, el único militar muerto en los enfrentamientos que rodearon a la Operación Sodoma. Sánchez es el hijo más ilustre de Boavita y, qué ironía, murió con él en el Meta el menos deseado del mismo pueblo: Víctor Julio Suárez Rojas, alias ‘el Mono Jojoy‘. Hay quien dice que el guerrillero pudo haber nacido en Cabrera, pero en este pueblo de Cundinamarca tampoco están interesados en reclamar la cuna del alzado en odios.

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